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¿El retorno de Quetzalcóatl?

¿El retorno de Quetzalcóatl?

Existe una leyenda respecto a la partida del Quetzalcóatl tolteca más acorde con su calidad de hombre. Aunque era sacerdote de sobrehumana pureza, un día, empujado por malos consejeros, se embriagó y cometió la debilidad de dormir con la bella Xochipétatl. Como los sacerdotes hacían voto de castidad, el inconsolable Quetzalcóatl Ceácatl Topiltzin se autocastigó abandonando el reino de Tula. Luego se incendió en una hoguera y de ella su corazón se liberó para elevarse al cielo y convertirse en el planeta Venus, que es estrella de la mañana cuando nace en el oriente y de la tarde cuando reaparece por el occidente. VenusQuetzalcóatl simboliza la muerte y el renacimiento. De ahí la esperanza de su retorno que él fijó para un año Ceácatl, año en que históricamente aparecieron los españoles

Hace mil años, Tula era la Harvard de Mesoamérica. De todos los rincones de México y algunos tan lejanos en Centroamérica como Costa Rica, viajaban los hijos de los grandes señores para estudiar en la escuela de Tollan y regresar eruditos a gobernar sus territorios. Tula ha sido centro religioso, político, militar y económico desde finales del Siglo VII de nuestra era. Cuando Teotihuacan decaía y su gente la abandonaba, a orillas del río Tula se establecían las raíces de la cultura que llegaría a dominar territorios en el sureste mexicano y cuya influencia tocaba toda América Central: los toltecas Siempre fue centro de disputas políticas. Los yacimientos cercanos de obsidiana y cal le daban una importancia estratégica que causó muchas de las disputas que definieron la historia de la ciudad en la época precolombina.

Los aztecas llamaban “Quetzalcóatl” a los sacerdotes, quienes mantuvieron viva una gran tradición humanística

Los antiguos mexicanos proyectaron muchos aspectos positivos de su cultura en ese dios, a quien revistieron de una enorme sabiduría. Lo idealizaron y protegieron. Como tenían una noción cíclica del tiempo, estaban convencidos del retomo de este dios pacificador. Siempre recordaban aquella imagen del sacerdote blanco, corpulento, alto y barbado, por lo que fácilmente lo identificaron con los españoles. El destino les jugó una mala pasada: el dios generador de su cultura fue también su destrucción.
El toltecáyotl era el conjunto de nociones culturales y civilizadoras que el gran diossacerdote Quetzalcóatl había transmitido a los toltecas, y este patrimonio fue asumido por los nahuas. También el arte náhuatl parece haber recibido su inspiración de aquella cultura. La palabra toltécatl significaba “artista” y de ella se derivaban tentoltécatl, orador o “artista del labio”; matoltécatl, bordador o “artista de mano”, y otras.
El origen del toltecáyotl era atribuido a Quetzalcóatl, quien descubrió los metales y las piedras preciosas, así como el cultivo del algodón y muchas otras plantas para beneficio de su pueblo. También dio a conocer desde la forma de cultivar la tierra con mejores resultados y de encontrar en ella metales preciosos, hasta la de trabajar en la elaboración de tapices y penachos. Enseñó también el arte del canto, la pintura, la escultura y la arquitectura. Es en el florecimiento tolteca donde se encuentra la raíz y el modelo inspirador de la cultura azteca.

El ascenso de los aztecas marcó su decadencia, pero a diferencia de muchas de las grandes ciudades de Mesoamérica, Tollan nunca fue abandonada. Al contrario, uno de los primeros señores de la zona, Don Pedro Miahuaxochitl, descendiente directo del rey mexica, Moctezuma Xocoyotzin, fue un personaje importantísimo para que los españoles pudieran evangelizar la región.

Allí dio clases de primaria Justo Sierra, fundador de la Universidad Nacional Autónoma de México y escribió algunos capítulos de “El periquillo sarniento”, José Joaquín Fernández de Lizaldi.
Miles de años de historia y Tula está catalogada con un Índice de Desarrollo Humano “medio alto”. De entre los dos mil 438 municipios que integran los Estados Unidos Mexicanos, Tula de Allende ocupa el lugar 205. En comparación, Pachuca, el municipio mejor calificado de Hidalgo, aparece en el lugar 43 de todo el país.
Este índice, que elabora el PNUD, es producto de una ecuación matemática que incluye cuatro variables: Tasa de mortalidad infantil, es decir, cuántos niños mueren por cada mil que nacen; porcentaje de las personas de 15 años o más que son analfabetas; de personas entre los seis y los 24 años que van a la escuela; y PIB per cápita en dólares.
Si el pasado de Tula tuviera que ver con su presente, nadie estaría cruzando los dedos y a la espera de que los ejidatarios del lugar decidan ceder sus tierras para que allí se construya una refinería, otra, que contribuya al crecimiento económico y social del estado.
Tula, como centro de poder, fue saqueada, incendiada y abandonada en dos ocasiones, comprobadas y una más que ronda los márgenes del mito.
La leyenda dice que Tollan fue fundada por Quetzalcóatl, dios serpiente emplumada y que su rival, Tezcatlipoca, dios de las tinieblas, se las ingenió para emborracharlo con pulque y lo hizo fornicar con la hermana del primero, Xochiquétzal. Avergonzado, el también conocido como Kukulcán abandonó la ciudad, no sin antes jurar que volvería.

LA PROFECÍA
A continuación, pidió a sus seguidores que se congregaran en la orilla del mar para entregarles su bendición. Una vez en la arena, subió a una piedra que por allí había y anunció las palabras de su profecía. Y esto fue lo que dijo:
Escuchenme, hermanos: yo, Quetzalcoatl, pluma teñida con sangre de serpientes, he renacido. A mí mismo me hice en la batalla, allá, donde se ensanchasen las aguas y el tiempo queda detenido. Así llegué a ser mi propio padre, y llegué a conocer los ciclos del destino.
Sólo vine a prepararme un camino; ahora he de marchar. Mas, no teman, no me voy para siempre: eternamente escucharan mi voz. No lloren por el príncipe partido, porque les he dejado mis palabras y mis joyas.
¡Alegrence! Se acerca un nuevo día, el día magnífico, de radiante hermosura, cuando a mi rostro tenga que regresar. ¡Entonces me verán! En ese día comprenderán las razones divinas, levantaré mi cosecha y recogeré lo sembrado. Entonces desaparecerá para siempre el animal maligno y ustedes podrán caminar en paz.
Y se abrirán las puertas de oro, y vendrán en matrimonio los pueblos de la tierra al templo de los cuatro rumbos, donde se les pedirá que no se descalcen. Y se manifestará la Señal de la unidad en un árbol erguido. El mundo habrá de verlo cuando ocurra, porque es el amanecer de Ometeotl.
Poder de bondad viene a ustedes para vivificarlos, para extirpar del mundo todo temor. Poder de unidad, poder del Corazón del Cielo, de Aquel que, al recibirlos, no recibe sino a su propio ser. ¡Rindan devoción a la verdad, crean en su poder! ¡Aviven la luz de sus corazones, oh hermanos! Amanecerá el mundo para quienes comprendan.
A la distancia de un grito, a la distancia de un día de camino está ya su hombre, su hermano mayor, el de los verdes jades, las barbas y el báculo de peregrino.

¡Recibanlo! El tiempo se acerca, la hora viene, nace la humanidad del nuevo Sol. ¡Contemplen su señal ahora! ¡Erguid el madero!

OCÉANOS: LOS MARES DEL MISTERIO EN LA TIERRA

OCÉANOS: LOS MARES DEL MISTERIO EN LA TIERRA

Por extensión y por volumen, los océanos, el agua de nuestro planeta no sólo son el material más abundante, sino el que da el carácter a nuestro hogar cósmico: La Tierra. No sólo conforma parte de todo, sino que es el motor y el mecanismo que hace funcionar las cosas tal y cómo las conocemos. Desde la atmósfera hasta la climatología, pasando por la vida en todas sus variedades. Visto desde el espacio nuestro mundo se ve de un hermoso azulado, pincelado por un blanquecino y acuoso tul. Siempre en constante movimiento. Pero las cosas tienen su sentido. Es esta condensación nebulosa la que mantiene el termostato de Gaia. Estando encargada de actuar a modo de pantalla de protección frente a las radiaciones exteriores provenientes del Cosmos. Y de hacer que funcionen los ciclos de vida aquí abajo. Pero los océanos si vistos en conjunto han sido importantes en nuestras vidas y sus orígenes, por separados son pilar para su desarrollo y evolución. Punto de comunicación constante. Almacén de alimento interminable. Tesorero del mayor potencial energético y eléctrico conocido.

