La verdadera historia de Drácula

La verdadera historia de Drácula

Por Pili Abeijon

El escritor irlandés Bram Stoker publicaba hace unos 100 años la curiosa novela Drácula, que iba a dar origen a uno de los mitos más difundidos de nuestro tiempo. El novelista se había inspirado en antiguas leyendas rusas y centroeuropeas, basándose sobre todo en un personaje histórico real, el príncipe Vlad Tepes.

“El Empalador”, como se le conoce en Rumania, fue uno de los príncipes de ese país que por sus hazañas y su personalidad fuera de lo corriente, llamó de manera muy especial la atención, no sólo de sus contemporáneos sino también en la historia y literatura actuales.

Para algunos historiadores fue un heroico defensor de la independencia de su país y del cristianismo, mientras que para otros se trataba de un caso patológico, el de un hombre que atormentaba y mataba por puro placer.

Vlad Tepes fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad “el Diablo”, príncipe de Valaquia (antiguo principiado danubiano, que formó con Moldavia el resto de Rumania).

El viejo Vlad se ganó de forma sobradamente merecida el mote de “Dracul” (Diablo) por su crueldad, que heredaría su hijo posteriormente. El nombre Drácula tiene sus orígenes en la Orden del Dragón, que fue concedida al padre de Vlad por Segismundo, el Sacro Emperador Romano, en el castillo de Nuremberg en el año 1431.

(La insignia de la Orden del Dragón era una serpiente alada, que también es un símbolo muy usado para representar al Diablo tanto en el folclore como en el arte rumano.)
Se desconoce la fecha de nacimiento de Vlad Tepes (hijo), aunque se estima que pudo haber acontecido sobre 1428, en la ciudad de Sighisoara, Transilvania. (La mansión de su padre se ha conservado hasta nuestros días).

Su apodo, por el que más se le conoce, en realidad es el de Draculea, puesto que en rumano la terminación “ulea” significa “hijo de”, por lo que podríamos traducirlo como “Hijo del Diablo”.
Reinó como príncipe de Velaquia en 1448 y de 1456 hasta 1462, y finalmente en 1476, el año de su muerte.

El pueblo le apodó también “Tepes” (Empalador), por ser la clase de pena capital que aplicaba con extrema prodigalidad.

En aquellos tiempos el trono de Velaquia estaba amenazado desde el exterior por turcos y húngaros, y en el interior por nobles ávidos de poder, que luchaban entre sí con bestial ferocidad.

La infancia de Vlad fue muy difícil. Fue educado como cristiano en Transilvania, pero su padre le dejó como rehén entre los turcos cuando sólo tenía trece años, viéndose rodeado de gente con un lenguaje, unas costumbres, y una religión que no comprendía. Los padres de Vlad volvieron a Rumania dejándolo en Turquía a modo de promesa de que no les atacaría. Estuvo prisionero allí desde 1444 hasta 1448, cuando le llegó la noticia de que su padre había violado la promesa hecha al sultán turco, lo que significaba que estaba poniéndolo en peligro de muerte. Finalmente el sultán decidió no matarle, pero sí utilizarlo como peón en sus planes y negociaciones diplomáticas.

Vlad Drácula acabó consiguiendo hacerse con el poder en el sur de Rumania gracias al apoyo de los turcos en 1456, y gobernó hasta 1462. En ese tiempo se las arregló para matar a unas cien mil personas, y considerando que por aquel entonces toda la población del reino sólo ascendía a quinientas mil personas, no cabe duda de que fue uno de los peores asesinos de toda la historia.

Incluso después de 1462, cuando se encontraba prisionero en una celda de Budapest por orden del rey húngaro Matías, se dedicaba a capturar ratones a los que torturaba y empalaba en palos. También sobornó a algún carcelero para que le comprasen pájaros en el mercado y se los trajeran, después de lo cual les arrancaba las plumas y se divertía mirando como revoloteaban frenéticamente para intentar remontar el vuelo. Cuando se hartaba de ellos, los empalaba.

En 1476, Matías volvió a colocar a Tepes en el trono de Rumania. Durante una batalla con los turcos que tuvo lugar a finales de ese año, éstos le sorprendieron desprevenido y con una tropa de tan sólo 200 hombres, y una emboscada acabó con su vida, siendo decapitado posteriormente. Su cabeza fue enviada a Estambul y exhibida públicamente a modo de escarnio.

Una de las historias que se cuentan sobre Drácula era que tenía por costumbre cenar rodeado de muertos y agonizantes. El príncipe disfrutaba mojando su pan en la sangre de sus víctimas, que recogía en cuencos para tenerla disponible en su mesa. Después se comía el pan ensangrentado.

En una ocasión, unos embajadores extranjeros fueron a visitarle y no se quitaron el sombrero delante de él, entonces Tepes furioso ordenó que a sus criados que les unieran los sombreros a la cabeza con clavos.

También destacaba por su sentido del humor extremadamente macabro, pues en cierta ocasión mientras cenaba con un noble, entre sus víctimas empaladas, éste no podía soportar el olor de los cuerpos en descomposición y se tapó la nariz con la mano. A Tepes le pareció una falta de educación imperdonable, y ordenó que lo empalasen en una estaca muy alta, con lo que el invitado quedó clavado en la estaca muy por encima de las otras víctimas, diciéndole: “Muy bien, tu problema está resuelto, ahora estás suspendido entre las brisas más frescas y limpias ya que no tienes que soportar la pestilencia de estos cadáveres que se pudren aquí abajo…”

Fue un acérrimo defensor de la ley y el orden, y durante su reinado nadie osaba robar, por que fuese cual fuese el grado del delito, Tepes los castigaba a todos por igual con la pena de empalamiento. Su razonamiento era que si se permitía que los pequeños delitos quedaran impunes la gente poco a poco se iría animando a cometer crímenes más serios.

