El mito del Minotauro

Una de las leyendas más célebres de la antigüedad, originada en la cultura cretense, fue retomada por dos grandes literatos de occidente, ambos muy distanciados en el tiempo y en el espacio. Karina Donángelo nos cuenta las particularidades del mito griego y las características que posteriormente le atribuyeron el poeta latino Ovidio, en “La Metamorfosis”, y el escritor argentino Jorge Luis Borges, en el cuento “La casa de Asterión”.

A menudo ocurren hechos que superan la ficción. Se trata de una delgada línea roja entre lo real y lo imaginario. Después pasa el tiempo y estos hechos quedan en el olvido. Lo mismo ha ocurrido en otros ciclos históricos, donde para muchos investigadores, las huellas de antiguas civilizaciones se han perdido en un recodo del tiempo. Y se transforman en leyendas, mitos o fábulas.

El pensamiento mágico que ha caracterizado a la primitiva Grecia, poco se conoce. Formó parte de un “mundo encantado”. Hoy, sin embargo, vivimos en una época signada por el “desencantamiento del mundo”. Un mundo acaso mucho más impío, más cínico, más escéptico y desamorado. Carecemos de epopeyas, escasea el lirismo y casi todo, tarde o temprano, pasa al olvido. No obstante, esta cronista cree humildemente que el tiempo no pasa: somos nosotros los que pasamos, la cuestión es cómo.

Los mitos suponen un despegue hacia lo conceptual: la representación de los orígenes, las “transmutaciones” del mundo y de la sociedad mediante narraciones de carácter sagrado. Expresan dramáticamente las ideologías. Mantienen la conciencia de los valores, ideales y vínculos que se suceden de generación en generación. Avalan y justifican reglas y prácticas tradicionales y se resignifican.

En ellos está implícita la moral, lo cosmogónico (creación del mundo), lo teogónico (origen de los Dioses), antropogónico (origen del hombre), lo etnogónico (organización política, social y económica) y lo escatológico (vida ultraterrena y fin del mundo).

Si bien los orígenes de la civilización griega son multiétnicos y multigeográficos (pues, los primeros pobladores fueron, por un lado indoeuropeos, y por el otro, de raza semítica) se cree que gran parte de la mitología griega tuvo origen fundamentalmente en la isla de Creta. A partir de aquí podemos marcar la diferencia con los mitos originarios de los indoeuropeos. Recordemos que Creta era un importante bastión comercial. Allí convergían habitantes de Asia Menor, Egipto, norte de Grecia, del Indostán y regiones aledañas. Los cretenses tenían divinidades terrestres y agrícolas, mientras que los indoeuropeos (de origen aqueo) contaban con divinidades celestiales y pastoriles.

La cultura cretense es también llamada minoica, en alusión a su Rey, Minos.

A partir del 3000 a.C. empezaron a llegar los primeros pobladores a Creta. Estos provenían de Asia Menor, y al llegar a la isla crearon la civilización cretense.

Estos hombres practicaban el culto del toro (animal sagrado) que representaba lo masculino, como el caballo representaba lo femenino. Así surge la leyenda del Minotauro, un ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro.

Bien cierto es que el genio latino no tendía hacia la actividad literaria. Es casi imposible que Roma haya tenido una literatura original y espontánea.

El pueblo romano fue creado y formado para el poder de mando, las conquistas políticas y militares. No obstante, la influencia griega dulcificó el temperamento de los romanos, amplió su inteligencia, afinó su gusto, agilizó su imaginación, lo sensibilizó frente al valor estético de las cosas, en suma, le reveló que existe algo más que lo útil y lo justo.

Quien primero plasmó literariamente la leyenda del Minotauro fue el poeta latino Pubio Ovidio Nasón. Nació en 43 a.C. y murió en el 17 d.C. (a los 60 años). Formado en las leyes y la retórica en Roma, completó su educación en Atenas. Viajó por Asia y Sicilia. Tenía fama de ser bastante mujeriego, y llevó una vida bastante azarosa.

Ovidio perteneció al período de Augusto emperador, época de oro de la literatura latina, y está considerado como el primer poeta erótico de occidente.

Augusto se manifestó en reiteradas ocasiones como “protector natural” y “amigo” de los escritores, pero por intereses políticos y sociales. Sin embargo, efímera fue la amistad que intentó cultivar con Ovidio. El emperador desterró al poeta hacia la ciudad que se llamaba Tomir, a orillas del Mar Negro. Esta severa medida fue tomada debido al contenido de una de sus obras: “El arte de amar”, que contrariaba la campaña y la educación moral que Augusto pretendía instaurar en el Imperio. Ovidio se refiere a la leyenda del Minotauro en su obra “La Metamorfosis”. Consta de 246 fábulas: 15 libros divididos en mitos y escritos en 12.000 versos hexómenos. En esta obra hay una verdadera penetración psicológica en el tratamiento de los personajes. Ovidio retrata la figura del Minotauro como un ser sanguinario y descarnado, causante de todo tipo de tragedias y desgracias.