POR QUÉ LA TIERRA TIENE MARES Y OTROS PLANETAS NO
Esta es una de las primordiales preguntas que se plantea la Ciencia actual. Cada vez que miramos hacia el universo lo hacemos con la idea de ver si allí hay o hubo agua. En primer lugar porque su existencia implicaría que ese planeta podría ser habitado por los humanos. En segundo caso, porque daría la posibilidad de que ya estuviese o hubiera estado habitado. Y cómo resultado de esta curiosidad científica se ha podido constatar que otros planetas, incluso astros, han tenido o poseen agua. Algunos de estos cuerpos celestes son de nuestro Sistema Solar. Una sorpresa cósmica nos vino de la observación de agua en la luna joviana Europa o el caso más reciente de Marte.
BUSCANDO EL PRINCIPIO DEL MAR
Partiendo de la existencia de un Big Bang (u origen cósmico y temporal de lo existente) los pensadores de distintas generaciones y conocimientos han querido ver en el origen de los mares, de la presencia de una gran condensación nebulosa, dónde abundaban los elementos básicos para la formación acuosa, es decir: hidrógeno y oxígeno. Repasando un poco de química nos damos cuenta de que no es una idea descabellada. El oxígeno se forma de la combustión nuclear de las estrellas y éstas están formadas por hidrógeno. Una vez estuvieron formados los planetas, la gran nube cósmica pudo dejar en alguno de ellos parte de su volumen, agua. La gran nube cubriendo los planetas les protegió de las radiaciones solares o templó su temperatura. Y la cercanía de la nube al calor planetario transformó parte de ella en líquido, los mares. Pero además de este supuesto origen, las otras características de los cuerpos celeste influyeron a la hora de quedarse con agua y en la forma de hacerlo, factores entre los que se encontraban la cercanía a las estrellas, como el sol. La baja gravedad de algunos planetas, la estabilidad de los enlaces químicos contenidos en su atmósfera y otras circunstancias terminaron por ser factores secundarios para otro origen…el de la vida. Ya que como en nuestro caso, el hidrógeno de esa nube primigenia, terminó por subir de nuevo hacia el espacio, enriqueciéndose la atmósfera con oxígeno. Sin embargo, no es la única hipótesis para explicar la existencia de océanos en la corteza terrestre. Una teoría nació con una nueva observación del espacio. Hace unos años el cometa Shoemaker-Levy 9 colisionaba con la superficie de Júpiter. Este cometa logró arrancar profundos surcos en la superficie joviana. Demostrando así que los planetas no poseen una superficie lisa sino surcada capaz de retener los líquidos. Un proceso que ha existido siempre en nuestro Universo. ¿Y si además estos cometas dibujantes de canales portaran agua? , ¿qué ocurrirá si colisionaran y en el impacto soltaran H2O?. Sin duda, una gran inundación sacudiría al planeta “víctima”. Que se cubriría de un mar y por la fuerza de la colisión iniciaría un ciclo de mareas y oleajes. Una teoría lógica pero que no cuenta con la evaporación posterior de las aguas por las radiaciones solares. A este punto otro grupo de ciencia quiso darle una alternativa. Para ello aplicaron la teoría de que luego posteriores colisiones de cometas más diminutos mantendrían el flujo de partículas acuosas.
OCÉANOS:LA VIDA MÁS GRANDE Y EVOLUCIONANTE
No sólo la vida contenida en sus mantos de agua está en constante evolución. La propia forma de los océanos y su componentes han ido mutando a lo largo de los milenios. Hoy sigue haciéndolo. Se imaginó una Pangea o continente único para dibujar nuestro mundo hace miles de millones de años y circundándolo un inmenso océano llamado Panthalassa. El planeta líquido en su interior y elevado a temperaturas altísimas producía movimientos internos que pudieron terminar desmembrando Pangea. Dispersando sus trozos (continentes) hacia el exterior y por ende formándose océanos más pequeños. En consecuencia la masa marina terrestre quedó dividida en cinco grandes porciones conocidas como Los cinco Océanos:
El Ártico, 14 millones de kilómetros y colindante al Polo Norte, se encuentra helado en gran parte. Es en él dónde se desarrolla la vida en su nivel más básico, algas y líquenes. Dónde se adaptaron los grandes mamíferos enlazados al agua: Oso polar, pingüinos, focas, leones marinos, morsas, etc. Este océano es el más desconocido por que con la tecnología náutica actual se hace imposible explorarlo, ni siquiera con los más modernos rompehielos se tiene asegurada una buena travesía. Adentrarse entre sus heladas aguas es como viajar a otro planeta helado donde las noches duran meses y el frío se perpetua en los -18 grados centígrados. En sus glaciales superficies y por debajo de ellas quizás se encuentren congeladas las huellas del pasado de nuestra GEA.
El Pacífico, 181 millones de kilómetros cuadrados le convierten en el más grande depósito de agua de nuestro planeta. Las fosas marinas más profundas se hallan en él. Es ahí dónde la Ciencia cada día descubre nuevos y extraños seres vivos de los cuales no se conocía su existencia real. El celacanto un verdadero fósil viviente del que pudieron partir los primeros cambios hacia nuestra evolución mamífera fue capturado en Indonesia, dando por sentado que no estaban desaparecidos sino protegidos en las grandes fosas abisales. Salteado de infinidad de islas volcánicas y exóticas. En ellas cientos de relatos de antiguas civilizaciones que dormitan en las profundidades de este Pacífico templado.
El Antártico, 35 millones de kilómetros cuadrados, cercano al Polo Sur. Plagado de peligros como los icebergs, continuos desgarros de sus grandes masas heladas hacen casi imposible la vida en él. Ronda casi los -30 grados centígrados.
El Atlántico, 82 millones de kilómetros cuadrados de agua salada. Atravesado por una cordillera submarina, dorsal centro atlántico. Que puede verse como islote en Islandia. Del Atlántico y su misterios se han hablado sin cese desde hace milenios. Platón ubicó allí el continente de la Atlántida sumergido tras un seísmo. Al igual que el Pacífico su carácter templado facilita la vida. De sus aguas surgen enigmas de seres gigantescos como el reciente caso de los calamares gigantes canarios.
El Índico, 73 millones de kilómetros cuadrados de mar. Poseedor de una gran fosa abisal, la de Java. y poseedor de una destruida Isla de Krakatoa, engullida en 1883 por el volcán de su interior.
Peligros Oceánicos Al ser generador constante de clima y estar a disposición de las presiones de las aguas que lo forman, al sufrir los cambios y mutaciones del planeta y su núcleo desde una proximidad inquietante…terminan por ser, los productores de grandes peligros y sus transmisores más temibles. Para empezar los deshielos de los Océanos Antártico y Ártico provocan un aumento de la masa acuosa del planeta. Dicho de otra manera: cada año el mar gana tierra unos 5 centímetros. La continua erosión de sus oleajes en las costas provocan los dibujos de nuestros continentes. A veces se trata de un proceso lento, millones de años moldeando las zonas litorales. Pero igualmente peligrosas, pues en la historia se han dado casos de aldeas de pescadores que han terminado por ser engullidas totalmente por el mar. De todas formas estos serían los peligros menos importantes que nos depararían los océanos, los hay más voraces, rápidos y violentos.
Icebergs, productos de rupturas de las masas glaciales de los océanos Ártico y Antártico. Kilométricas islas flotantes de macizo hielo que pueden tardar años en deshacerse, siglos. A su paso, esas demoledoras moles marinas son un peligro de puntiagudas formas para la navegación, uno de ellos hundió al Titanic. Y se les puede ver incluso deslizándose por el Atlántico Norte.
Maremotos: Producidos por las tensiones de las placas de la corteza terrestre que terminan afectando a la presión del agua que sostienen. Poco más se sabe de ellos.
Tsunamis u olas gigantescas: En el mar apenas son perceptibles. En zonas de costa pueden ser devastadoras devorando ciudades enteras a su paso. Java y Sumatra fueron testigos de estas enormes olas cuando en 1883 más de 36.000 ciudadanos de sus litorales perdieron la vida. 60.000 almas portuguesas corrieron idéntica suerte en 1775, bajo olas de más de 17 metros de altura y unas velocidades de casi 100 km/h.
Huracanes: resultado de tormentas cuyos vientos alcanzan más de 118-130 km/h. Produciendo oleaje y espuma marina de considerables proporciones. Suelen formarse en zonas cálidas. Aún estamos intentando olvidar los daños del huracán Micth.
Remolinos: Muchos marinos afirman a ver sido testigos de éstos. Se tratan de enormes espirales de agua que giran en forma centrifuga a grandes velocidades y que engullen todo a su paso, llevándolo hasta los fosos marinos. Se forman con distinto diámetro. Son muy raros de ver en la actualidad. En historia, sin embargo, se narran sucesos de barcos de pesca que fueron devorados por brazos de mar.
El Agua preocupa a la ciencia Nuestra Ciencia actual sabe que desvelar los secretos del mar es poseer los conocimientos de la vida y la subsistencia en este planeta. Poder prever las catástrofes, aprender a aprovechar la energía de los océanos son algunos de los retos vigentes en nuestra sociedad. Investigarlos nos reporta información sobre nuestro pasado y posible futuro. Hoy se puede hacer algo tan increíble como escanear y rastrear con exactitud las geografías marinas. Un satélite militar, El Geosat y las ayudas de otro europeo ERS-1 se dedican a tal empeño. Fallas, cordilleras, fosas, conexiones continentales desconocidas van saliendo a la luz. Los mismos satélites intentan predecir la climatología terrestre. Incluso, los oleajes son minuciosamente seguidos con los rastreadores Gps insertados a los satélites vigentes en la actualidad y controlados desde la Universidad de Tokio. La parte médica está interesada en descubrir las influencias de la Luna y las mareas en el comportamiento de los animales. La genética retrocede a los orígenes marinos para encontrar el momento cero. Una ciencia empeñada en hallar respuesta puede… encontrarlas. Mientras esto sucede las aguas siguen ganando tierra. La vida evolucionando libremente lejana a los ojos de los caminantes de la corteza terrestre, que bastante tienen con preocuparse al ver como esa maravilla acuosa que le rodea se vuelve impetuosa e impredecible. Haciendo nacer una última ciencia, la literaria y artística.

EL LIBRO INDESCIFRABLE

EL LIBRO INDESCIFRABLE

La Biblioteca de la Universidad de Yale, especializada en libros y manuscritos raros, no pasa un día sin que alguien pregunte por el manuscrito de Voynich.
Lo que hace tan interensante el manuscrito Voynich es que nadie ha podido leerlo completo, el texto esta escrito en una clave que no ha logrado descifrar ningún criptógrafo ni lingüista del mundo.
El manuscrito mide 14 X 21.5 cm y sus 200 páginas de pergamino están escritas con una caligrafía extraordinariamente fluida si se considera que su autor usó un alfabeto completamente desconocido. Las ilustraciones son igualmente extrañas y paracen representar plantas, mujeres y configuraciones astronómicas. Como no resulta fácil interpretar el texto y las figuras, el libro ha sido calificado como el manuscrito más enigmático del mundo.
En 1912, Wilfrid M. Voynich, un neoyorquino comerciante de libros, anunció que había descubierto ese curioso volumen en la biblioteca del colegio Mondragone, una fundación jesuita en Frascati, Italia.
No hubo en realidad ningún progreso durante casi 60 años, hasta que Robert S. Brumbaugh, de la Universidad de Yale, abordó el problema en la década de 1970. El profesor Brumbaugh advirtió que algunos de los símbolos del manuscrito de Voynich le recordaban un diagrama que había visto en otro documento.
Un examen cuidadoso de algunos márgenes del manuscrito de Voynich reveló calculos grabateados que sugerían que podría haberse usado un número similar en clave. En un margen, Brumbaugh descubrió un diagrama con 26 símbolos, que es el número de letras del alfabeto inglés (Brumbaugh escribió esta guía).