Nota de la autora:

El empalamiento era todo un arte de la tortura, por aquel entonces, y consistía en atravesar a una persona con una estaca. Se le podía clavar la estaca por el pecho o incluso introducirla por la boca, pero el método más corriente era colocar a la víctima en el suelo con los miembros extendidos al máximo y atar un caballo a cada pie. Después se preparaba una gigantesca estaca o poste lo bastante sólido para sostener el peso de esa persona, y se le redondeaba la punta, pues si la punta estaba afilada, la víctima moría rápidamente. La estaca era untada en aceite para poder ser insertada fácilmente en el ano de la víctima. Los caballos avanzaban lentamente mientras se iba insertando la estaca, y cuando ésta había quedado asegurada dentro del cuerpo, se cortaban las cuerdas de los caballos. Después, el infortunado era levantado junto con la estaca, y se iba hundiendo gradualmente en ella muriendo poco a poco.

DRACULA

Aún hoy, todavía existen discrepancias sobre si en verdad existieron (y existen) personas que chupan la sangre a sus víctimas para sobrevivir. Según los expertos, a un humano de nada le vale chupar sangre, ya que su estómago no puede digerirla y lo más probable es que la expulse mediante el vómito. Si esto es así, ¿de dónde viene la creencia de que bebiendo sangre se alcanza la inmortalidad?

Antiguamente, los hemofílicos (enfermos con falta crónica de hemoglobina) han intentado inútilmente beber sangre para curar su mal y para ello no han dudado en matar carneros nonatos, niños recién nacidos y, sobretodo, doncellas vírgenes. Detrás de ello no siempre estaba el deseo de ver curada su enfermedad, sino que en la mayoría de las ocasiones era una excusa para la venganza o la orgía sexual.

Pero no será hasta el siglo XV en que un siniestro personaje llamado Vlad Tsepech Drácula, príncipe de la rumana Valaquia, decide pasar a la historia como el primer vampiro humano de prestigio. Descendiente de la estirpe “Draco”, los dragones de la guerra, traducción latina de “Drácula”, este victorioso señor no tiene piedad con sus enemigos y en venganza porque los turcos le hicieron prisionero cuando era joven y se vio en la obligación de comer ratas para sobrevivir, cuando consiguió la victoria llegó a empalar hasta 100.000 prisioneros, a los cuales situó delante de su castillo. Además, para que su obra no fuera olvidada jamás, organizó banquetes multitudinarios delante de su macabra exposición.

Cuando murió, sus enemigos le cortaron la cabeza y le enterraron así en dos tumbas para evitar que volviera del otro mundo para vengarse. De poco les sirvió, ya que unos años después sus tumbas aparecieron abiertas y sin restos del tirano. Desde entonces, el vampiro sale todas las noches por tierras de Rumania y sacia su sed de sangre con mujeres y niños indefensos.

Un siglo después nace una aristócrata húngara llamada Elizabeth Bathory, la cual tiene un hijo ilegítimo a los catorce años y para evitar la deshonra se casa con un noble y se va a vivir al castillo de Csejthe. Pero como la cabra siempre tira al monte y solamente es cuestión de dejarla en libertad, cuando su marido se iba a la guerra esta mujer se dedicaba a mantener relaciones sexuales con mujeres, personajes sombríos y cuantos brujos conocía. No satisfecha con ello, torturaba de mil maneras a las mujeres de su servidumbre, especialmente a las más guapas, y cuando empezó a notar las primeras arrugas en su rostro las mataba después de hacer el amor con ellas y utilizaba su sangre aún caliente como agua de baño. Cuando fue descubierta, su marido contribuyó a ello, la emparedaron viva en una de las habitaciones del castillo y hay quien dice que sus gritos de dolor y venganza se siguen oyendo desde entonces.

Y así, la figura del vampiro decae en la mente de las gentes hasta que la literatura la rescata tres siglos después, pero ahora, afortunadamente en personajes literarios. William Polidori, un escritor amigo de Lord Byron y la célebre Mary Shelley, escribe “El vampiro” la misma noche en que Mary esboza la historia de “Frankenstein”. Corría el año 1819 y un vampiro literario llamado Lord Ruthven llega al New Monthy Magazine, pero la novela es casi un fracaso absoluto, hasta el punto en que su creador murió pobre y sin prestigio alguno, al menos en vida.

El tiempo hace justicia a quien se lo merece, casi siempre tarde, y años después el mismísimo Alejandro Dumas lleva esta desconocida obra al teatro con gran éxito. Hay quien asegura, no obstante, que otros autores como Burger y el alemán Goethe habían tocado ya el tema del vampirismo en obras como “Eleonora” y “La novia de Corinto”.

Otros escritores que se apuntaron al tema de los chupadores de sangre (quizás una metáfora contra los aristócratas de entonces), fueron Thomas Preskett con “Varney” y Joseph Sheridan con “Carmilla”, personaje tenebroso que el cine revivió muchos años después en dos películas.

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