El enigma de los resucitados

El enigma de los resucitados

Por Bruno Cardeñosa .

Insensibilidad, rigidez, ausencia de respiración y actividad cerebral confirmada por electroencefalograma siguen sin ser síntomas definitivos para determinar con total seguridad que una persona ha fallecido. ¿Habría que esperar a la aparición de la putrefacción? ¿Son acaso los resucitados personas que no han llegado a fallecer… por completo? Cualquier respuesta abrirá nuevas incógnitas a casos como los que Mundo Misterioso presenta.

Murió a las siete de la mañana del pasado 31 de mayo en Mulanje (Malawi). Horas después, con el acta de defunción en sus manos, los familiares de Margaret Mose prepararon la casa familiar para rendir a la difunta una despedida de acuerdo a los ritos locales. Por la noche, en la vivienda sólo se escuchaban himnos y rezos en honor de la desaparecida. El entierro tendría lugar a la mañana siguiente… Así estaba planificado el último adios.

Pero 16 horas después del óbito ocurrió “algo”. Algo excepcional. Margaret, a duras penas, se incorporó sobre el lecho en el que descansaban sus -minutos antes- restos mortales. Se sentó y balbuceó algunas palabras ante la incredulidad de su hermana Josephine. ¡Acababa de acariciar su cuerpo sin vida, un cuerpo que estaba frío como un témpano de hielo! Poco importaba: Margaret había regresado a la vida. Apenas recordaba nada, salvo haberse encontrado con familiares y amigos muertos mucho tiempo atrás. Era como si hubiera atravesado las puertas del cielo para regresar al reino de los vivos.

Y el dolor quedó eclipsado por el júbilo y los comentarios, en aquel perdido poblado africano, se dispararon. Los médicos de la localidad sólo se explicaban lo sucedido alegando un error al diagnosticar la muerte de Margaret; mientras, los viejos del lugar recordaban los poderes mágicos capaces de hacer volver a los muertos a la vida por mediación de los espíritus.

África, cuna de la resurrección

Pocas palabras como zombi infunden tanto temor. Y lo que asociamos a ella nos remite a Haití, al país de los muertos vivientes, en donde la magia vudú alcanza su expresión más terrorifica conviertiendo a hombres y mujeres de toda condición en “resucitados” que vagan por las plantaciones de caña cuán autómatas esclavizados sin voluntad propia que un día, y en extrañas condiciones, fallecieron para, días después, ser sacados de las tumbas por houngans o sacerdotes vudú que los hacen revivir.

Pero el vudú no es sinónimo de oscuridad. Ni siquiera es un culto homogéneo allá donde se practica. África es su cuna, pese a que Haití sea su “escaparate”; del Continente Negro, especialmente de sus costas occidentales (Benin, Tongo, Nigeria…) partieron los esclavos destino a Latinoamérica con sus ritos animistas a modo de único bagaje para establecer comunicación con los loas o espíritus. Y precisamente es en aquellos países en donde encontrarnos vivo un culto que allí llaman vudúm (vocablo madre de vudú, que significa “dios” o “espíritu”) en el cual la resurrección zombi tiene una funcionalidad mucho más luminosa que en Haití. Allí, los resucitados se convertirán en sacerdotes para el pueblo, en hombres y mujeres que establecerán, tras haberse salvado de la muerte, un puente entre los humanos y los loas.
Trasladémonos a la selva tropical del antiguo Dahomey (hoy Benin). Allí, tras muchos meses de investigación, el periodista francés Robert Grainville tuvo la ocasión de asistir en 1976 a un ritual sobrecogedor que la tribu local de los fons celebra cada año en honor del dios de la tierra, Sapata. Lo único que precisan para levar a cabo el rito es una joven fallecida cuya muerte haya sido certificada.

En realidad, es una fiesta. Tambores, bailes, ofrendas… y los familiares de la joven espectantes.
Según relató Grainville, todo el poblado se reúne para la cita que tiene su punto culminante cuando la difunta, conducida por cuatro vodum-non o hechiceros, es depositada sobre el suelo. “La joven -explicó el periodista- no presenta ningún signo de vida. No respira, no se mueve. La piel ha adquirido una tonalidad cenicienta y muestra diversas heridas purulentas”. Posteriormente, su cuerpo desnudo es lavado y las sacerdotisas comienzan a masajearla durante horas sin que los canticos y rituales cesen un minuto hasta que, bruscamente, se hace el silencio. A partir de ahí, todo el trabajo correrá a cargo del jefe de los hechiceros que, una vez tras otra, repetirá el hombre de la difunta. Debe llamarla siete veces…
El relato del periodista francés habla por sí solo: “Siete veces, y nada ocurre. Un sobresalto recorrió la multitud… Por octava vez, el hechicero gritó el nombre de la joven. Y, entonces, ¡la chica gimió! Todos nosotros hemos sido testigos: ha gemido”. En definitiva, la joven resucitó.
La creencia de los fons es que la muchacha ha revivido gracias a la acción del dios Sapata. Es un zombi, pero a diferencia de los haitianos, no será vendido para vivir su segunda existencia a modo de pesadilla como víctima de una espantosa esclavitud. Al contrario: la muchacha será retirada al interior de un convento para comenzar su verdadera iniciación, tras la cual se convertirá en una sacerdotisa del dios de la tierra. Aprenderá el uso medicinal de las plantas, el significado de los amuletos y el lenguaje secreto de los iniciados.