A pesar de lo anterior, el misterio del manuscrito de Voynich sigue sin resolverse. Brumbaugh sugiere que pueden ser las expresiones incoherentes de un alquimista, de alguien que buscaba convertir los metales básicos en oro por medio de una sustancia o elixir secreto.
El manuscrito Voynich
El documento “VOYNICH”
John Dee dedicó gran parte de su vida, a recorrer el mundo y coleccionar extraños escritos, que por lo general, eran de papiro muy antiguo. Nunca se supo de dónde los sacaba o quién se los conseguía. Durante el reinado de Enrique VIII, el Duque de Northcumberland, se dedica a quitar de circulación todo escrito cuyo contenido fuese poco claro o encarase el tema de la brujería. Para ello, requisó todos los monasterios del reino, que eran los lugares por excelencia donde se guardaban por siglos, semejantes obras.
El Duque era amigo de Mr Dee. En una oportunidad, realizando requisas encontró, en una pequeña abadía del condado de Essex, un manuscrito cuyas páginas semejaban papiro. Estaba escrito en forma cifrada y había sido copiado del original (según rezaba el prólogo) por Róger Bacon, quien fue considerado el gran mago de su siglo.
El prólogo decía lo siguiente: “Ésta es copia fiel del original que se encuentra guardado bajo las montañas que corren sobre la costa oeste de un lejano lugar, situado en el extremo sur del planeta”. Teniendo en cuenta que el “copista” del manuscrito, el señor Róger Bacon, había nacido en el año 1214 y dejado de existir en 1294, queda bien claro que aún no se había descubierto América y sin embargo, de acuerdo con la mención del prólogo, ese “lejano lugar” que tiene una cadena montañosa que corre sobre su límite oeste (la cordillera de los Andes), sería un país del extremo sur de América.
Como se dijo anteriormente, el Duque de Northcumberland y John Dee, eran amigos. Cuando el primero encontró en Essex el manuscrito de Róger Bacon, luego de leer su prólogo y ver que las páginas interiores estaban escritas de forma cifrada, recordó que Mr. Dee era afecto a coleccionar papeles extraños, y se lo regaló. John Dee trató de descifrarlo. No pudo, sólo logró determinar que la primera parte del escrito, decía que ese libro contenía “los secretos de los mundos olvidados y subyacentes”. En 1586, John Dee regala al Emperador Rodolfo II, el famoso libro papiro.
A partir de 1666, el misterioso documento pasa de mano en mano y recorre el mundo gratuitamente. Nadie logra descifrarlo, hasta que en 1962, llega a Estados Unidos. Se encuentra a la venta, aún hoy en nuestros días. Su valor, sobrepasa el millón de dólares.
El señor Kraus, alemán radicado en Nueva York, es quien lo tiene en espera de un posible comprador. La historia del manuscrito, denominado en la actualidad como “Documento de Voynich”, es la siguiente: “Luego de la muerte de John Dee en 1608, nadie se ocupa del “Documento de Voynich” hasta el año 1666, en que el doctor Marcus Marci, rector de la Universidad de Praga, envía el escrito al jesuita Kircher, experto en criptografía y codificación, para su interpretación. Fue inútil, no logró desentrañar el misterio”.
Se pierden los rastros del documento hasta 1914, en que se vuelve a encontrar en el pueblo de Frascatti (Italia); era propiedad de unos jesuitas que allí tenían su convento, lugar donde se guardaba el documento. El famoso e indescifrable escrito, va a tomar el nombre que actualmente lleva: “Voynich”, a causa de que el editorialista W. Voynich es quien compra a los jesuitas el extraño documento en ese año de 1914.
Se lo lleva a los Estados Unidos. En 1916, un caballero de los tantos que habían sido consultados con la finalidad de descifrar el documento, el señor Adolph Cyrus Roidingercht, dice poder hacerlo, pues uno de sus antepasados, fue amigo de Róger Bacon, quien regaló a su pariente una guía de traducción de un código secreto que utilizaban los habitantes protohistóricos del extremo sur del planeta y que actualmente, obraba en su poder por derecho de legado.
Al poner el señor Roidingercht manos a la obra, descubre que el libro hablaba de una civilización desaparecida, cuyos integrantes, eran seres de no más de un metro de altura y que dominaban la fuerza de gravedad, que poseían máquinas que les permitía horadar la roca, construyendo grandes ciudades subterráneas y que se intercomunicaban con el resto del planeta por debajo de la Tierra. Inclusive, nombra una máquina llamada “Nilotrona” (¿alguna relación entre el río Nilo, los egipcios y sus avanzados conocimientos en psicotrónica?).
Asimismo, muestra un mapa celeste de un sector desconocido del firmamento, donde aparentemente, figuran dos lunas y dos soles. Cada página del documento, está pintada de un color diferente, todos ellos muy vivos y brillantes, semejantes a los del aura humana. Sobre una de esas páginas, hay una especie de diccionario de botánica con plantas dibujadas que son muy singulares, algunas de ellas, parecen tener ojos, son especies desconocidas para nuestro planeta. Hasta aquí, lo que pudo descifrar Roidingercht del “Documento Voynich”, pues el 22 de Enero de 1917, desapareció misteriosamente, sin dejar rastros.
Daba la impresión, que se vio obligado a huir precipitadamente, pues, su pipa estaba aún húmeda sobre el cenicero. Sin embargo, el indescifrable libro había quedado abierto en una de las partes donde figuraban los planos de una extraña máquina semejante a la de las turbinas de los modernos “jets”, a un costado de la hoja, un modelo a escala de lo que sería en la actualidad, el súper moderno avión Concorde…
Posteriormente, en 1919, el decano de la Universidad de Pennsylvania, William Newbold, se aboca a la tarea de Seguir descifrando el “Voynich”. En 1921, ante una conferencia de prensa, dice haber descifrado cosas interesantísimas en el documento y se dispone a dar una serie de charlas sobre el particular. Pero extrañamente, no puede llevar a cabo esta tarea. Se contradice y cada vez, es más difícil llegar a él.
Newbold comienza a recibir amenazas, algunas de ellas, escalofriantes. Fallece en 1926 y al igual que Bacon, se lleva el secreto a la tumba. Sin embargo, aún hasta nuestros días, es ardua la tarea de estos “conspiradores contra el conocimiento oculto”. Somos muchos los que poseemos fotografías de las páginas del extraño documento. Es preciso que el mundo conozca el verdadero contenido del “Voynich”.
Dice así: “Posee el ser humano, una energía muy especial que se gesta en la parte superior del cerebro y su medida, es la del “voluciclo”. Esta es la tercera organización cerebral independiente, cuya sede se encuentra en la columna vertebral.
Cada zona intervértebra, tiene relación particular con el conocimiento asequible al ser humano y actúa a modo de archivo o depósito. Las zonas intervértebras, están relacionadas íntimamente, con el “conjunto sonomedular” que tiene, al igual que el volucio, su centro de actividad en la parte superior de la cabeza”. Éste es un llamado de atención al mundo. Al mundo porque el “Documento Voynich”, habla de una “tercera organización cerebral”, que es aquella mediante la cual, civilizaciones desaparecidas lograron sus impresionantes conocimientos, dado que sabían poner en funcionamiento ese “sono medular” cuya utilización, significa descubrir nuestra identidad divina.

Cantidad de copias del “Documento Voynich”, circulan alrededor del planeta. Sí, seguimos descifrando el famoso y no menos temible “Documento”.

