LA LLORONA

La Llorona

Las tradiciones y leyendas son una parte importante de la historia y la cultura de nuestro Pais. Las leyendas son una mezcla de fantasia y realidad, narracion de hechos cuyos origenes se pierden en el tiempo y que en ocasiones son la expresion de algun pasaje de nuestra realidad historica. La gran mayoria de las leyendas mexicanas surgieron durante la epoca de la Colonia.

El antecedente mas conocido de la leyenda de la llorona tiene sus raices en la mitologia Azteca. Se cuenta que la diosa Cihuacoalt aparecia de noche como una señora vestida con ropajes blancos. Asimismo, en las cronicas de la epoca se registra que entre los presagios funestos con que se anuncio la Conquista de Mexico, una noche se oyeron voces de una mujer angustiada y con llanto que anunciaba: ¡Oh, hijos mios ya ha llegado vuestra destruccion, pues ya tenemos que irnos lejos! Y a veces decia: ¡Hijitos mios, a donde os llevare!
Con la llegada de los españoles al Continente Americano, y una vez consumada la conquista de Tenochtitlan, sede del Imperio Azteca, años mas tarde y despues de que murio Doña Marina, mejor conocida como la “Malinche”, se decia que esta era la llorona, la que venia a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sometieran.
Al paso del tiempo la leyenda continuo. Aproximadamente a mediados del siglo XVI, se cuenta que los habitantes de la Ciudad de Mexico escuchaban, a media noche y principalmente durante los dias de luna llena, tristes y prolongados gemidos lanzados por una mujer a quien sin duda le afligia una pena muy honda. Las primeras noches en que se oyeron estos lamentos, los que la escuchaban se contentaron con persignarse, pero como los lamentos se prolongaron por mucho tiempo, algunas personas decidieron cerciorarse por sus propios ojos, y a traves de las ventanas de sus casas y despues atreviendose a salir a las calles, lograron ver a una mujer vestida de blanco y con un espeso velo que le cubria el rostro, recorrer con pasos lentos muchas calles de la ciudad dormida. Se dice que cada noche recorria distintas areas, pero nunca le faltaba una: “La Plaza Mayor” hoy conocida como el Zocalo de la Capital. En este lugar daba el ultimo y angustiado lamento, continuando con pasos lentos hasta que poco a poco se desvanecia como una sombra.
El silencio de la noche, el vestido, el pausado andar de aquella mujer y, sobre todo, el penetrante y prolongado gemido, formaba un conjunto de elementos que aterrorizaban a cuantos la veian y escuchaban. Asi, ignorando quien era, de donde venia y adonde iba, se le llamo la llorona. Tal es la leyenda popular que durante mas de tres siglos quedo grabada en la memoria de los habitantes de la Ciudad de Mexico.

Esta leyenda se extendio a otros lugares del Pais, manifestandose de diversas maneras. En algunos pueblos se decia que la llorona era una joven enamorada que habia muerto en visperas de la boda y traia al novio la corona de rosas blancas que nunca utilizo. En otras partes, se creia que era una madre que venia a llorarle a sus hijos huerfanos.

Poco a poco y a traves del tiempo la vieja leyenda de la llorona ha ido borrandose del recuerdo popular, quedando solo constancia de ella en la mitologia Azteca, en las paginas de las cronicas de la Ciudad de Mexico, en los pueblos lejanos o en las mentes de las abuelitas que, recordandola, aun intentan asustar a sus nietos con las clasicas consignas: ¡Si no te portas bien o si sigues llorando, vendra la llorona por ti!

Sin embargo, con el paso de los siglos es muy probable que la enigmatica llorona sea olvidada, ya que los niños de hoy ya no se espantan con las misteriosas leyendas que tan populares fueron en el pasado de nuestro Pais.

“La llorona”

Los cuatros sacerdotes aguardaban espectantes.
Sus ojillos vivaces iban del cielo estrellado en donde señoreaba la gran luna blanca, al espejo argentino del lago de Texcoco, en donde las bandadas de patos silenciosos bajaban en busca de los gordos ajolotes.
Después confrontaban el movimiento de las constelaciones estelares para determinar la hora, con sus profundos conocimientos de la astronomía.

De pronto estalló el grito….

Era un alarido lastimoso, hiriente, sobrecogedor. Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía. El grito se fue extendiendo sobre el agua, rebotando contra los montes y enroscándose en las alfardas y en los taludes de los templos, rebotó en el Gran Teocali dedicado al Dios Huitzilopochtli, que comenzara a construir Tizoc en 1481 para terminarlo Ahuizotl en 1502 si las crónicas antiguas han sido bien interpretadas y parecio quedar flotando en el maravilloso palacio del entonces Emperador Moctezuma Xocoyótzin.

— Es Cihuacoatl! — exclamó el más viejo de los cuatro sacerdotes que aguardaban el portento.
— La Diosa ha salido de las aguas y bajado de la montaña para prevenirnos nuevamente –, agregó el otro interrogador de las estrellas y la noche.

Subieron al lugar más alto del templo y pudieron ver hacia el oriente una figura blanca, con el pelo peinado de tal modo que parecía llevar en la frente dos pequeños cornezuelos, arrastrando o flotando una cauda de tela tan vaporosa que jugueteaba con el fresco de la noche plenilunar.

Cuando se hubo opacado el grito y sus ecos se perdieron a lo lejos, por el rumbo del señorío de Texcocan todo quedó en silencio, sombras ominosas huyeron hacias las aguas hasta que el pavor fue roto por algo que los sacerdotes primero y después Fray Bernandino de Sahagún interpretaron de este modo:

“…Hijos míos… amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción está próxima….”

