¿Hay santos con poderes raros?

 
 
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La poeta británica Vita Sackville-West escribió que “no se precisa de matemáticas ni conocimientos especiales para apreciar a los santos”. Pero ciertos casos de misticismo exacerbado desafían cualquier escala de credulidad. El santoral registra el caso del italiano San José de Cupertino, conocido por su torpeza, que entraba en unos estados de éxtasis de los que no lo podían despertar ni a palos. Sus compañeros incluso lo pinchaban con alfileres y nada. Pero sus raptos más insólitos eran los de la levitación. “No podía dejársele decir misa ni tomar parte en las procesiones, ni siquiera comer junto a la comunidad, porque en cualquier momento podía alzarse en el aire y permanecer suspendido un buen rato”, señala Sackville-West en el libro “El águila y la paloma“, un estudio sobre la vida de algunos hombres y mujeres místicos. Otro caso -que no ha llegado a la canonización- es el de la iluminada María Villani, quien decía tener una herida interna provocada por una espada de fuego. Nueve horas después de muerta, en 1670, el médico que hizo la autopsia encontró que su interior despedía un calor tan espantoso que fracasó varias veces antes de extraerle el corazón. Está claro que la santidad es pariente cercana del misterio.
“Hubo un tiempo en el que solamente pronunciar el nombre de una santa me llenaba de delicias”, escribió el filósofo pesimista E. M. Cioran. Una empatía solidaria que se agudizaba “cuando recapitulaba las pruebas de Rosa de Lima, de Lydwina de Shiedam, de Catalina de Ricci y de tantas otras, cuando pensaba en su refinamiento de crueldad hacia ellas mismas, en sus suplicios de verdugos de sí mismas y en ese pisoteo voluntario de sus encantos y sus gracias“. Esa inexplicable cuota de dolor o tormento físico que experimentan muchos santos es parte de su misterio y de su encanto.
Dos clases de padecimientos místicos llaman la atención por su impacto. El más célebre es el de los estigmas, la aparición de heridas en el mismo lugar en que Cristo padeció la suyas. El fenómeno se presenta a veces con laceraciones como las producidas por la corona de espinas e incluso “en algunos casos más raros, con los verdugones de la flagelación y las magulladuras producidas en el hombro por el peso de la cruz“, señala Sackville-West. Suele recordarse las llagas que se dice tenía San Francisco de Asís, pero otros casos notables. En la autopsia realizada a Santa Verónica Giuliani, los médicos encontraron que tenía una desviación del hombro, similar a la que hubiera tenido de haber llevado los tablones en que Cristo fue crucificado.
El otro fenómeno místico, menos conocido, suele ser llamado ‘incendium amoris’. En este caso, “la temperatura se eleva por encina de toda experiencia médica y la opresión del calor físico es tal que el paciente se baña en agua fría en busca de alivio”. La historia de San Felipe Neri lo presenta caminando con el pecho desnudo por las calles de Roma, incluso en plena nevada. Pero el caso más extraordinario es el de María Villani, una religiosa que al beber emitía un sonido “igual al del agua cuando cae sobre una plancha de hierro al rojo vivo”. La propia Inés de Jesús habría experimentado un fenómeno parecido cuando se bañaba.
Hubo una época en que el temor ante tan inexplicables fenómenos trastornó especialmente la vida cotidiana. “En Occidente de los siglos XV-XVIII se conocía -y se temía- una buena cuarentena de enfermedades designadas por el nombre de un santo”, señala el historiador Jean Delumeau en el libro “El miedo en Occidente”. “Las más temidas y aparentemente las más frecuentes eran el fuego de San Antonio (ergotismo gangrenoso); el mal de San Juan, también llamado el mal de San Lou (epilepsia); el mal de San Acario, también llamado mal de San Mathurin (locura); el mal de San Roque o San Sebastián (la peste); el mal de San Fiecre (hemorroides); el mal de San Mauro o mal de San Genou (la gota)”.
Se pensaba que esos males eran provocados por la furia del santo que los denominaba. Eran la venganza de su poder sobrenatural. “Gregorio de Tours cuenta que, habiendo hablado un hombre despreciativamente de San Martín y de San Marcil, se volvió sordomudo y murió loco. En el alba de los tiempos modernos, la mayoría de las gentes no razonaba de manera distinta”, precisa Delumeau. En algún momento, explica el estudioso, el razonamiento popular encontró que lo semejante anula lo semejante para provocar el efecto opuesto. “Como San Sebastián había muerto acribillado a flechazos, se convencieron de que alejaba de sus protegidos las flechas de la peste”. De manera que este santo, como después San Roque, se convirtió en un remedio antipeste.
Y aun así, la figura de los santos y candidatos a serlo no ha estado exenta de vaivenes. En la Lima colonial, el elevado número de beatas, y su prestigio entre los ciudadanos, generó preocupación en el clero. “En 1622, un jesuita escribió a la Inquisición que “habiendo tanto número de mujeres de ordinario se suelen arrobar y aun alguna volar en esta ciudad de Lima, que como el Santo Oficio de la Inquisición no haya información y examen [no se puede saber] si era negocio divino o embuste suyo o arte del demonio”, refiere Frank Graziano, profesor de Estudios Hispánicos de la Universidad de Connecticut y autor de un interesante estudio sobre santos en América Latina.
Del mismo modo hubo una época en que se atacó con rigor la fe popular en santos curadores y sus ritos, como los que se practicaban en la noche de San Juan, a los que se atribuía poderes demoníacos. Sin embargo, el efecto fue contraproducente: “En Inglaterra, por lo menos el paso a la Reforma y el rechazo de las plegarias a los santos curadores aumentaron de forma momentánea la audiencia de […] benéficos magos a los que recurrieron mucho más que antes los aldeanos inquietos. A partir de ese momento nos explicamos la irritación y los anatemas del clero, que vio en ellos terribles competidores”, comenta Jean Delumeau.
Idas y vueltas no han variado la presencia de los santos en el imaginario popular. De hecho, esta fue estimulada por el insólito afán de Juan Pablo II de nombrar santos, más que todos sus predecesores juntos. “Eso sugiere firmemente que él consideraba que el mundo moderno necesitaba modelos de santidad”, me dijo hace un tiempo el vaticanólogo John L. Allen.
Una convicción tan firme como la que en el siglo XVII debió sentir el obispo de Puebla, México, cuando inició el proceso de canonización del fraile Sebastián de Aparicio. Se decía que hacía milagros y había llevado una vida virtuosa. El detalle es que al momento de iniciarse el proceso, el fraile todavía estaba vivo.

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