El futuro de la evolución humana

El futuro de la evolución humana

Por Bruno Cardeñosa
Si el ser humano no acaba por colapsar el planeta, seguiremos evolucionando. Existe en cambio un viejo dilema al respecto, que enfrenta a quienes defienden que nuestra especie, el Homo sapiens, es la última y definitiva del proceso de evolución y quienes apuestan por que tendremos, en un lejano futuro, un nuevo aspecto físico muy similar al que imaginamos en los extraterrestres. Mundo Misterioso les ofrece la imagen de nuestros hijos evolutivos.
A media tarde, Pedro acudió a su pequeño huerto; la sequía, que golpeaba aquel verano de 1990 como no recordaban por aquellas tierras, obligaba a revisar cada día el nivel de las acequias… Y aquella tarde –afortunadamente- el líquido elemento, aunque poco, corría por ellas, consecuencia de las tímidas lluvias que horas atrás habían caído. Obligado era: Pedro Orós, de 71 años en aquel entonces, regaría la pequeña plantación hasta el amanecer… Doce horas después, pasadas las seis de la madrugada, su hermano acudió para relevarle.
Entretanto, algo extraño había ocurrido; y Pedro no pudo ocultárselo: “Esta noche ha venido una Luna muy rara y un hombre, con un resplandor, se ha puesto aquí, mirándome con esos ojos…”
El suceso ocurrió hace ya más de una década; exáctamente el 19 de julio de 1990, en Vistabella, una aldea próxima a Cariñena (Zaragoza). Sólo unas jornadas después de los hechos –y gracias a las pistas facilitadas por un vecino de la localidad, que observó una misteriosa luz en el cielo cuando el encuentro de Pedro Orós tocó a su fin- nos entrevistábamos con él por primera vez para que nos narrara un encuentro con un ser cuya apariencia –amén de su evidentente relación con los OVNIs- nos iba a recordar a un humano tal y como será dentro de millones de años.
Humanoides: ¿nuestro futuro?
“Serían menos de las tres cuando apareció… Era una Luna muy rara que se acercó hasta aquí”, nos expresó, con su lenguaje sencillo, carta de sinceridad, el veterano hombre de campo, que no es capaz de recordar en qué momento aquella luz esférica que comparaba con la Luna dejó pasó a la figura de un humanoide que se situó a muy poco metros de él, no más de cinco o seis, detrás de unos matojos, bordeando su huertecillo.
“¿Qué si lo pude observar con detalle? ¡Sí, si estuve toda la noche con él!”, exclamó Pedro cuando le preguntamos sobre las características del “intruso”. Y lo podemos atestiguar: a lo largo de todas las entrevistas mantenidas, la credibilidad de este buen hombre, a fuerza de no caer en una sola contradicción, fue ganando crédito. Según nos explicó, el humanoide, cuya cabeza aparecía rodeada por “un casco de luces”, permaneció en aquel lugar, “sin moverse, casi como un estatua”, por espacio de tres horas…
De acuerdo al testigo de los hechos, la cabeza de aquel ser “era parecida a la nuestra, pero tenía ligeramente la forma de una pera al revés y era algo más alargada que la nuestra, y su cara era de un color gris cenizo”. El resto de la descripción del misterioso humanoide encajaba con la de un humano más evolucionado que nosotros: “Su ojos eran más grandes que los nuestros, saltones, algo separados y levantados hacia arriba, de un color verde negruzco… Su nariz más pequeña y más chata… los labios más gruesos que los nuestros… barbilla muy poco destacada… de cuello ancho, recio de hombros… medía un metro y ochenta centímetros.”
El misterioso individuo se había situado sobre un estrecho camino que se encuentra bordeando el huerto de este sencillo hombre de campo, que trató de proteger sin mostrar atisbo de miedo: “Primero creí que venían a llevárseme el agua, y luego que era una aparición celestial… Pensé que había llegado el momento de morirme.”
Nuestro hombre no detuvo su labor, mirando de vez en cuando al incómodo “vigilante”, a veces fijamente –“mientras no me molestaba la luz que emitía”, la cual parecía iluminarle formando un cono-, a veces de reojo, que permaneció ahí el resto de la noche, “hasta que comenzó a clarear”. Entonces, al dirigir su vista nuevamente hacia la “estatua”, ya no vio más que una esfera luminosa desapareciendo entre las montañas, justo por el mismo lugar desde donde había surgido la falsa Luna.
Ese día, como ya refería, uno de los vecinos de Vistabella vio una esfera luminosa de procedencia desconocida que, pasadas las seis de la madrugada, le persiguió mientras circulaba en coche. Horas antes, otra esfera, o quizá la misma, fue vista desde Zaragoza por varios testigos. Todos ellos, y en especial Pedro Orós, resultaron ser dignos de crédito y demuestran que esa noche, y esa madrugada, los OVNIs estuvieron presentes en los cielos y… quién sabe: ¿era el ser observado por Pedro Orós uno de sus tripulantes, acaso un visitante de otro mundo?
Si así era, y aunque entremos en el terreno de la especulación, podemos deducir que pertenecía a una humanidad mucho más avanzada que la nuestra pero muy similar a la que habita la Tierra, como denotan sus características antropomorfas y morfológicas. Y esa humanidad, sin lugar a la duda, habrá cumplido un proceso evolutivo similar al nuestro, sólo que mucho más prolongado en el tiempo. Es decir: probablemente, éste y otros humanoides asociados a OVNIs (si es que los OVNIs tienen procedencia extraterrestre) son humanos más evolucionados biológica y antropológicamente que nosotros y, por tanto, su aspecto puede ser similar al que nosotros tengamos dentro de uno, diez o cien millones de años, si es que para entonces aún no hemos podado la vida en el planeta. En cierto modo, esos humanoides son nuestro futuro.
Evolución constante
Hace casi 65 millones de años, nuestros antepasados biológicos eran unos animales similares a las ardillas; luego aparecieron las primeras formas primates, de minúsculo tamaño. Poco a poco, los lemures crecieron y su aspecto se humanizó. Y así, hace unos seis millones de años como mínimo, uno de aquellos antropoides –el eslabón perdido- bajó de los árboles, su medio de vida prioritario, y comenzó a desplazarse sobre dos piernas.
Posteriormente, el árbol evolutivo se diversificó y habitaron, especialmente en África, diversos géneros de homínidos que hace dos millones de años protagonizaron un salto evolutivo espectacular: el ser humano pasó a ser más alto, su cráneo e inteligencia mayor, su columna se volvió más erecta… Hasta que unos 150.000 años atrás apareció, tras una serie de mutaciones repentinas y muy locales, el Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos.
Los científicos creen, al menos así lo han señalado buena parte de ellos, que nuestra evolución biológica ha finalizado. Esta cuestión es profundamente debatida; la razón fundamental de ello es que la teoría de la evolución es una ciencia histórica que sólo puede describir el pasado y no predecir el futuro, al estar condicionada la evolución por factores externos al hombre (cultura, medio ambiente, recursos…) o por mutaciones, azarosas e imprevistas en la mayor parte de los casos.
¿Fin de la evolución?
No obstante, provincianismo o no, muchos de los estudiosos de la evolución creen que somos la especie cumbre del proceso que iniciamos hace millones de años: “La actual especie humana es una especie definitiva… Manipulamos el entorno para no tener que cambiar nosotros: evolucionamos culturalmente para no tener que hacerlo biológicamente”, asegura Jaume Bertranpetit, de la Universidad de Barcelona. Su opinión es respaldada por otro experto español, Eudald Carbonell, uno de los implicados en los descubrimientos de Atapuerca: “El Homo sapiens es el final de una rama de la evolución. Después de nosotros no habrá ningún homínido más.” Lo dicho: provincianismo.
En cambio, existen determinados indicios como para pensar que somos un eslabón más en un proceso evolutivo cuya conclusión desconocemos. En primer lugar, cabría señalar lo que Alberto y Piero Angela explican en su obra La extraordinaria historia de la vida (Grijalbo, 2000). Nos proponen un juego: imaginar que toda la historia del planeta, nada menos que 4.000 millones de años, puede concentrarse en un solo día.
De este modo, los primeros seres vivos –y ojo, hablamos sólo de bacterias que surgieron hace 3.500 millones de años- aparecieron el 14 de febrero del imaginario año. Aún así, deberíamos esperar toda la primavera, el verano y parte del otoño para que sobre la Tierra se desarrollara el primer ser vivo pluricelular: una esponja que nació el 27 de octubre. Un mes y dos días después, aparecieron los anfibios y reptiles, mientras que los dinosaurios surgieron un 10 de diciembre y desaparecieron –bendita casualidad- el día de Navidad. Y aún habría que esperar a las 19.30 horas del 31 de diciembre para encontrar el primer homínido, mientras que el Homo sapiens surgiría a las 11.40 horas de esa misma Nochevieja. ¿Qué quiere decir esto? Sencillo: la especie a la que pertenecemos sólo lleva aquí veinte minutos si consideramos que la historia de la Tierra puede resumirse en un año entero. En resumen: no somos nada.
Y en conclusión: pensar que hemos culminado nuestro ciclo evolutivo sin prueba alguna, en función de la supuesta longevidad de la especie, resulta más que atrevido: “No creo que evolucionemos más porque la cultura bloquea esa posibilidad pero… ¡somos tan jóvenes!”, suspira Richard Leakey.
El humano de un tiempo por llegar
Además del desciframiento de genoma humano, que permitirá una modificación en nosotros si a ello nos decidimos, sobra señalar para afirmar que estamos en permanente evolución un hecho: si desde la aparición del Homo sapiens hasta ahora, los humanos hemos evolucionado y variado nuestro aspecto, antes o después, el Homo sapiens se convertirá en una especie más en la cadena dejando paso a otra. Ahondaremos en esta posibilidad.
El tamaño del hombre está disminuyendo, como han descubierto investigadores de la Facultad de Medicina de Baltimore. En su estudio, los expertos indican que los cromañones de hace 35.000 años eran un 13 % más grandes que nosotros, mientras que su cráneo lo era un 10 % más, lo que significa que la relación craneo-cuerpo, que es como se mide la inteligencia, ha mejorado. Esto nos marca una tendencia: el ser humano tiene cada vez una mayor capacidad craneal en un cuerpo menor.
Tanto es así que el experto Robert Clarke, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, afirma que en el futuro seremos macrocéfalos, y que nuestra imagen, especialmente nuestro rostro, irá poco a poco asemejándose al de los alienígenas de las producciones cinematográficas de Hollywood, o a los que retratan miles y miles de testigos, aunque sin llegar a los extremos morfológicos que describen estos.
Y no le falta razón, porque la tendencia natural, a la hora de desarrollar una mayor inteligencia, es y será el aumento de la capa cortical y del lóbulo frontal. Nuestra frente, por tanto, será mayor y nuestras mandíbulas menguarán, curvando el rostro humano y, a grandes rasgos, provocando que nuestra cabeza tenga la forma de una pera… Tal y como Pedro Orós, y muchos otros testigos de encuentros cercanos con humanoides han asegurado a los investigadores.
El aumento del tamaño del cráneo provocará una consecuencia no prevista en principio: los partos se adelantarán, lo que provocará un alargamiento en los periodos de vida de una persona, de modo que la infancia y la adolescencia durarán más tiempo, con lo que llegaremos a la etapa adulta más tarde de lo que lo hacemos ahora. Este hecho provocará consecuencias sociales y culturales, como por ejemplo el hecho de que el periodo de aprendizaje del ser humano será mucho mayor.
Este cambio que aguarda probablemente al ser humano quizá nos desaliente. Al fin y al cabo, consideramos nuestro aspecto privilegiado. Y un cráneo al estilo ET nos disgustaría. Pero por el contrario nos convertiría en seres más inteligentes; mucho, mucho más inteligentes. Y con ese aspecto u otro similar alcanzaremos lo que Teilhard de Chardin llamaba el Hombre Omega, estadio evolutivo posterior al Homo sapiens y que este jesuita, teólogo y paleoantropólogo consideraba la culminación de la evolución, un proceso que aun con su extensa formación científica consideraba dirigido por una fuerza superior.
El Hombre Omega será un superhombre. En lo físico, respecto a su adaptación al medio, pero sobre todo en lo intelectual. Si algún día llega a existir, será tras haber atravesado un momento crítico –“punto omega”- en el cual la evolución en el espectro de la biosfera pasará a un segundo plano, porque se producirá fundamentalmente en el espectro de la noosfera, término que acuñó De Chardin para denominar el reino de la mente y las percepciones.