Venía otra sarta de lamentos igualmente dolorosos y conmovedores, para decir, cuando ya se alejaba hacia la colina que cubría las faldas de los montes:

“…A dónde iréis…. a dónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino…. hijos míos, estáis a punto de perderos…”

Al oir estas palabras que más tarde comprobaron los augures, los cuatro sacerdotes estuvieron de acuerdo en que aquella fantasmal aparición que llenaba de terror a las gentes de la gran Tenochtitlán, era la misma Diosa Cihuacoatl, la deidad protectora de la raza, aquella buena madre que había heredado a los dioses para finalmentente depositar su poder y sabiduría en Tilpotoncátzin en ese tiempo poseedor de su dignidad sacerdotal.

El emperador Moctezuma Xocoyótzin se atuzó el bigote ralo que parecía escurrirle por la comisura de sus labios, se alisó con una mano la barba de pelos escasos y entrecanos y clavó sus ojillos vivaces aunque tímidos, en el viejo códice dibujado sobre la atezada superficie de amatl y que se guardaba en los archivos del imperio tal vez desde los tiempos de Itzcoatl y Tlacaelel.

El emperador Moctezuma, como todos los que no están iniciados en el conocimiento de la hierática escritura, sólo miraba con asombro los códices multicolores, hasta que los sacerdotes, después de hacer una reverencia, le interpretaron lo allí escrito.

-Señor, – le dijeron -, estos viejos anuales nos hablan de que la Diosa Cihuacoatl aparecerá según el sexto pronóstico de los agoreros, para anunciarnos la destrucción de vuestro imperio.

Dicen aquí los sabios más sabios y más antiguos que nosotros, que hombres extraños vendrán por el Oriente y sojuzgarán a tu pueblo y a ti mismo y tú y los tuyos serán de muchos lloros y grandes penas y que tu raza desaparecerá devorada y nuestros dioses humillados por otros dioses más poderosos.

– Dioses más poderosos que nuestro Dios Huitzilopochtli, y que el Gran Destructor Tezcatlipoca y que nuestros formidables dioses de la guerra y de la sangre? — preguntó Moctezuma bajando la cabeza con temor y humildad.
– Así lo dicen los sabios y los sacerdotes más sabios y más viejos que nosotros, señor. Por eso la Diosa Cihuacoatl vaga por el anáhuac lanzando lloros y arrastrando penas, gritando para que oigan quienes sepan oír, las desdichas que han de llegar muy pronto a vuestro Imperio.

Moctezuma guardó silencio y se quedó pensativo, hundido en su gran trono de alabastro y esmeraldas; entonces los cuatro sacerdotes volvieron a doblar los pasmosos códices y se retiraron también en silencio, para ir a depositar de nuevo en los archivos imperiales, aquello que dejaron escrito los más sabios y más viejos.

Por eso desde los tiempos de Chimalpopoca, Itzcoatl, Moctezuma, Ilhuicamina, Axayácatl, Tizoc y Ahuizotl, el fantasmal augur vagaba por entre los lagos y templos del Anáhuac, pregonando lo que iba a ocurrir a la entonces raza poderosa y avasalladora.

Al llegar los españoles e iniciada la conquista, según cuentan los cronistas de la época, una mujer igualmente vestida de blanco y con las negras crines de su pelo tremolando al viento de la noche, aparecía por el Sudoeste de la Capital de la Nueva España y tomando rumbo hacia el Oriente, cruzaba calles y plazuelas como al impulso del viento, deteniéndose ante las cruces, templos y cementerios y las imágenes iluminadas por lámparas votivas en pétreas ornacinas, para lanzar ese grito lastimero que hería el alma.

-Aaaaaaaaaay mis hijos…. Aaaaaaaaay aaaaaaaaaaay!-

El lamento se repetía tantas veces como horas tenía la noche la madrugada en que la dama de vestiduras vaporosas jugueteando al viento, se detenía en la Plaza Mayor y mirando hacia la Catedral musitaba una larga y doliente oración, para volver a levantarse, lanzar de nuevo su lamento y desaparecer sobre el lago, que entonces llegaba hasta las goteras de la Ciudad y cerca de la traza.

Jamás hubo valiente que osara interrogarla. Todos convinieron en que se trataba de un fantasma errabundo que penaba por un desdichado amor, bifurcando en mil historias los motivos de esta aparición que se transplantó a la época colonial.

Los románticos dijeron que era una pobre mujer engañada, otros que una amante abandonada con hijos, hubo que bordaron la consabida trama de un noble que engaña y que abandona a una hermosa mujer sin linaje.

Lo cierto es que desde entonces se le bautizó como “La llorona”, debido al desgarrador lamento que lanzaba por las calles de la Capital de Nueva España y que por muchos lustros constituyó el más grande temor callejero, pues toda la gente evitaba salir de su casa y menos recorrer las penumbrosas callejas coloniales cuando ya se había dado el toque de queda.

Muchos se quedaron locos y jamás olvidaron la horrible visión de “La llorona” hombres y mujeres “se iban de las aguas” y cientos y cientos enfermaron de espanto.

Poco a poco y al paso de los años, la leyenda de La Llorona, rebautizada con otros nombres, según la región en donde se aseguraba que era vista, fue tomando otras nacionalidades y su presencia se detectó en el Sur de nuestra insólita América en donde se asegura que todavía aparece fantasmal, enfundada en su traje vaporoso, lanzando al aire su terrorífico alarido, vadeando ríos, cruzando arroyos, subiendo colinas y vagando por cimas y montañas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s