La sábana roja

Se trataba de una casa pequeña a un lado de la carretera. Lucía antigua, aunque la chica no podía decir a qué época pertenecía. Es cierto que había un olor extraño y definitivamente no placentero, pero resultó ser algo adictivo. María no tardó en acostumbrarse, y tras echar un vistazo a las zonas en que tendría que poner más atención en la casa, se dirigió a la cocina donde se guardaban los utensilios de limpieza.

Consiguió el jabón, los coletos, esponjas y demás convenientemente reunidos en una canasta de plástico, junto a dos pares de guantes, unos negros y otros amarillos. Los colocó en el estante, ya que tenía su propio par. Decidió empezar con el piso de arriba, pues lucía limpio y serviría para comenzar la mañana. Además tendría hasta la noche de ese mismo día para acabar sus labores de limpieza, así que el orden no importaría.

Al subir las escaleras notó que todas las habitaciones estaban cerradas. Todas menos una. Lo que parecía ser el dormitorio de su contratista tenía un aspecto muy extraño. Los muebles en la habitación lucían tan antiguos como el resto de la casa. Esto sorprendió a María, porque aunque toda la casa tuviese un aire de antaño, su jefe, que vestía traje y corbata, no parecía encajar en el escenario. Sin darle más importancia, empezó a trabajar en el suelo. Mientras limpiaba, le llamaron la atención las sábanas rojas que envolvían la cama. No se trataba de un rojo muy fuerte, ni uno muy claro, y esto fue lo que le atrajo de ellas. No pudo descifrar de qué material estaba hecha.

Era majestuoso, oscuro y tranquilizante. Si lo miraba fijamente, sin embargo, parecía cobrar vida. Parecía palpitar. La tranquilidad se convertía en angustia, y una sensación de ahogo invadió a la chica. Las paredes parecieron acercarse, el aire se hizo más denso y en la casa hubo más silencio. María decidió no fijarse más en las sábanas.

La chica dio unos pasos atrás, mirando al suelo. La sensación se desvaneció y decidió ponerse a trabajar de nuevo. El extraño olor de la casa se hizo presente de nuevo.

María empezó a pasar una escoba por el suelo, notando que de hecho estaba bastante limpio. Al pensarlo bien, todo el aspecto de la casa era muy pulcro. También notó que la escoba que estaba usando estaba algo desgastada, así como el resto de los utensilios. Se preguntó si él mismo hacía la limpieza o estaban gastadas por anteriores empleadas. Al acercar la escoba a la cama, se dio cuenta de algo interesante. La sábana estaba incompleta. Un trozo faltaba en una de las esquinas de la sabana, la opuesta a donde se coloca la almohada. El resto de los bordes lucía trabajado, y se preguntó por qué seguiría usando una sábana en que faltase un trozo en vez de simplemente cambiarla. Dejando el tema de lado, maldijo la facilidad con que se distrae y se enfocó nuevamente en el trabajo. Prosiguió barriendo el cuarto y su mirada regresó varias veces al trozo faltante de la sábana, que ahora no salía de su cabeza.

Cuando terminó, decidió mirar ese defecto más a fondo. Se agachó cerca del trozo faltante y lo observó con cuidado. Notó que en los bordes incompletos, hileras negras de hilo sobresalen por los lados, como si esperase ser completados. La chica extendió su mano y sostuvo la sábana. La sensación plástica y caliente que le otorgó la sábana fue inexplicablemente satisfactoria. Al pasar sus dedos por la sábana, se dio cuenta de que proporcionaba bastante calor y era muy ligera. La chica se quedó acariciando la sábana por un rato, hasta que sus ojos llegaron a un pequeño cofre bajo la cama. Era oscuro y, como todo en la casa, lucía antiguo.

Su estructura estaba hecha para encajar un candado grande, pero no había ninguno. En su lugar, un palo de madera con unos detalles tallados se interponía en su apertura. La chica removió dicho objeto y procedió a abrir el cofre, consciente de estar haciendo algo que no debería.