Resurreción y religión

La resucitada será una referencia espiritual para su pueblo. Algo que ya ocurrió en Occidente hace 2000 años tras la resurrección de Jesús de Nazaret, dogma bajo el cual se edificaron los cimientos del cristianismo, una religión en donde el milagro se ha convertido en síntoma sine qua non para ser beatificado y canonizado. Así, en el haber de numerosos santos encontramos infinidad de milagros y, por supuesto, resurecciones.
San Juan Bosco es un buen ejemplo de lo que decimos. Este sacerdote fundador de los salasianos fallecido en 1888 obró varias resurecciones. La primera, en 1849, tuvo como beneficiario a un joven turinés de 15 años que falleció prematuramente. Bosco era su confesor, y un buen día, cuando el joven había muerto, formuló a un familiar suyo una desafortunada cuestión. “¿Cómo está el muchacho?”, preguntó sin saber del trágico desenlace. Fue entonces cuando un familiar le respondió, lacónico y, a qué negarlo, molesto por la inoportunidad: “Falleció hace 11 horas”. Sin peder la compostura, el futuro santo aseguró: “Ahora mismo está despertando”. Así fue; instantes después, los padres del muchacho, que ya tenían firmada el acta de defunción del joven, vieron como el joven comenzaba a moverse…

Más de 400 casos documentados de resurección se han registrado a lo largo de la historia del cristianismo. En un impresioante volúmen, el sacerdote marista Albert J. Hebert los recopiló bajo el título Raised from the Dead (Illinois, EE. UU., 1996). En él podemos toparnos con casos tan peculiares como las resurecciones obradas por San Martín de Porres (1579-1639), a quien atribuyen haber devuelto la vida a varios animales; o con experiencias como la atribuida a la mística alemana Teresa Neumann (1898-1962). Esta estigmatizada, cada Semana Santa, entraba involuntariamente en trance durante días y revivía -en carne propia- la pasión de Jesús. Durante aquellas jornadas, la mística parecía viajar al pasado hasta situarse en la Palestina del siglo I. Y como si su piel fuera la piel del martirizado Jesús, comenzaban a brotar en ella llagas sanguinolientas, heridas en las palmas de las manos y los pies como si se tratara de los mismos clavos de la cruz en la que fue clavado el nazareno y, lo que más impresionaba a los cientos de testigos que en aquellos días se aproximaban a la vivienda de Neumann: lágrimas de sangre que teñían de rojo todo su cuerpo.

En una de aquellas ocasiones, el éxtasis de Teresa Neumann fue tan prolongado y sanguinoliento que pareció desfallecer. Todos creyeron que había muerto cuando tras 45 minutos no dio señales de vida. Sin embargo, poco después empezó a cobrar la consciencia y sus heridas, casi por arte de magia, como siempre le ocurría, cicatrizaban hasta desaparecer. Así volvió a la vida una mística de este siglo que, probablemente, no tarde en subir a los altares.

Pero si existen dos casos paradigmáticos y excepcionales, esos son, por un lado, el de San Vicente Ferrer (1350-1419), padre dominico al que se le atribuyen nada menos que 40.000 milagros y la poco desdeñable cifra de 28 resurecciones. Como si de un auténtico houngan haitiano se tratara, el santo tenía -en vida primero, y por intercesión después- una facilidad pasmosa para levantar muertos de la tumba. Y por otro, el milagro de Calanda (Teruel), ocurrido en el año 1640 cuando un joven llamado Miguel Juan Pellicer recuperó una noche, tras un extraño sueño, la pierna que había perdido tras un accidente. El inexplicable suceso fue objeto de una contundente investigación eclesiástica que no pudo sino certificar que la pierna de muchacho “resucitó” inexplicablemente. Cientos de documentos así lo certifican: Pellicer llevaba más de un año mendigando en público por las calles de Zaragoza; cuando volvió a ellas, ante el estupor de quienes lo conocían, lo hizo con las dos piernas.

