El monstruo invitado: Kara-kasa

Imagina que estás en Tokio, Kioto o cualquier otra ciudad japonesa de vacaciones. De repente se pone a llover a cántaros. No lo habías previsto y has salido del hotel sin ningún tipo de protección. Te empiezas a preocupar porque llevas contigo la cámara y también sufres por tus recientes compras que llevas en una bolsa de papel. Delante de ti una konbini, un 7 Eleven y en su puerta un paragüero con un montón de paraguas. Te fijas en uno de ellos, viejo, parece de otra época. No es el típico paraguas de plástico transparente de 300 yenes. Tiene un par de agujeros pero cumplirá su función y te servirá para llegar al hotel en una carrera. Piensas, ¿quién va a echar de menos esta antigualla?

Por el camino, casas de madera, dos gatos negros y una sandía hecha pedazos en el suelo.

Llegas a tu habitación, te das un buen baño caliente y repasas mentalmente las cosas que te han quedado por ver y los planes que tienes para mañana. Mientras te relajas, una sombra te sorprende. Asomas la cabeza por la puerta pero no ves nada. Te secas con la toalla, te pones el yukata que te han dejado en el armario y te sientas encima de la cama. Abres la guía de Japón, y cuando te empiezan a pesar los párpados notas algo húmedo y áspero en la parte de atrás de tu cuello. Te giras lentamente y frente a ti descubres al viejo paraguas, flotando en el aire, con una gran sonrisa y larga lengua que utiliza para, ya sin ningún tipo de miramiento, lamer tu cara de arriba a abajo. Por si esto fuera poco, su mástil se ha convertido en una larga y única pierna, que ahora- para más inri- calza una de tus sandalias. En la parte superior un ojo abierto de par en par y dos brazos que te saludan efusivamente, mientras danza con elegancia.

Aunque el susto no te lo quita nadie, estáte tranquilo/a el yokai que has invitado- por error-  a tu habitación es un kara-kasa, y suelen ser inofensivos.

Se dice que forman parte del grupo de los tsukumogami, que tras servir a sus dueños durante cien años son dotados de alma y se les permite vivir con libertad. Quizás es por ese motivo, por el hecho de haber pasado tantos años junto a los humanos, que sean tan “cariñosos” y sientan tanto apego por nosotros.

Junto a los kara-kasa – también llamados kasa obake– podemos encontrarnos otros objetos que han conseguido su independencia. Es el caso de los bakezouri- sandalias tradicionales, los biwabokuboku – biwa, instrumento musical, ungaikyo– espejos, zorigami- relojes o incluso katanas encantadas.

Su origen, como viene siendo habitual es bastante incierto. Hay quien no les da verdadera categoría de yokai y los considera únicamente fruto de la imaginación de ilustradores como Sekien Toriyama, que crearon estos seres relacionando unos monstruos con otros. Los más escépticos dirán que el kara-kasa no es más que un paraguas flotando en el aire un día de junio, arrastrando por la fuerza de un tifón que asustó a un par de pueblerinos y empezó a forzar la leyenda.

FUENTE: https://creativoenjapon.com

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