El “punto omega” está a la vuelta de la esquina, pues nos encaminamos hacia la Sexta Extinción. Si el ser humano quiere progresar en su evolución, no tendrá más remedio que poner fin a muchos problemas a los que se enfrenta, en especial al más desestabilizador: la superpoblación. Veamos. La Tierra tiene recursos para alimentar sin problemas a una población de algo más de 15.000 millones de habitantes. Ahora somos un tercio…
Sin embargo, de proseguir con el ritmo de crecimiento actual, dentro de 50, a los sumo 60 años, nuestro querido planeta azul será el hogar de entre 10.000 y 12.000 millones de habitantes. Será el momento crítico, al que los expertos llaman “crisis del ecosistema terrestre”. ¿Lo superaremos? Si lo hacemos, el Homo sapiens iniciará una etapa de desarrollo cultural y biológico –en parte impulsada por el dominio de la genética- sin precedentes, en donde los cambios y mutaciones que ahora se advierten encontrarán por fin una vía de escape.
Somos mutantes
El pasado año, investigadores de la Universidad de Cambridge dieron a conocer un singular descubrimiento: numerosas personas en todo el mundo han pasado a tener visión en cuatro colores, al contrario que en el resto de los humanos, que vemos en combinación de tres. Estas mujeres son capaces de percibir con sus ojos matices y tonalidades que el resto de los mortales no podemos siquiera imaginar. Es como si nosotros viéramos una imagen en vídeo y las mujeres localizadas por los investigadores de Cambridge vieran la misma imagen en DVD.
Estas mujeres han “sufrido” una mutación imprevista, pero beneficiosa. Y por tanto, será favorecida por la Naturaleza. Algunos de sus hijos heredará ese don; si ellos no lo hacen, serán sus nietos, o sus bisnietos. De este modo, dentro de unos cuantos cientos de generaciones serán miles las personas capaces de ver en cuatro colores. Y con el tiempo, la llamada tetracromía será propiedad de todos nosotros. Ya no es ficción: eso ocurrirá, y será sólo una de las muchas mutaciones que sufriremos.
El gran dilema al que nos enfrentamos ahora es el hecho de que nosotros podemos provocar gracias a la ingeniería genética las mutaciones que deseemos con el objeto de buscar adaptaciones a diferentes medios para el futuro del hombre. Por ejemplo, al espacio: “Los que se vieran obligados a huir de la tierra hacia el espacio exterior, controlarían avanzadas técnicas para adaptar la especie a otro mundo y colonizar el espacio, en tanto, los que siguieran en la superficie, expuestos a las radiaciones, desarrollarían caparazones protectores”, asegura Jesús Amador, investigador nicaragüense.
Y es que como bien asegura el maestro de la ficción Issac Asimov: “Por primera vez en la historia, los hombres controlamos los rudimentos de modificación genética de los seres vivos.” Y así, al futuro de la especie humana le aguarda una evolución natural, junto a una artificial que nos permita vivir mejor en el mundo que ha de llegar.
Retrato robot del hombre del futuro… dentro de millones de años.
Si la evolución biológica y morfológica de la especie humana no se detiene, nuestro aspecto en el futuro no variará en lo esencial, pero se registrarán modificaciones que parecen encaminarnos a una imagen similar al icono que tenemos en la sociedad moderna de los supuestos extraterrestres. Aún con todo, la evolución no es predecible (¿Quién nos asegura que la integración con las máquinas no sea superlativa y seamos en el futuro hombres biónicos?) y el conocimiento del genoma humano la afectará de un modo u otro. Lo dijo Stephen Hawking, el ilustre físico teórico, en su última visita a España: “El siglo XXI conocerá seres humanos modificados genéticamente”. Aún así, y sin entrar a predecir dichas modificaciones, una posible evolución morfológica del hombre obraría los siguientes cambios:
*Cabeza: Será más grande en un cuerpo más pequeño que el actual, pese a que la tendencia en las últimas décadas, en los países desarrollados, sea la contraria. Hemos de señalar, no obstante, que el aumento de la capa cortical y del lóbulo frontal hará que ese incremento de tamaño sea más visible en la parte de la frente. Ello provocará la reducción de las mandíbulas y una curvatura mayor en el rostro. En conjunto, nuestra cabeza adquirirá la forma de una “pera” invertida.
*Pelo: Desde hace varios miles de años ha perdido totalmente la función original que tenía: regular la temperatura del cuerpo. Por tanto, acabará desapareciendo, tanto de la cabeza como de otras partes del cuerpo, salvo el vello que cumple una función sanitaria.
*Cejas: No se perderán, pues seguirán cumpliendo su función: proteger los ojos.
*Orejas: En el ser humano, a diferencia del resto de los primates, no disponen de movilidad, y por tanto, no sirven para localizar sonidos. Así, el proceso de selección natural tenderá a hacer desaparecer o empequeñecer el pabellón auditivo; no así el oído, por supuesto.
*Ojos: nunca desaparecerán, pues son junto con el cerebro los órganos cognitivos más importantes. Eso sí, para permitir una mejor capacidad de visión se volverán más grandes, tanto las cuencas como los ojos y las pupilas en sí. Los ojos claros tenderán a desaparecer.
*Nariz: su función sensorial no se perderá, como tampoco su importancia reguladora de la temperatura, pues en realidad son cámaras refrigeradoras. Aún así, gracias a los avances sociales y culturales, perderán algo de su segunda función y por tanto disminuirá su tamaño.
*Color de la piel: La tez blanca, fruto de la selección natural y de la tendencia genética del siglo XX, irá desapareciendo. Con el paso de los milenios se volverá más parduzca, casi grisácea, y más fina y porosa. Ello también es consecuencia de la presumible menor ingesta de agua en el futuro.
*Abdomen: perderá tamaño y con el tiempo, y la alimentación, de no producirse un colapso en los recursos que provoque un diametral cambio de dieta, también provocará la pérdida de varios metros de intestino.
*Pecho: aunque quizá se pierda un pulmón, este será grande, ocupando casi el espacio de los dos pero en una caja torácica mayor, pues requerirá más potencia para extraer la cada vez menor cantidad de oxígeno existente en la atmósfera.
*Brazos: se podrían perder algunos de los cinco dedos de las manos. Todo dependerá de nuestra integración con la tecnología, pero la función de apresar objetos seguirá siendo básica, y por tanto pulgar, índice y medio son los que más posibilidades tienen de subsistir. En general, los brazos serán más finos y gráciles.
*Piernas: algunos huesos desaparecerán, como por ejemplo el peroné. Nos sobrará con un hueso sustentador en la parte baja de la pierna, ya que además nuestras extremidades inferiores serán más delgadas, aunque ganarán en flexibilidad.
*Grasa: se perderá gran parte, al no ser necesaria para preservar el calor.
*Órganos: algunos de los que ahora tenemos por duplicado desaparecerán, como por ejemplo los pulmones o los riñones. Nos bastará con uno. También desaparecerá el apéndice.
La otra hipótesis: nos convertiremos en anfibios
“Un examen cuidadoso revela que en nuestras espaldas, las dirección de los delgados vellos que aún nos quedan difieren de forma asombrosa de la de los monos. En nosotros, apuntan diagonalmente hacia atrás y hacia adentro en dirección a la espina dorsal, lo que parece una modificación exáctamente ideada para reducir la resistencia al agua”, afirma Desmon Morris en su obra El mono muerto (1967).
Su hipótesis –“pasada por agua”, ironizan los críticos- sostiene que hace cientos de miles de años, los ancestros humanos fueron anfibios durante un tiempo. Sólo así se explica que el Homo sapiens sea el único mamífero de entre los 4.327 catalogados que no disponga de vello corporal a modo de sobrepiel, excepción hecha de los que disponen de coraza o alas protectoras.
La hipótesis de la existencia en el pasado de un Homo aquaticus tuvo cierta consideración en el ámbito académico en los años ochenta. Hoy ya no la tiene, pese a haberse descubierto la capacidad innata de los bebés cuando nacen para desenvolverse en el agua, incluso justo en el momento del parto. Aún así, todos los datos parecen demostrar cierta capacidad que tenemos cierta dote per se para desenvolvernos en el medio acuático.
Y quizá, en el futuro, dicha propiedad sirva para propiciar un salto evolutivo. Leamos a este respecto las palabras del comandante Jacques Cousteau: “El hombre será modificado para acceder al espacio y a las profundidades marinas. Se llenarán los pulmones de un líquido neutro incomprensible y se inhibirán los centros nerviosos que rigen los movimientos respiratorios; una derivación sanguínea que pasará a través de un cartucho químico asegurará directamente la oxigenación de la sangre y la eliminación del gas carbónico.”
El desaparecido investigador y rastreador de enigmas del pasado Robert Charroux no disiente en lo más mínimo del genial científico francés. Y va más allá, señalando nuestra naturaleza marina: “Es la condición que tenemos en el vientre de nuestra madre”, asegura antes de concluir: “El hombre tiende, en suma, a volver a ser pez”.
Y es que Charroux es de esos heterodoxos que perciben una segunda lectura en las especiales capacidades del delfín, porque apuesta por un origen común para estos mamíferos marinos y para los hombres. Sabemos que los primeros descienden del creodonte, un anfibio del que conservó su esqueleto, embriones con patas, caderas y vértebras, rasgos distintivos de los humanos.
A esta característica hay que añadir la extraordinaria similitud entre los fetos de ambas especies, que en opinión de Charroux tomaron rumbos divergentes. Por todo ello, el ser humano podría, gracias a la intervención humana, o gracias a condicionantes ambientales que obligaran a la selección natural a ello, convertirse nuevamente en un ser anfibio.
¿Seremos como los extraterrestres?
“Los visitantes son nuestro futuro”, asegura el escritor Whitley Strieber, un conocido autor norteamericano de best-sellers que en 1985 aseguró haber sufrido varios encuentros con visitantes de otros mundos. Los seres que el vio eran macrocéfalos, tenían las extremidades muy delgadas y su rostro mostraba grandes ojos pero minúscula boca, nariz y orejas.
Es decir, en parte tenían el aspecto que según la biología evolutivo podemos adquirir los humanos dentro de millones de años.
Los estudios científicos efectuados partiendo de los datos de encuentros con humanoides concluyen que un 63 % de ellos, de acuerdo a los relatos de los testigos, miden menos de 1,60 metros.
Esa misma estadística, efectuada por el brasileño Jader U. Pereira sobre una base de 230 casos, señala que un solo el 15 % de los humanoides superaba los dos metros de altura. Las conclusiones, confirmadas también por el físico James McCampbell sobre 217 casos similares, certifican el hecho de que los supuestos extraterrestres son por norma general más bajos que nosotros, algo que la prospección evolutiva humana predice para nuestro lejano futuro.
Otra de las predicciones hacen alusión al color de la piel, que se tornará, según dichas investigaciones, más oscura, adquiriendo tintes grisaceos. Pereira estudio 77 casos en los cuales los testigos describían la tonalidad de los visitantes: en 28 dijeron que eran blancos, y en otros 28, grises. El resto ofrecieron otro tipo de valoraciones.
Otro estudio viene también a confirmar que los humanoides son como nosotros seremos. Lo efectuó el investigador galo Eric Zurcher, en su obra Las apariciones de humanoides. Tras estudiar varios cientos de casos, distribuyó los humanoides en ocho grupos diferenciados. El más importante de ellos, con un 33,80 % de los casos, responde grosso modo al patrón previsto por los evolucionistas para el posible futuro de la especie humana: estatura por lo general baja, cráneo mayor de lo normal, extremidades finas y boca, nariz y orejas ligeramente atrofiadas.
El otro grupo con más representantes en el completo estudio de Zurcher, con un 16 % de los casos, es aquel que presenta rasgos humanos normales. Por tanto, también el estudio de este investigador abunda en lo que hemos afirmado: los presuntos extraterrestres son muy similares a lo que biológicamente podemos esperar de nosotros mismos para dentro de unos cuantos millones de años.