Santones, místicos y chamanes
Radhakrishna viajó a Puttaparthi (India) con la esperanza en encontrar alivio a las terribles úlceras gástricas que la hacían la vida imposible. Allí vivía el santón Sai Baba, uno de los líderes religiosos más venerados del país. Ya entonces, en 1953, lo consideraban un auténtico dios encarnado en la Tierra. Sin embargo, tras un primer encuentro con el swami Baba, el enfermo cayó en coma durante su primera noche en la monumental residencia del santón, que restó importancia al agravamiento de la enfermedad.

Horas después, perdía la vida. Pero su cuerpo -por expreso deseo del swami- permaneció en el lecho durante días. “A la mañana del tercer día, el cuerpo estaba oscuro, rígido; olía mal”, explica en su obra Sai Baba, el hombre milagroso el investigador Howard Murphet que relata así como en esa misma jornada se produjo el milagro: “Apareció con su túnica roja, su abundante pelo y su radiante sonrisa. Eran entonces, más o menos, las dos y media de la tarde del tercer día. Toda su familia lloraba, pero Baba les pidió que salieran de la habitación y cerro la puerta. Nadie sabe qué ocurrió, pero después de pocos minutos Baba abrió la puerta e hizo señal a los que esperaban para que entrasen. Allí, en la cama, estaba Radhakrishna mirándolos sonriente”.

El enfermo había vuelto a la vida cuando su cuerpo ya presentaba síntomas de putrefacción. Y el swuami, más tranquilo que nadie entre el júbilo y el desconcierto, se aproximó a la esposa del resucitado y le dijo: “Le he devuelto a su marido, ahora tráigale bebida caliente”.
A Baba le otrogan otra resurrección en 1971. En esta ocasión, el afortunado -un estadounidense- había sido dado por oficialmente muerto en el hospital de Madrás (India). Así se ha forjado la leyenda Baba, un hombre al que algunos críticos consideran un farsante prestidigitador y sus millones y millones de seguidores lo adoran como quien es en realidad para ellos: Dios.
No lejos de Babá viven otros santones, fakires y yoguis que a menudo y voluntariamente, se dejan morir para revivir posteriormente. Se trata de un milenario ritual que precisa de una larga preparación para poder llevar a cabo los mecanismos biológicos que requiere tan prodigiosa práctica. El fakir repliega su lengua hasta la laringe y aprieta sus puños con el objetivo de reducir el riego sanguíneo hacia el cerebro. Mientras, su concentración y una fuerza mental fuera de toda lógica les provoca un estado de muerte aparente. Luego, sus seguidores lo encierran en un ataúd lacrado y… lo entierran. Y días, semanas o meses después, exhuman el cadáver. Así relata el investigador italiano César de Vesme un caso que tuvo la oportunidad de investigar: “Pasados cien días se exhumó la caja. Al abrirla apareció un cadáver de tez apergaminada y amarillenta. Tras seis horas de fricciones con un aceite especial, la piel comenzó a mostrar una apariencia tersa y flexible. Uno de los brahmanes introdujo su navaja entre los dientes apretados del fakir y vertió dentro un líquido verdoso. Tras unos estertores, el sujeto se levantó y comenzó a balbucear las primeras palabras”.

Rayos de vida

Pero no siempre la resurrección es fruto de una acción voluntaria por parte de un supuesto “obrador” de milagros o por parte del mismo interesado. En muchasocasiones, la muerte viene sin avisar. Por accidente, o porque los cielos así lo han querido…

De este modo llegó la hora de Daniel Azábal Martín, un cabrero cacereño que en mayo de 1995, en medio de una tormenta eléctrica de mil demonios, un rayo le alcanzó el hombro, le atravesó todo el cuerpo y le salió por los órganos genitales. Los manuales de medicina son bien explícitos al respecto: a quien le ocurra esto le estallará el cerebro y el corazón. Pero Daniel, simplemente, se quedó dormido y cuál milagro, despertó con sus ropas quemadas pero su físico indemne. El dio gracias a Dios y hoy, cinco años después, continúa pastoreando por las tierras extremeñas. Algo similar le ocurrió Lucio de Morales, un mexicano al que hace más de medio siglo le alcanzó un rayo, y que a diferencia de nuestro paisano, se ha convertido en el referente religioso de su comunidad, en un chamán.