A continuación conoceremos la leyenda, tal como la relatara el poeta latino.

En Creta reinaba el poderoso Rey Minos. Su capital era célebre en el mundo por el laberinto, lleno de intrincados corredores, de los cuales era casi imposible encontrar la salida. En el interior vivía el terrible Minotauro, un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto de los amores de Pasifae, la esposa de Minos, con un toro que Poseidón, dios de los mares, hizo surgir de las aguas. En cada novilunio había que sacrificar un hombre al Minotauro, pues cuando el monstruo no satisfacía su apetito, se precipitaba fuera para sembrar la muerte y desolación de los habitantes de la comarca.

Un día, el Rey Minos recibió una trágica noticia: su hijo acababa de morir asesinado en Atenas. Minos clamó venganza, reunió a su ejercito y lo envió a Atenas para iniciar el ataque. Atenas, al no estar preparada, no pudo ofrecer resistencia y solicitó la paz. Minos, con severidad dijo: “Os ofrezco la paz, pero con una condición: cada nueve años, Atenas enviará siete muchachos y siete doncellas a Creta para que paguen con su vida la muerte de mi hijo”. Aquellos jóvenes serían arrojados al Minotauro para que los devorara. Los atenienses no tuvieron más remedio que aceptar aunque con una única reserva: que si uno de los jóvenes conseguía matar al Minotauro y salir del laberinto (cosa poco menos que imposible) no sólo salvaría su vida, sino también la de sus compañeros, y Atenas sería eximida de dicha condena.

Dos veces pagaron los atenienses el trágico tributo. Se acercaban ya el día en que por tercera vez la nave de velas negras, signo de luto, iba a surcar la mar. Entones, Teseo, hijo único del rey de Atenas, Egeo, ofreció su vida por la salvación de la ciudad. El Rey y su hijo convinieron en que si a Teseo le favorecía la suerte, el navío que los volviera al país enarbolaría velas blancas.

La prisión en Creta, donde Teseo y los otros jóvenes fueron alojados como prisioneros lindaba con el parque por donde las hijas del Rey Minos, Ariadna y Fedra, solían pasear. Un día el carcelero avisó a Teseo que alguien quería hablarle. Al salir, el joven se encontró con Ariadna, quien subyugada por la belleza y la valentía del joven decidió ayudarle a matar al Minotauro a escondidas de su padre. “Toma este ovillo de hilo y cuando entres en el Laberinto ata el extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás una guía que te permitirá encontrar la salida”. Le dio también una espada mágica.

A la mañana siguiente, el príncipe fue conducido al Laberinto, tomó el ovillo, ató el extremo del hilo al muro y fue desenrollándolo, a medida que avanzaba por los corredores. Tras mucho caminar, penetró en una gran sala y se encontró frente al temible Minotauro, que bramaba de furor se lanzó contra el joven. El Minotauro era tan espantoso, que Teseo estuvo a punto de desfallecer, pero consiguió vencerle con la espada mágica. Le bastó luego seguir el hilo de Ariadna en sentido inverso y pronto pudo atravesar la puerta de salida.

Teseo salvó su vida, la de sus compañeros y liberó a su ciudad de tan horrible condena. Dispuestos ya a reembarcar, Teseo llevó a bordo en secreto a Ariadna y también a Fedra, quien no quiso abandonar a su hermana mayor. Durante el viaje y tras una feroz tormenta tuvieron que refugiarse en la isla de Naxos. Vuelta la calma, emprendieron el retorno. Pero Ariadna no aparecía, la buscaron, la llamaron, pero fue en vano. Finalmente abandonaron la su búsqueda y se hicieron a la mar. Habían zarpado cuando Ariadna despertó en el bosque, después de caer extenuada por el cansancio. De pronto, y rodeada por monumental ceremonia se le apareció el joven más bello que nunca antes haya visto. Era Dionisios, dios del vino, quien le ofreció casamiento y hacerla inmortal. La joven aceptó y después de un viaje triunfal por la Tierra, el dios la llevó a su morada eterna.

En tanto, en Atenas cundía la tristeza. El anciano Rey iba todos los días a la orilla del mar, esperando ver a su hijo retornar. Al fin, el barco apareció en el horizonte. Pero traía las velas negras y el anciano desesperó. Es que Teseo, abatido por la desaparición de Ariadna había olvidado izar las velas blancas, signo de su victoria. Loco de dolor, el rey Egeo se arrojó al mar que desde entonces lleva su nombre. Pasó el tiempo y los atenienses reunidos en asamblea ofrecieron la corona a Teseo, quien se casó luego con Fedra y reinó por largos años.

FUENTE: http://www.almargen.com.ar/

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