Las iglesias excavadas de Lalibela en Etiopía.

Las iglesias excavadas de Lalibela; la octava maravilla de Etiopía

A esta parte del mundo la llaman el Techo de África. El Kilimanjaro, cima del continente, queda a casi 2.500 kilómetros hacia el sur, pero no hay otro lugar, en tierras africanas, donde tantos kilómetros cuadrados queden por encima de los 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar.

Las Tierras Altas ocupan el extremo norte de Etiopía divididas por esa profunda cicatriz llamada Rift Valley, una costura que, en un afán de millones de años, sigue empujando al Cuerno de África hacia el Índico. Es esta una región marcada por la montaña con un relieve escabroso y difícil donde se alternan los altiplanos, las montañas (algunas con alturas que rozan los 4.000 metros) y los profundos valles verdes que quiebran esa imagen un tanto estereotipada de tierras secas sacudidas por la sed. Etiopía verde; tierras serranas donde se cultiva el qat, esa planta estimulante similar a la coca andina que sirve para engañar al hambre, atraer a los espíritus o, simplemente, adormecer los sentidos de los que lidian mal con los males de la altura.

En este contexto floreció el  antiguo imperio de Askum que, desde el siglo I antes de Cristo, sirvió de nexo entre el mundo romano y el oriente más cercano. Al principio, el comercio fue el eje de esta nación mestiza que bebe de las tradiciones africanas y de las arábigas; el Nilo, al sur, y el acceso al Índico, a través del control del Estrecho de Ormuz, fueron las principales vías de salida y entrada de mercancías e ideas; entre ellas el Cristianismo, que arraigó con fuerza; hasta el punto que tras Armenia, Askum fue el segundo reino cristiano del mundo (a través de la conversión del rey Ezana en el 325 de nuestra era). Fue el inicio de una forma de entender la religión que, gracias al aislamiento de las tierras altas etíopes ha llegado hasta nuestros días. El 60% de los habitantes del país son cristianos ortodoxos.

San Jorge es la imagen más icónica de las iglesias subterráneas de Lalibela, en Etiopía.

Para llegar a Lalibela hay que subir un enorme escalón de piedra volcánica que se levanta casi en vertical desde los valles circundantes. Hoy, los viajeros y viajeras llegan a la ciudad santa de los ortodoxos etíopes en avión o a través del ramal que conecta directamente con la Ruta nacional 2 que asciende desde la lejana Adis Abeba; pero hasta hace apenas unas décadas, esa era una región aislada; encerrada tras un velo de montañas; a merced de las temporadas de lluvia que solían dejar las rutas de comunicación impracticables durante meses o, incluso, años. Ese olvido mantuvo a la sagrada lalibela lejos de las convulsiones; de los viajeros; de los imperialistas europeos del XIX. Y las iglesias pervivieron tal y como los artistas de los siglos XII y XIII las tallaron en la roca volcánica; y las pinturas murales siguieron decorando techos, falsas bóvedas y columnas como cuando el pincel del maestro las dejó ahí; y los túneles que conectan esta fantástica red de templos excavados en la roca siguieron viendo el tránsito de fieles y sacerdotes como si el transcurrir de los siglos se hubiese detenido. Puro capricho de la geografía y el tiempo.

Hoy, las iglesias de Lalibela atraen a un cada vez más nutrido número de viajeros; su catalogación como Patrimonio de la Humanidad en 1978 logró que el olvido se convirtiera en interés y en una buena suma de birrs (moneda actual) gracias a un turismo que no deja de crecer. Dice la tradición que las once iglesias fueron construidas directamente por Dios, pero la verdad es que fueron obra de la Dinastía Zagüe, descendientes directos de los askum, que establecieron aquí la capital y asiento espiritual de un estado que apenas duró siglo y medio. El recinto sagrado se sitúa al suroeste de la ciudad en una meseta de toba volcánica que, gracias a la pericia de los canteros locales se convirtió en una auténtica representación simbólica de tierra santa a miles de kilómetros de Israel.

El Canal de Yordanos, excavado como el resto del conjunto en la dúctil piedra volcánica, divide a la ciudad santa en dos (Este y Oeste) a semejanza de lo que el Río Jordán hace con la propia tierra palestina. A ambos lados se localizan los doce templos que tienen la particularidad única de estar enteramente excavados en la roca; ningún elemento arquitectónico ha sido añadido; todo se debe al paciente y magistral trabajo de los talladores que crearon auténticas maravillas como Biet Medhani Alem, una impresionante basílica de cinco naves que, según la UNESCO, es el templo monolítico más grande del mundo; o impresionantes edificios como Biet Ghiorgis (Casa de San Jorge) que con su forma de cruz es el emblema de este conjunto monumental y el primero de los once templos que visitan los peregrinos por este recorrido simbólico por tierras de Jesús.

Pinturas murales en el interior de una de las iglesias de Lalibela.

Separadas por decenas de metros, los diferentes conjuntos de construcciones se comunican a través de túneles excavados en la roca. Desde la Cruz de Jorge, los peregrinos pasan bajo el ‘Jordán’ para visitar el conjunto Este, en el que se encuentran Biet Amanuel, Biet Mercoreos, Biet Abba Libanos, Biet Gabriel Rafael y Biet Lehem. Al Noreste, tras volver a pasar bajo el Canal de Yordanos, se visitan las iglesias de Biet Medhani Alem, Biet Mariam, Biet Mascal, Biet Denagel, Biet Golgotha y Biet Mikael. A través del camino ritual los fieles representan los principales dogmas del cristianismo, desde la Natividad a la pasión pasando por el Bautismo o la resurrección de Jesús. Esta representación simbólica es única en el mundo; como también lo son las pinturas que decoran dos de los templos y que son una muestra impresionante de mestizaje de tradiciones.

Fachada de Yemrehanna Kristos, mausoleo real de la Dinastía Zagüe.

La cueva de los huesos

Situada a unos 50 kilómetros al norte de Lalibela, la Iglesia y Monasterio de Yemrehanna Kristos, un lugar poco frecuentado por los viajeros y, sin embargo, una de las mejores muestras de la arquitectura y el arte de Lalibela y también es un centro de peregrinación de los ortodoxos etíopes. El lugar, construido bajo un alero de piedra, acoge el mausoleo de los antiguos reyes Zagüe, lo que justifica el impresionante conjunto artístico formado por artesonados pintados, murales en los que predomina la decoración de motivos geométricos y fino trabajo en piedra. La santidad del lugar atrajo, durante siglos, a miles de personas que acudían a Yemrehanna a pasar sus últimos días con la intención de ser sepultados en el lugar; una de las cuevas del monasterio se convirtió, a lo largo del tiempo, en un impresionante osario.

FUENTE: http://www.eldiario.es

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