Lucio, tras el accidente, se aproximó tanto al umbral de la muerte que por un momento pareció sobrepasarlo. Pero quedó postergado en un lecho durante tres años en estado vegetativo. Mientras, su mente viajaba por mundos desconocidos en los cuales seres de otras dimensiones le instruían en secretos insondables que debía poner en práctica cuando retornara a la vida. Algo que, como señalábamos, ocurrió tres años después convirténdose, según creen en México, en un granicero, una modalidad de chamán no hereditaria cuyos miembros han de morir y porteriormente resucitar para convertirse en guías religiosos para su comunidad.

En realidad, las experiencias de los chamanes graniceros no difieren gran cosa de los millones de personas que aseguran haber vivido una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte). Como en su momento expuso el Dr. Raymond Moody, todo ocurre cuando una persona, generalmente tras un accidente o durante una operación, siente como su “alma” se separa del soporte físico, entra en un túnel oscuro al final del cual se encuentra con un ser luminoso que interpreta de acuerdo a sus creencias religiosas. Mientras todo esto ocurre, en ocasiones, los médicos llegan a certificar el acta de defunción del paciente; sin embargo, revive casi milagrosamente. Retorna al mundo de los vivos tras sufrir una experiencia que según el equipo del Dr. Kenneth Ring, que estudió 2.600 casos de este tipo, desencadena en el revivido nuevos resortes: el “resucitado” es más espiritual y comprometido familiar y socialmente. En definitiva, vuelve de la muerte más vivo que quienes no se aproximaron a la frontera.

¿Enterrados vivos o resucitados?

John MacInthyre no podía mover su cuerpo. Pero él lo sentía todo: las honras fúnebres, los sollozos de su familia y la mecánica actuación de los sepultureros que lo enterraron. Quería gritar que estaba vivo, pero todos los dieron por muerto aquel año de 1824. Pasaron varios días y, esperanzado, escuchó a los mismos sepultureros exhumando el cadáver. Pero siguió sin poder dejarse notar y con más pánico si cabe, escuchó como iba a ser diseccionado sobre una mesa de mármol. Primero llegaron las descargas eléctricas para livianizar el rigor mortis y luego se aproximó a él un forense armado con una inmensa lámina afilada que penetró en los tegumentos de su pecho…

Entonces, pudo gritar. Su alarido se dejó oir en kilómetros… ¡Había revivido! ¿O acaso había resucitado? Determinar qué es la muerte y cuáles son los síntomas que la certifica es una vieja lucha de la medicina que parece no ha sido todavía ganada. Quizá la explicación a muchos casos de resurección esté ahí, en la probabilidad de que una muerte aparente no sea tal y que los resucitados no hayan, en realidad, atravesado el umbral.

Los zombis son un buen ejemplo. La tetrodotroxina que contiene el poudré o polvo zombi (al igual que otras drogas cuyos secretos conocen diferentes pueblos tradicionales) provoca un estado similar a la catalépsia -la desaparición de todo signo de vida aparente- del que se puede despertar. Así pues, los zombis, en realidad, nunca murieron. ¿Es esta la explicación a los casos de resurección?

Demostrado está que, muy a menudo, algunas personas son enterradas vivas. Por ejemplo, cuando fueron repatriadas la víctimas de la Guerra de Vietnam, los féretros de un 4 por ciento de ellos presentaban sus cuerpos retorcidos, sus puños roidos y la madera arañada. Había revivido en su propia tumba sin opción a salir de ella…

Son miles los casos que lo demuestran. Hombres y mujeres que renacen en las cámaras de frío de los hospitales, en sus viviendas cuando reciben las honras fúnebres y, a veces, en el transcurso de sus propios entierros. Hombres y mujeres a veces no tan afortunados y que despiertan bajo tierra, tal y como confirmaron los sepultureros parisinos en la década de los setenta, cuando aseguraron que muchos cadáveres, al ser exhumados, mostraban signos de aparente “resurrección”.

La clave, según muchos estudiosos, puede estar en la llamada catalépsia. Pero, sobre todo, en el estudio de los mecanismos que la pueden provocar. Aunque, por otro lado, en algunos casos, ni siquiera esta muerte aparente parece ser la clave para resolver episodios tan intrigantes. De este modo, a veces queda la tentación de volver atrás en el tiempo y admitir que aquel Dr. Maze que obtuvo reconocimiento público en Francia al afirmar que el único signo evidente de muerte es la putrefacción, tenía toda la razón. Así que, por si acaso, habrá que seguir haciendo caso a los antiguos sicilianos, que enterraban a sus muertos en enormes féretros con provisiones, respiraderos y agujeros para poder llamar a los vigilantes de los camposantos, que hacía guardia las 24 horas, no fuera a ser que a alguno de aquellos enterrados les diera por resucitar.

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