El suspenso solo creció cuando la chica encontró dentro un saco negro con fotos. La primera de ellas era de la casa, aunque parecía haber sido tomada con una cámara más antigua. La chica se preguntó por qué este tipo de fotos estaban en un cofre y no en un álbum. La pregunta, sin embargo, cambió de inmediato en cuanto decidió hojear la primera foto y ver la segunda. Una imagen que a simple vista parecía abstracta protagonizaba la instantánea. Pronto, la figura en la imagen empezó a tomar forma, y la chica se dio cuenta de que se trataba de un rostro humano. Uno sin la cabeza en que pertenece.

Como un pellejo, había sido arrojado al suelo de madera, donde se estiró y retorció. Dos grandes huecos hacían la figura casi irreconocible. María descubrió pronto que se trataba del espacio en que deberían ir los ojos de alguna persona. La boca, sin embargo, estaba cocida. Varias grietas se habían hecho alrededor de dichos agujeros, y el trabajo parecía más una máscara de terror mal confeccionada.

El terror paralizó su mirada en la cara, despojada del resto del cuerpo. Sus dedos temblorosos pasaron la imagen, donde se encontraba con un rostro diferente. Supo que era distinto porque un tajo largo se había realizado al nivel de la boca hasta casi sacarla del resto del pellejo. La cara fue reconocible porque esta vez se estiró antes de ser fotografiada. María miró con disgusto cómo lucían limpios; lavados. Repetidas veces quiso pensar que se trataban de máscaras de plástico, pero lucían demasiado reales. Al barajar el resto de las imágenes, empezó a conseguir otro tipo de fotos, pero esta vez con cosas que no reconocía. Cosas que definió como pellejos colgando sobre un gancho, oxidado y utilizado múltiples veces.

Aterrorizada, avanzó por las imágenes esperando hallar una explicación. El número de fotos solo hacía todo más espantoso.

Entonces encontró la foto de una chica. Sus dedos se detuvieron y empezó a detallarla. Se trataba de una chica joven, delgada y de piel blanca. Estaba acostada en una cama blanca, con los ojos totalmente cerrados. Parecía dormida. El nivel de intranquilidad que le causaba esta imagen no era menor que las demás. No pudo seguir viéndola por mucho tiempo, y dejó caer las imágenes. Todas se deslizaron, mostrando más chicas dormidas.

María acercó su rostro a las demás instantáneas, que seguían una secuencia. Ahora los rostros volvían a aparecer, esta vez entre las imágenes de las chicas dormidas. Luego se dio cuenta de que cada chica estaba seguida de su rostro cercenado. Otras siete imágenes de chicas dormidas tenían su rostro perteneciente. Todas excepto la última. En la última imagen había una chica de estatura media, cabello negro, piel clara y cabello largo sonriendo a la cámara. La última no había sido revelada, sino impresa. Los bordes delataron que se trataba de un anuncio de periódico. Uno que ella reconocía, pues había escrito hace poco más de una semana. El terror la llevó a desbalancear y alejarse de las fotos, tropezando con la escoba y llevando sus manos a su boca. Lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, que se sentían vivas.

Intentó silenciar su llanto, pero era demasiado tarde. La manilla de la puerta se abrió lentamente mientras ella levantaba sus húmedos ojos. La puerta se abrió finalmente y la figura yacía parada en la entrada, solo observando. La chica llevó sus dedos a sus mejillas y empezó a acariciarlas, mientras daba la vuelta, ignorando aquella figura.

Su mirada orbitó hasta el tramo faltante de la sábana, que ahora, completa, sonreía torcidamente con los diferentes rostros que la componían. La chica fue capaz de ver su propio rostro en aquel hueco en la sábana, unida a las demás sonrisas con la piel que una vez le perteneció.

FUENTE: https://creepypastas.com

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La princesa maya

Ariel Avilés, contó, en base a su propia experiencia, el siguiente relato:

En 1968, él cursaba el segundo año de preparatoria en la Escuela Modelo. A su generación y varios maestros les impactó una entrevista publicada en Milenio Novedades, donde una limosnera que se sentaba todos los días en el portón del Palacio de Gobierno sobre la calle 60, junto a lo que es actualmente el Teatro Daniel Ayala, decía ser una princesa maya de más de 400 años de edad que había sido castigada por un brujo.