El enigma Intraterrestre

El enigma Intraterrestre

Por Silvia Velando
La creencia en civilizaciones intraterrestres muy evolucionadas espiritualmente forma parte de muchas tradiciones filosóficas-religiosas del mundo. Tampoco es desdeñable el número de personas que dan testimonio de una “realidad fantástica” con zonas cálidas, llenas de vida vegetal y valles perdidos e en lugares inhóspitos de nuestro subsuelo. Incluso autores de la talla de Julio Verne, James Hilton, C. W. Leadbeater, John G. Fuller, el polémico Raymond Barnard; y aventureros como Ferdinand Ossendowski y Nicholas Roerich, han hablado de estos reinos subterráneos a través de sus novelas. ¿Podría estar albergando nuestro planeta culturas vivas en su interior?

Por excéntrico que pueda parecer el planteamiento anterior, no debemos despreciar un argumento bastante significativo: en casi toda la tierra se tienen noticias de cuevas subterráneas y sistemas de túneles -como el entramado que se extiende bajo la superficie del Yucatán, montañas de Paucartambo en Perú, sierra del Roncador en Brasil, cuevas de Afganistán, monte Kailós en el Tíbet…- que conectan no sólo áreas diferentes dentro del mismo continente; sino que, en opinión de algunos investigadores, bien pudieran “unir” diferentes partes del globo. En realidad, todas las tradiciones antiguas se basan en ésta supuesta existencia de ciudades intraterrenas conectadas mediante una vasta red de pasadizos, mas que en la -no menos fantástica- creencia de una “tierra hueca” que algunos autores como Raymond Barnard proponen.
Exploradores como Juan Moriaz, y sacerdotes como Carlos Crepi, habrían encontrado en estos túneles perdidos del Yucatán (cueva de “los Tayos”), láminas de piedra y oro con signos ideográficos grabados que describen los orígenes de la historia humana, según recoge fielmente Erik Von Däniken en El oro de los dioses. A este enclave sudamericano, que aún hoy día constituye un misterio por descifrar, se vincula una interesante leyenda sobre la mítica Shambalah o Agharta, y las historias que de ella se desprenden. Historias sobre una ciudad santa oculta en los Himalayas, que bien merecen punto y aparte dentro de este artículo.
Se ha dicho que el origen de las sociedades subterráneas podría estar en los continentes desaparecidos del Atlántico y del Pacífico: la Atlántida, Lemur o Thule (esta última en la tradición helénica se corresponde con el reino de hiperbórea: una tierra paradisíaca, perdida más allá de la barrera de los hielos, donde existe una raza que irradia un poder espiritual capaz de influir en los sentimientos colectivos del planeta). Tanto en oriente como en occidente se suceden las descripciones sobre los integrantes de estas enigmáticas sociedades, y no faltan los testigos que dan crédito a la existencia de seres dorados de los que emana una intensa luz blanquecina.
Oquedades polares
La posibilidad de que la tierra sea hueca, y de que se pueda entrar en ella a través de los polos norte y sur, ha alimentado la imaginación de la humanidad desde hace mucho tiempo. Por si fuera poco, unas supuestas fotografías de una abertura en el polo norte tomada por los satélites ESSA-3 el 6 de enero de 1967 y ESSA-7 el 23 de noviembre de 1968, parece facilitar esta teoría. Para los partidarios de la tierra hueca, sus hipótesis no únicamente estriban en estas controvertidas fotos (reproducidas en 1970 por la revista Flying Saucers del editor Ray Palmer) sino que al parecer diferentes exploradores dicen haber visto cenizas volcánicas donde no hay volcanes, calor inexplicable donde deberían reinar temperaturas bajo cero, huellas de animales en lugares nada accesibles, icebergs de agua dulce en el océano Ártico …
Leonard Euler, matemático del siglo XVIII,”dedujo” que la tierra era hueca y contenía un Sol central. El doctor Edmond Halley (descubridor del cometa Halley y astrónomo real de Inglaterra) también creía en esta teoría. Claves Symnes (ex-capitán de infantería de Ohio) se mantenía convencido de que nuestro mundo consistía en realidad en un sistema de esferas huecas concéntricas. El escritor Raymond Barnard (antes mencionado), en su libro La tierra hueca lanzó la complicada -y absurda para muchos- teoría de que el centro de gravedad del planeta no estaría en el núcleo sino en la corteza terrestre, y que las auroras polares estarían causadas por los rayos provenientes de un “Sol interior, apareciendo por esos enormes agujeros polares”.
En 1926, Richard Evelyn Byrd, capitán de la marina americana, navegó en línea recta hacia el polo norte y continuó viajando unos 2.730 km. en esa misma dirección sin alcanzarlo, arribando, por el contrario, a una costa de aguas templadas llenas de vegetación. ¿El Reino de Hiperbórea? Entre 1946-47, Byrd revive una experiencia semejante, esta vez volando en dirección al polo sur, en una expedición denominada “High Jump”, patrocinada por los EE.UU. Se cree que las expediciones del capitán fueron objeto de desinformación, ya que existe gente que afirma haber visto imágenes en “noticieros” narrados por el propio Byrd en el que describía y mostraba imágenes “de esas tierras más allá del polo” con sus montañas, árboles, ríos y un gran animal identificado como un mamut.
Estos documentales, de existir, parece que se han evaporado. Para los defensores de la Tierra hueca, el capitán habría encontrado la apertura polar y se habría introducido en ella. El que fuera operador de radio en las expediciones, Lloyd K. Grenlie, reafirmó la existencia de una cinta grabada con todo lo mencionado por Byrd. Sus detractores insinúan que sus afirmaciones no son mas que recuerdos falsos y sus comentarios como “una tierra más allá del polo” o “el gran enigma”, eran formas de aludir a regiones aún inexploradas mas que a continentes escondidos en su interior.
La ciencia tiene la palabra
Según estudios realizados por geofísicos del Instituto de Tecnología de California (USA) y través de mediciones indirectas en la frontera entre las zonas líquidas y sólidas, se estima la temperatura interior del planeta en 6.300ºC y en principio, en el “centro”, alcanzaría los 6.600ºC., mayor que la reinante en la superficie del Sol. Con estas cifras, admitir la idea sobre la oquedad de la tierra parece bastante disparatado.
De todas formas, debemos reconocer que a la ciencia le queda mucho aún por investigar sobre la estructura interna del planeta, porque a pesar de las prospecciones (apenas un 0.2/ 0.5% del radio terrestre) y sondeos que los geólogos han realizado, la composición de su núcleo no ha sido determinada con total seguridad. Una hipótesis -aparecida en la revista Science- del doctor Ronald Cohen llevaría a examinar algunos planteamientos de ser cierta: “el corazón terrestre es una inmensa bola de 2.400 km. de diámetro, pero no de hierro sino de cristal, formada por átomos de hierro con su propio campo magnético”.
Lo que parece fuera de toda duda par la comunidad científica es que de existir seres intraterrestres tendrían una estructura física y atómica diferente, y así podría estar “habitado” el interior del planeta por criaturas basadas en la química del silicio en lugar de la del carbono, tal y como propuso en su día el astrónomo norteamericano Thomas Gold (profesor emérito de Astronomía de la Universidad americana de Cornell). Evidentemente se tratarían de organismos microscópicos capaces de desarrollarse a enormes presiones y temperaturas en el interior de la corteza terrestre, residiendo en los pequeños poros que se encuentran en las rocas y obteniendo la energía necesaria para vivir de diversos minerales y gases disueltos.
Esta posibilidad se ha considerado prácticamente inviable por la casi totalidad de los biólogos. Pero según Thomas Gold, en el interior de algunos laboratorios geológicos se han conseguido muestras de gran profundidad y se han observado como diferentes rocas presentaban señales de la acción de estos organismos basados en el silicio que habrían pasado inadvertidos hasta ahora.
Lejos de la especulación, las únicas “criaturas” que desde hace 40 años se sabe llegan a tolerar condiciones y marcas de 3.500ºC. son los llamados hipertermófilos. Viven alrededor de chimeneas volcánicas, de fondos oceánicos, o en el agua que fluye de los géiseres. La mayoría de estos organismos son bactérias unicelulares que obtienen la energía al combinar oxígeno con sulfuro de hidrógeno. Constituyen auténticos fósiles vivientes, pues han permanecido casi sin cambios a lo largo de miles de millones de años.
Agartha y el mito del Rey del Mundo. ¿Realidad espiritual o material?
Antiguas tradiciones religiosas asiáticas (budistas tibetanas, enseñanzas hindúes, chamanes de Mongolia) desde tiempos remotos dan por cierta la existencia de un reino inmortal “invisible” donde se escondería un reducido colectivo de personas, excepcionalmente sabias y poderosas, procedentes de los continentes hundidos del Atlántico y del Pacífico. En Oriente este mundo idílico oculto es conocido como Agartha o Sambalah y en América del Sur como la ciudad del Disco Solar. Muchos sitúan este reino en valles perdidos de las cordilleras al norte del Himalaya, y otros en cavernas inaccesibles de los desiertos próximos al Gobi. Este pueblo subterráneo estaría regido por los designios de un misterioso personaje : el Rey del Mundo.
Investigadores de culturas religiosas como Andrew Tomas han estudiado a fondo este mito universal aceptando como real su existencia. Otros estudiosos, como René Guénon, han visto en la figura del soberano de este mundo intraterrestre -a caballo entre lo divino y lo humano- un principio, una dignidad y un estado espiritual: “Es la inteligencia cósmica que refleja la luz espiritual pura” (R. Guénon, El rey del mundo). Para otros, este tipo de mito entronca con todas las historias “fabulosas” que circulaban por occidente a propósito del reino del Preste Juan -misterioso soberano de quien según Marco Polo hablaban todos en el gran imperio y recibía tributos de la mayor parte de los gobernantes asiáticos-. Al parecer, en los archivos del Vaticano se encontraría parte de la correspondencia que mantuvo el mítico rey-sacerdote de Oriente con algunos monarcas y prelados de la Iglesia.
Es posible que todas estas narraciones que hemos rescatado del pasado funcionaran como un factor sugerente para sacar a las personas de Europa. Las salidas del continente ya habían sido promovidas por el papado en las cruzadas, y el Preste Juan (o el Rey del Mundo) sería la “idea” que movilizaría a los hombres. Representaba la figura de un rey con un enorme imperio, situado tras las líneas musulmanas en el que abundarían enormes riquezas.
Para Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, este reino no es ninguna utopía. H. Blavatsky declararía en más de una ocasión estar en contacto con los Mahatmas (misteriosos personajes del Asia Central que detentaban poderes sobrenaturales) que le transmitían a menudo mensajes de fraternidad y misteriosas profecías destinadas a aviso y cuidado de un mundo en eminente peligro de autodestrucción. Según ella, Moisés, Platón, San Pablo… habrían sido teósofos iniciados por miembros de este Gobierno oculto. No fue hasta 1933 cuando James Hilton popularizó en Occidente la leyenda de Sambalah en su novela Horizontes perdidos, donde narra como una comunidad de grandes sabios, llamados Rishis o Mahatmas (grandes almas) viven en un paraíso de ciencia mística, oculto en algún lugar al norte del Tíbet, entre los macizos de Altin-Tag y Kum-Lum, Altai en Mongolia, Tsaidan y China. Habitantes de estas regiones atestiguaron la presencia de seres luminosos vestidos con simples túnicas blancas en medio del duro invierno tibetano.
El marqués Alejandro Saint-Yves d´Alvèdre mantuvo haber sido visitado en 1885 por dos misteriosos personajes, enviados por el gobierno universal oculto de la presente humanidad, los cuales le revelaron la existencia de Agharta y su organización espiritual y política. Con estas revelaciones, Saint-Yves escribió un libro de 200 páginas que mandó editar; pero apenas había salido la obra de la imprenta, el marqués ordenó su destrucción, ya que al parecer “contenía terribles secretos”. Un solo ejemplar se escapó a la destrucción del que se haría una reedición fotomecánica, y que según cuentan, los nazis, durante la ocupación alemana, acabarían por destruir.
Los aventureros Nicholas Roerich y Ferdinand Ossendowski
Viajeros occidentales como el científico polaco Ossendowski y el pintor ruso Roerich, escucharon contar a los lamas y nativos relatos sobre túneles que convergían a un fabuloso país subterráneo donde habitaba una poderosa raza de seres que se daría a conocer cuando la humanidad hubiera llegado a unas condiciones en que pudiera recibir los conocimientos necesarios, y saldrían a la superficie para crear una nueva civilización de paz (Nostradamus anunció en sus Centurias que habría de llegar algún día el Gran Rey) ¿Quién sabe?
Ossendowski fue el primero en recoger el testigo de Agartha. Durante su huída por Siberia y Mongolia, perseguido por el ejército rojo, alcanzó tierras casi desconocidas en torno al desierto de Gobi, Manchuria y las inmediaciones del Tíbet -supuesto enclave del reino perdido-. Contactó en sus investigaciones con privilegiadas fuentes de información: aristócratas y lamas mongoles y el bibliotecario del propio Buda viviente. Dejó memoria de todo en el último capítulo del libro Bestias, hombres, Dioses. El libro daría cierto cariz de credibilidad a la existencia de Agartha, aunque muchos lo tacharían de sensacionalista y muy poco o nada riguroso.
Roerich también sintió la llamada del Himalaya y abandonó la fama para dedicarse a luchar en pro de la paz, desde su refugio en el valle de Kulu, en las montañas de Cachemira (1917). Recién muerto Lenin, en 1924, Roerich llegaría a Rusia como portador de un mensaje que le había sido transmitido por los Mahatmas (nuevamente) que habitaban en algún lugar ignorado dentro del paralelo 42. Juan Parellada de Cardellac cuenta en su libro Reinos perdidos y claves secretas que el explorador ruso habría dejado constancia en sus escritos del avistamiento de un OVNI -lo definiría como un ingenio metálico- que vio elevarse de un valle del Gobi en dirección al Tíbet.
El Dorado y el Coronel Fawcett
Por muchos definida como “la ciudad subterránea post-Amazónica, ubicada en la cordillera central y oriental del Perú que ha despertado innumerables sueños”, el mito de El Dorado tomó el nombre de Paititi en Perú, Omagua en Venezuela, Manoa en la Guayana y Shangri-la de los Andes. Ligado a la leyenda de El Dorado aflora la historia del coronel Fawcett, viajero inglés que descubrió en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro una carta (enviada por el bandeirante Francisco Raposo al vicerrey, 1754) en la que se describía el hallazgo un año antes de una extraña ciudad de piedra en el noroeste del estado de Bahía, mientras Raposo buscaba las minas de plata de Muribeca.
Extraviado en el Matto Grosso, el aventurero portugués y sus compañeros divisaron en la montaña una escalera monumental tallada en la roca que conducía a un impresionante pórtico que se abría a una fantástica ciudad. Al manuscrito (conocido como el nº 512), le acompañaba un mapa que situaba esta ciudad en los alrededores del río Xingu -afluente del amazonas-. Fawcett, acompañado de su hijo Jack, penetró en la selva amazónica en busca de la ciudad perdida. Nunca volvieron.
Se da la circunstancia de que tanto en la región sudamericana, como en las áreas que englobaría la leyenda de Agartha, han sido escenario de frecuentes apariciones OVNI. Esto ha llevado a algunos ufólogos a creer que los OVNIs podrían ser vehículos de una civilización pasada, altamente desarrollada, que permanece oculta, y sus contactos con el exterior se establecen a través del triángulo de las Bermudas, las islas Canarias, los polos o el Tíbet. Contados como Eugenio Siragusa afirman que hoy día, en el subsuelo, existen bases de “hermanos del cielo” construidas con inmensas placas de cristal, supuestamente guiadas por maestros interplanetarios de la 4arta y 5ª dimensión.
La aventura nazi también tuvo este mito en consideración, pues como se ha comentado ya hasta la saciedad, Hitler y su círculo íntimo llegaron a estar persuadidos de la realidad de este mundo oculto tras la lectura de The Coming Race (La raza que vendrá) de Bulwer Lytton. ¿Envió el führer expediciones especiales en busca de la entrada a… con la intención de aliarse con civilizaciones internas?
Rigurosamente hablando, por las investigaciones llegadas a cabo hasta el momento, podríamos concretar que si alguien o algo se moviera allí abajo, lo sabríamos. Puede que todos estos relatos -parafraseando a Serge Hutin- no sean más que símbolos de la perpetua nostalgia humana de un paraíso terrestre que sólo existe en el universo de la leyenda. Sin embargo, debemos admitir un desconocimiento importante de los lugares donde se centran estas tradiciones, pues en territorios tan vastos e inhóspitos, TODO parece ser posible.