La mujer era una pequeña mestiza jorobada, prognata, que caminaba con muletas y pedía caridad en dicho portón extendiendo una jícara. Según su versión, su castigo consistía en tener esa forma física.

Recordó que junto con los maestros Carlos Castro Morales y Juan Adán, él y varios de sus compañeros decidieron vigilar a la mujer, descubriendo que todas las noches, a las 8:30, llegaba por la calle 61 una limusina de la cual bajaban dos mestizos elegantes quienes, tras hacer un gesto de reverencia, la cargaban y la subían al vehículo.

Carlos Castro, narró Avilés, les propuso seguirla para ver a dónde iba. Distribuidos en tres vehículos, 15 personas se estacionaron frente a la Catedral a esperarla.

Siguieron la ruta de la limusina por la Prolongación Paseo de Montejo (en aquel entonces, la última casa de la ciudad estaba donde ahora se encuentra el Súper Akí, antes San Francisco de Asís. Después de eso seguía lo que era conocido como el “nuevo camino a Progreso”), siguiendo hasta llegar a lo que hoy es Villas la Hacienda (Avenida Cámara de Comercio), donde se desvió por una vereda hasta llegar a la hacienda San Antonio Cucul.

“A nadie se le ocurrió que había que apagar las luces”, recordó entre risas el maestro Avilés, ya que estaban siguiendo a la limusina en un camino no pavimentado y desierto.

Llegaron a la casa principal de la hacienda pero el vehículo siguió, ya en monte abierto.

La limusina dobló repentinamente en una curva, y los jóvenes retrocedieron para tomarla, pero sus tres vehículos se pararon al mismo tiempo y se negaron a arrancar de nuevo.

“Hubo gritos, llantos… seguro a algunas personas los esfínteres se les aflojaron”, narró Avilés.

Tras 20 minutos, continuó, los automóviles volvieron a funcionar.

Los jóvenes decidieron dar vuelta atrás y llegaron a “La Reina Itzalana”, en Santiago, para cenar y mitigar el terror que acababan de experimentar, y decidieron no volver a saber nada más sobre aquella limosnera.

FUENTE: http://www.informaciondelonuevo.com

El grito de mamá

Era una noche oscura, sin Luna, sin viento, profundamente tenebrosa, en un pequeño pueblo marítimo del sur de Inglaterra. La pequeña Alice vivía con su madre Joan a solas, se tenían la una para la otra. Su padre, a quien no recordaba en absoluto, hacía mucho tiempo que había desaparecido más atraído en las faldas de otras mujeres que en las de su propia esposa. Nunca había regresado.

Mientras mamá preparaba la cena, Alice se dedicaba a peinar a sus muñecas. Era un juego que le encantaba. Tenía muñecas de todos los tamaños, de todas las formas, princesas, chicas fashion, modelos… todas eran encantadoras.

Alice peinaba con detenimiento las muñecas mientras en el piso de abajo su madre preparaba unas patatas fritas a la sartén con la televisión puesta. Le gustaba tener siempre la tele encendida, porque decía que le daba compañía mientras la pequeña Alice jugaba a solas.

De repente, hubo un fugaz apagón, la bombilla de la habitación de Alice se apagó durante dos segundos y recobró su fuerza luminosa al instante. Abajo, la televisión dejó de funcionar, la luz regresó pero no se oyó ningún ruido. Alice esperó unos segundos más y oyó cómo un vaso se estrellaba contra el suelo. Se levantó de repente y preguntó:

*¿Mamá? ¿Estás bien mamá?
Esperó de nuevo un par de segundos más. Nada. Silencio absoluto. Cuando Alice se dispuso a bajar oyó el grito desgarrador de mamá.

*¡AAAAHHHH!
Alice se quedó totalmente congelada. Su madre, la fuerte mamá protectora que siempre le cuida, gritaba de auténtico terror. Antes de que pudiera reaccionar oyó de nuevo su grito.

*¡Alice, baja deprisa! ¡Alice, ayúdame por favor! ¡Alice!
Ante la llamada de auxilio de su madre, Alice corrió escaleras abajo. Pero todo estaba a oscuras, la luz no había vuelto como en el piso superior. Mamá debía estar en la cocina y se dispuso a caminar hacia allí cuando, de repente, una mano le tapó la boca y un brazo cogía su menudo cuerpo y lo arrastraba al armario del descansillo, donde se cerró la puerta.