El enigma de los mundos paralelos

El enigma de los mundos paralelos

Por Scott Corrales
El concepto de los universos o mundos paralelos superimpuestos sobre el nuestro no es nada nuevo, pero generalmente se la ha relegado al mundo de lo fantástico, como el mundo estrafalario al otro lado del espejo en Alicia y el país de las maravillas, y el reino de Narnia al fondo del ropero en El león, la bruja y el ropero de C.S. Lewis, amén de los numerosos reinos de acción y aventura en mundos paralelos que figuran tanto en la ciencia-ficción como en la fantasía heroica.
Desde la perspectiva literaria, la creación de un mundo paralelo permite que el autor explore posibilidades o ucronias que no pueden darse en nuestra realidad lineal. Por consiguiente tenemos obras artísticas en las que los protagonistas se topan con sus “dobles”, mundos en los que el resultado de una guerra fue totalmente distinto al de la realidad de los protagonistas, o niveles de existencia totalmente ajenos al nuestro, que van desde celestiales hasta infernales.
Estos autores de narrativas de ficción tal vez quedarían sorprendidos, o hasta consternados, si supieran que la realidad de lo paranormal ofrece historias no menos extrañas que el fruto de su imaginación.
Continentes perdidos de la mano de Dios
En el siglo V a.c., el filósofo griego Anaxágoras expresó la creencia de que “otros hombres y otras especies vivientes” ocupaban una especie de antitierra que recibía la luz de su propio Sol y Luna, y cuyos habitantes “al igual que nosotros mismos, poseen ciudades y fabrican objetos ingeniosos”. El filósofo ubicó su antitierra en la carátula opuesta de su universo chato y discoidal. Los fragmentos que sobreviven de su tratado Sobre la Naturaleza no cuentan si Anaxágoras pensaba que podía haber contacto entre los seres inteligentes de ambos mundos, pero a miles de kilómetros de la cuenca mediterránea, otro grupo de pensadores había desarrollado una cosmología parecida y la habían integrado a su religión.
Los Puranas, un resumen de la mitología, filosofía y ritos del hinduismo, nos hablan de los dwipas como parte de sus creencias cosmológicas. Estos niveles de existencia consisten de siete continentes, a saber: Jambu, Plaksha, Shalmali, Kusha, Krauncha, Shaka y Pushkara, con sus respectivos mares, montañas y habitantes.
Resulta difícil, sin embargo, separar lo claramente metafórico, como los mares de “zumo de caña y mantequilla licuada” que rodean algunas de estas tierras metafísicas de aquellas que están basadas más sólidamente en la realidad. Algunas de las provincias en las que está subdividida el dwipa de Jambu, por ejemplo, parecen corresponder con el subcontinente indio, cercado por las montañas Himadri (Himalayas) al norte y el Gran Mar Salado (el Indico) al sur. Más allá de estos confines, los demás parecen fundirse con la irrealidad que hemos asociado en la mitología occidental con Lyonnesse, Tirn-Na-Og, la isla de Avalon y la isla de San Brandán.
El concepto de los dwipas fue dado a conocer en occidente a fines del siglo XIX por los trabajos de la Sociedad Teosófica, alimentado por el interés general en lo asiático y oriental que caracterizó dicha fase de la historia. “La opinión de muchos hoy en día,” declara Charles Johnson, F.T.S., en el ejemplar de abril de 1889 del boletín teosófico The Path, “es que los mitos casi grotescos y las descripciones geográficas y astronómicas contenidas en los escritos religiosos…son en efecto alegorías deliberadamente construidas por los sabios de la antigüedad que deseaban ocultar… las verdades sagradas que tan sólo podían darse a conocer en los recintos de sus templos”.
En la década de los ’60, el escritor y científico francés Jacques Bergier se interesó por los mundos metafísicos del hinduismo, creyendo que podía haber algo de cierto en ellos según los principios de la matemática moderna. Bergier apuntó que las “superficies de Riemman” están compuestas por cierto número de capas que no están encima de la otra y ni siquiera lado a lado de las otras, las capas sencillamente coexisten. Es casi seguro que Bergier simplificaba el asunto para los lectores inexpertos, pero la conclusión matemática era que el espacio es mucho más complejo de lo que aparenta.
“Si la tierra es una de estas superficies,” escribe Bergier, “por fantástico que pueda parecer, resulta posible que existan regiones desconocidas que son por lo general inaccesibles y que no aparezcan en ningún mapamundi o globo terráqueo. No sospechamos de su existencia, al igual que no sospechamos la existencia de los microbios, o de la radiación invisible del espectro, antes de haberlas descubierto”. (Viseé pour autre terre, Albin Michel, 1974). ¿Acaso encontró el iconoclasta Bergier la manera de justificar las creencias de tanto Anaxágoras como los escribas hindúes que redactaron los Puranas? ¿Existen, de veras, “espacios dentro de nuestro espacio” que se desarrollaron independientemente del nuestro, tal vez accesibles sólo por lo que conocemos como puertas dimensionales, arrugas en el espacio-tiempo, y otras descripciones?
Por inverosímil que pueda parecer semejante posibilidad, explicaría la creencias ampliamente difundidas en el folclore mundial sobre lugares en que se puede entrar pero no salir jamás, o que pueden visitarse en ciertas épocas del año o cada cuantos años. Las ciudades fantasmales visibles desde el glaciar de Muir en Alaska, explicadas como efectos ópticos, ¿serán espejismos no de ciudades de nuestro mundo, sino de urbes cuyos habitantes “fabrican cosas ingeniosas”, como dijo Anaxágoras hace siglos?
El hombre que vino de Tuared
Pero no dejemos que se vaya Bergier todavía… En 1954, a raíz de disturbios civiles de gran violencia en el Japón, las autoridades niponas opinaron que los motines estaban siendo instigados por agitadores extranjeros y se dieron a la labor de escrutinar los pasaportes de los visitantes de otros países para detectar irregularidades, tales como señas de falsificación por grupos terroristas o antigubernamentales. Bergier nos informa que los oficiales se toparon con un huésped de cierto hotel en Tokio cuyos papeles parecían estar en orden, pero con un pequeño problema: el gobierno que emitió el pasaporte no existía.
El documento no presentaba señales de falsificación. La fotografía del portador era claramente visible y las huellas dactilares eran idénticas. Sin embargo, los funcionarios japoneses no podían encontrar ninguna “República de Tuared” en sus mapas, a pesar de las protestas del extranjero, que insistía que su país ocupaba la mayor parte del desierto del Sáhara, extendiéndose desde Mauritania en el oeste hasta el Sudán en el este. Era cierto, sin embargo, que el hombre había venido al Japón con una misión poco edificante: comprar armas para ayudar a emancipar los países árabes de la opresión occidental.
Según Bergier, el tuarediano anónimo convocó una rueda de prensa para exponer sus razones, y la prensa trató en vano de localizar su país a pesar de haber solicitado la ayuda de las Naciones Unidas de la Liga Arabe. El hombre que vino de Tuared fue internado en un psiquiátrico japonés, donde es de suponer que permanece hasta nuestros días–un extraño en tierras extrañas.
Está claro que todo el evento pudo haber sido un fraude, un esfuerzo de nacionalistas magrebíes interesados en establecer su propio país y embaucar a los agentes de aduana. Ciertamente, una situación parecida pudo haber sucedido hace sólo unos cuantos años, cuando el Partido Independtista Puertorriqueño emitió sus propios pasaportes como la “República de Puerto Rico” para aquellos que deseaban renunciar a su ciudadanía estadounidense. Según portavoces de dicho partido político, los pasaportes emitidos por la república inexistente fueron aceptados por agentes de aduana en varios países del mundo. Aún así, ¿podemos afirmar que un fenómeno extraño pudo haber depositado en nuestro mundo a un ciudadano oriundo de un importante país africano en otro dwipa?
Algo parecido había sucedido un siglo antes y a miles de kilómetros del Japón. En 1850, se descubrió a un hombre dando tumbos por las adoquinadas calles de un pueblo alemán. Cuando las autoridades le echaron mano para interrogarlo, declaró llamarse Josef Vorin, “ciudadano de Laxaria en Sakria”. Los oficiales alemanes se volvieron locos tratando de hallar estos lugares sin ningún resultado. Se desconoce cual fue la suerte de Vorin.
En pos de Qaumaneq: una conspiración decimonónica
A comienzos del s.XIX, los mares del extremo norte representaban no solo las aguas mas frías del mundo, sino también un paraíso para los buques balleneros ingleses y norteamericanos, así como para los exploradores de la región ártica. Estos intrépidos exploradores, muchas veces afiliados con las “reales sociedades” de exploración de un país u otro, pasaban años enteros en las regiones circumpolares realizando una variedad de estudios científicos. Quizá ninguno de estos empeños haya recibido tanta atención como la búsqueda del “pasadizo noroeste” o Northwest Passage, el brazo de mar que uniría el Atlántico con el Pacífico.
Leer sobre las intrépidas expediciones de los Ross (tío y sobrino), Mackenzie y Franklin es como internarse en una novela de Julio Verne: enormes veleros con cascos guarecidos contra la presión de los hielos polares, cargados de instrumentos científicos y toda clase de impedimenta, tripulados por oficiales de la marina británica vistiendo uniformes impecables a pesar del gélido entorno que los rodeaba. Basta con ver un mapa de las zonas árticas de Canadá para conocer sus nombres y los nombres de los monarcas a cuyo servicio estaban.
Pero detrás de la imagen romántica existían condiciones de vida cruentas, enfermedad y muerte en uno de los lugares más inhóspitos del mundo. Y según la opinión de algunos, muerte a manos de criaturas provenientes de algún lugar más allá del conocimiento humano. Esta conspiración decimonónica -hábilmente orquestada por el “consejo ártico” del Almirantazgo inglés- comenzó con la fallida expedición de Sir John Franklin en pos del pasadizo noroeste en 1847. Franklin, al mando de los buques Terror y Erebus, tenía órdenes de pasar tres inviernos en el la zona ártica para realizar su objetivo. Se trataba de una de las expediciones polares más ambiciosas armadas por el gobierno inglés, con 129 tripulantes, entre marineros y oficiales.
Cuando no volvió a saberse de Franklin, el Almirantazgo envió varios buques de socorro cuyos capitanes barrieron las islas del norte sin resultados positivos. Las información recibida de los Inuit (esquimales) resultaba curiosa y confusa: algunos relatos mencionaban una contienda armada entre los kaploonas (hombres blancos) y una tribu de seres violentos. Otros Inuit señalaban que había un buque hundido en una de las bahías de las islas polares; buque que había sido abordado por nativos curiosos y en donde hicieron un descubrimiento espeluznante: señas de un combate feroz y el cadáver de un “gigante con colmillos largos” cuyo gran peso requirió el esfuerzo de cinco esquimales para moverlo.
Estos datos confusos no fueron del agrado de las autoridades en Londres. Se lanzaron expediciones militares y privadas -algunas de ellas costeadas por la desesperada Lady Franklin, convencida de que su esposo y tripulación seguían con vida- a investigar distintas regiones árticas pero no la región donde más probablemente encontrarían los restos de última expedición de Franklin. Se utilizaron buques mal equipados, capitanes poco experimentados en dichas regiones, y se hizo caso omiso de la información proporcionada por los nativos. Era como si los miembros del “consejo ártico” estuviesen empeñados en ocultar la verdadera misión de la expedición Franklin, a pesar de la presión ejercida por los periódicos británicos de la época y de autores como Charles Dickens.
Casi un lustro después de que la expedición Franklin franqueara la bahía de Baffin para entrar a la historia del misterio, se descubrieron cádaveres de los miembros de la expedicion–cadáveres que habían sido mutilados de forma extraña, algunos de ellos con las manos cortadas, el corazón extraído, y agujeros en el cráneo por donde se había substraído el cerebro. Los restos de los tripulantes fueron exhumados nuevamente en la década de los ’80 por científicos que detectaron señales de canibalismo en los huesos.
El canibalismo entre exploradores extraviados no resulta sorprendente, pero ¿hay algo más? Algunos tripulantes de los buques perdidos fueron vistos por los esquimales, presentando barrigas hinchadas y labios y lenguas ennegrecidas. Los investigadores que han abordado la desaparación de Franklin han dicho que los pocos supervivientes tenían los labios negros por la sangre coagulada de sus festines caníbales, pero el autor Jeffrey Blair Latta opina lo contrario: los vientres hinchados y labios negros son señas inequívocas de la exposición a fuentes radiactivas intensas. ¿Radiación? ¿En el siglo XIX? ¿En las zonas polares?
Los testimonios Inuit apuntan hacia la existencia de unos seres gigantescos y colmilludos cuya imagen está plasmada en el arte esquimal. Las mismas creencias también indican la existencia de la “luz chamánica”, no necesariamente una fuente de iluminación, sino el lugar en el que se internan los chamanes en busca de información, una dimensión totalmente aparte de las nieves que predominan en la zona y conocida como Omanek (anglización del original Qaumaneq). Los datos recabados por los europeos indican que los buques de Franklin “pasaron de nuestra tierra a Omanek”.
Según dice el autor Barry López en su libro Arctic Dreams, “resulta innegable la existencia de un paisaje mucho más vasto en la región ártica que la que nos dice la ciencia y que aparece en los mapas del U.S. Geological Survey. Se trata del país hacia el cual los chamanes hacían brillar su luz chamánica o qaumaneq”. Es de suponer que el paso a este mundo desconocido involucraría el peligro de quedar expuesto a radiaciones desconocidas. Curiosamente, los mensajes enterrados en cápsulas de metal por algunos de los oficiales que sobrevivieron la misión dicen: “Todo bien” — ¿señal de una misión realizada exitosamente, a pesar de la pérdida de vida?
Cabe suponer que el Almirantazgo no estaba tan interesado en localizar el pasadizo noroeste como dar con este mundo secreto, y que las vidas de Franklin y sus hombres, así como las diversas expediciones de socorro, se perdieron por este motivo. Resulta curioso que la curiosidad inglesa por la zona polar se remonta al siglo XVI, cuando el mago John Dee -adscrito a la corte de la reina Isabel, y cuyos informes iban firmados “007”- informaba a su monarca de la necesidad imperiosa de conquistar Groenlandia y su zona circundante, ya que ahí se podía encontrar el secreto de “la entrada a otros mundos”. Las primeras expediciones a la región fueron las de Martin Frobisher y Henry Hudson en los siglos XVI y XVII. ¿Habrá sido necesario aguardar tres siglos para tener éxito?
Sin embargo, permanece la interrogante de las extrañas muertes de los marineros y los seres que, según la tradición esquimal, “invernaban” en la isla del rey Guillermo. Los seres colmilludos conocidos como Tunnit o Toonijuk parecen corresponder, por sus señas, a las criaturas peludas conocidas como Bigfoot o Yeti, y que representaron un verdadero obstáculo para la colonización amerindia de esas inhóspitas regiones. El zoólogo Ivan T. Sanderson agrega que los Toonijuk “eran considerados como torpes por los esquimales, aunque con una fuerza física temible que les permitía cargar una foca adulta a cuestas sin ningún problema”. La torpeza de los gigantes polares, combinada con su temor a los perros esquimales, fueron clave para la victoria de los inuit. Los Tunnit o Toonijuk desaparecieron de las regiones polares para irse “a un lugar inaccesible”. ¿Sería Qaumaneq?
Pero hasta el día de hoy, las mismas tradiciones señalan que se produjo “un año de horrores” que coincidió con la muerte de los expedicionarios kaploonas y la deserción de la isla del rey Guillermo por los esquimales. Aun resulta posible visitar las aldeas de iglúes que fueron desalojadas precipitadamente hace más de siglo y medio. Jamás se conocerá a ciencia cierta la suerte de la expedición de Franklin a menos que se haga un intento por investigar el buque supuestamente hundido en las aguas del estrecho de Barrow, donde será posible hallar el cadáver del “gigante colmilludo” descubierto por los inuit.
Pero existe un detalle final curiosísimo: la extraordinaria saga sobrenatural del Resolute, embarcación que formó parte de una de las múltiples misiones de rescate. Presa de los hielos, sus tripulantes abandonaron su nave en medio del laberinto de islas congeladas del norte de Canadá. Mayúscula sería la sorpresa, un año más tarde, de encontrar al Resolute navegando solo en las aguas de la bahía de Baffin, con su velámen cubierto de hielo y las escotillas fuertemente selladas, como si un navegante fantasma lo hubiera sacado de entre las nieves. Rescatado por un ballenero estadounidense, el barco fue trasladado a Connecticut, restaurado, y devuelto a Inglaterra como un regalo de la Unión Americana al Reino Unido. El Almirantazgo tomó posesión del Resolute enseguida y no vaciló en desguasar el bajel, ante la consternación del embajador estadounidense y la opinión pública inglesa.
¿Qué secreto portaba el barco fantasma que inspiró una decisión tajante de parte de la alta jerarquía de la flota inglesa? Otro misterio de los muchos que caracterizan las regiones frías de nuestro mundo.
Vendrán caras extrañas
Estos ciudadanos de otras partes, como el hombre de Tuared, pueden no tener idea alguna de que se han internado en una realidad distinta hasta sentir el terror sutil de encontrarse en circunstancias desconocidas. Por otra parte, existe la posibilidad de que algunos vengan a nuestro mundo a propósito.
Corría el año 1293 cuando un hombre extraño que no hablaba ninguna lengua conocida, se materializó de la nada durante la boda del rey Alejandro de Escocia. Su aparición fue considerada como un prodigio y la suerte del individuo no figuró en los libros de historia. Un sujeto más tenebroso se manifestó en el año 1125 y supuestamente fue visto por miles de personas, siendo supuestamente capaz de escupir bolas de fuego lo suficientemente poderosas como para incendiar árboles. En fechas más recientes, Richard Popkin, autor del libro The Second Oswald, menciona la irrupción de un sujeto que era el doble idéntico de Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente John F. Kennedy, en un campo de tiro público. El individuo disparó un arma totalmente desconocida que lanzaba bolas de fuego, un parecido que no deja de ser curioso.
Salvador Freixedo hace mención de otro caso parecido en su libro Visionarios, místicos y contactos extraterrestres: a finales de la década de los ’60, una pareja de tipos enigmáticos se alojaron en un hotel de Miami (EUA) para quedarse algún tiempo y trabaron amistad con la camarera del establecimiento. Cuando la mujer les preguntó de dónde venían, respondieron que venían “del norte del continente”, haciendo hincapié en que no se referían a las tierras al norte de los Estados Unidos.
Uno de los hombres era alto y rubio y su compañero era bajo, de aspecto asiático y vestido de anaranjado. La camarera y su esposo fueron testigos de las actividades inusuales de los dos extraños, incluyendo lo que parecían ser experimentos con lo que tomaron por cámaras y dispositivos apuntados hacia el mar embravecido durante las tormentas. Freixedo escribe que mientras la camarera realizaba sus tareas de limpieza, pudo observar una maleta llena de “bolas de billar” que pulsaban con luz, como si estuviesen llenas de electricidad. Los extraños desaparecieron tan repentinamente como llegaron.
En vista de lo que sabemos de la existencia de Qaumaneq, vaticinada por John Dee a la reina Isabel, ¿a qué se referían los dos extraños con “al norte del continente”? Dada la curvatura de la superficie terrestre, sería razonable suponer que se referían a las tierras al norte del continente americano: el casquete polar y Asia. Freixedo apoya la posibilidad de que la extraña pareja se refería a planos de existencia en otras dimensioens accesibles a por ciertos puntos de materialización/desmaterialización.
Las actividades decididamente no turísticas de estos sujetos nos lleva, irremediablemente, a la existencia de los HDN (hombres de negro) cuyas actividades aquejaron a la ufología de hace varias décadas. Mientras que la actividad de los HDN se relaciona a menudo con los avistamientos OVNI y encuentros con ovninautas, sus apariciones a veces no guardan relación alguna con el fenómeno.
Entre estos casos figuran declaraciones hechas por los mismos HDN a sus entrevistados, en las que manifiestan provenir de “La Nación del Tercer Ojo”, citada por John Keel en su trabajo Our Haunted Planet (Fawcett,1971). Aunque Keel adjudica un significado esotérico a dicho planteamiento, se podría sospechar que los HDN se refieren a un país físico ubicado en “otro lado”. Un caso de HDN en Pittsburgh (EUA) investigado por el investigador Mike Lonzo en 1995 fue protagonizada por una señora de edad avanzada que fue testigo de la caída de una “extraña piedra negra” en su patio; evento seguido casi a continuación por la llegada de unos HDN vestidos en trajes de etiqueta que exigieron la devolución del objeto, alegando que la pérdida de dicho objeto resultaría “en la destrucción de su universo”.
Mucho antes de eso, en noviembre de 1973, una joven que trabajaba para una agencia de empleos en San Juan de Puerto Rico recibió la visita de un hombre que vestía un traje negro con una camisa que parecía haber sido tejida “de un material desconocido en la tierra,” en sus propias palabras. El hombre tenía dedos largos y ahusados y un rostro perfectamente liso. La mujer se vio hipnotizada por su conversación, que iba desde asuntos ecológicos hasta la guerra, junto con afirmaciones como “hay otros mundos aparte de este”.
Si somos capaces de suprimir el impulso de asociar a los HDN a los OVNI, podemos ver que sus motivos, en estos casos, no tienen nada que ver con suprimir a los testigos de avistamientos de platívolos. ¿Serán capaces los HDN de ir y venir a voluntad entre su mundo y el nuestro? Eso ciertamente ayudaría a explicar los casos en que los HDN, o sus brillosos coches negros, desaparecen de manera repentina.
El investigador de temas paranormales Brad Steiger tuvo la oportunidad de mantener un intercambio epistolar con un individuo supuestamente capaz de internarse a voluntad en estos otros niveles de existencia. Al Kiessig, natural de Missouri (EUA) escribió detalladamente sobre sus experiencias con los portales dimensionales o “puntos de acceso” a otras realidades.
Kiessig informó a Steiger que uno de nuestros “universos vecinos” es un entorno insonoro que carece de viento o de sol, aunque su cielo dispone de suficiente luz como para sugerir la existencia de semejante astro, y que él mismo pudo internarse en dicho mundo mientras que paseaba a su perro en Arkansas en diciembre de 1965. Este mundo silencioso parecía imitar al nuestro, copiando hasta los detalles de las casas de madera descubiertas por Kiessig en su paseo. Pero el silencio, la ausencia de vida animal y de seres humanos infundían pavor. También parece haber una diferencia de tiempo considerable entre ambas dimensiones.
El corresponsal de Steiger pasó a mencionar una región sin nombre en las montañas Ozark desde la cual podía ver otra dimensión con claridad, y ver la manera en que sus habitantes entraban a la nuestra. Kiessig afirmó su creencia que esta otra dimensión paralela representaba “el infierno terrenal donde Jesucristo predicó por tres días antes de ascender al cielo”. Según Kiessig, otras puertas dimensionales conducen “a una tierra sin vida. Otras te llevan al pasado, y otras te conducen al futuro de este mundo”. ¿Era Kiessig poco más que un mentiroso que se burlaba a costas de Steiger? ¿un lunático? ¿O poseía, de verdad, el don de entrar y salir de los dwipas?