En la cocina, el grito se repetía:

*¡Alice, baja deprisa! ¡Alice, ayúdame por favor! ¡Alice!

Pero Alice ya no estaba preocupada por mamá. Porque ahora estaba con ella. Se giró y vio la cara de su madre preocupada señalando con el dedo índice sobre los labios que mantuviera silencio. Y silencio mantuvo, mientras se preguntaba ¿quién o qué gritaba desde la cocina con la misma voz que mamá?

FUENTE: http://www.cuentosdeterror.mx

Golpes en el espejo

Clotilde era una mujer de mediana edad que vivía a las afueras de un pequeño municipio burgalés. Se levantaba bastante temprano para acudir al hotel en el que trabajaba, con el fin de llegar a casa pronto y poder pasar algo de tiempo cada día con sus dos hijas.

Una tarde de domingo la llamaron desde la empresa hotelera, para que acudiese a cubrir la baja de otra compañera suya que se había accidentado al limpiar un espejo. Sin embargo, en el lugar no estaba la encargada ni parecía haber ido nadie a trabajar ese día al hotel.

Como se sentía bastante sorprendida ante las circunstancias, decidió acudir al espacio que tenían asignado para cambiarse antes de entrar a trabajar, con el fin de recoger su teléfono móvil y llamar al número de su jefe que le había avisado para que acudiese a trabajar, pero nadie contestó. Aunque no se percató en su momento, tiempo después recibió un mensaje de su jefe en el que se decía; ¿Qué quieres? ¿Te has ido al final de viaje con tu marido e hijas?

Clotilde se encontraba limpiando una habitación de la segunda planta del hotel, y concretamente era un lugar que para nada le inspiraba confianza porque existían ciertos rumores en el hotel que allí sucedían sucesos inexplicables. Sin embargo, se colocó sus auriculares y comenzó a limpiar debidamente la habitación hasta la hora de realizar un pequeño receso.

En ese momento, se dirigió a la habitación donde había dejado su celular y comprobó cómo su jefe le había mandado un mensaje que no comprendía; ¿Por qué razón le preguntaría algo así si sabía perfectamente que estaba trabajando tal como él le había indicado en la mañana?

La mujer se empezó a asustar más y más, porque algo no parecía tener sentido con respecto a su situación. Sí, estaba trabajando como prácticamente cualquier día entre semana, pero no solamente se encontraba sola en el hotel que tanto miedo le daba por diversos motivos, sino que nadie sabía que estaba allí, limpiando.

Escuchó un golpe que la asustó incluso un poco más de lo que ya estaba de por sí. A su parecer, podían ser unos cristales. De hecho, era como si alguien estuviera rallando un espejo con las uñas.

Aquellos ruidos se escuchaban más fuerte cuando ella se iba dirigiendo al lugar. De repente, vio a una mujer detrás del espejo escondida, se acercó y dicha mujer se la llevó dentro.

No te acerques al espejo si escuchas los ruidos que oyó Clotilde, podría ser tu última vez.

FUENTE: http://www.cuentosdeterror.mx

ESTAS SOL@

Elvira era una niña de unos diez años que no tenía papá, su mamá trabajaba todo el tiempo por lo que tenía que dejar a su hija sola en casa, pero una noche, sintió un escalofrío y tuvo

miedo de dejarla sola, pero como no podía dejar su trabajo ya que era su único sustento decidió irse.

“voy a llamarte cada 2 horas para ver como estas y no le abras a nadie, cuando llegue tocaré la puerta tres veces”.

La madre cerró la puerta y se marchó, Elvira, asustada y sola decidió dormir para que pasara el tiempo sin darse apenas cuenta .

Al poco rato, el teléfono sonó despertando a la niña, se levantó del sillón y apresurada cogió el teléfono con la esperanza de escuchar la dulce voz de su madre:

– Mamá, ¿Eres tu?, ¿mamá?,¿mamá?….

Pero nadie contestó. Desilusionada y asustada colgó el teléfono y se fue a la cama mientras se tranquilizaba para quitar importancia a lo ocurrido.

– Después de todo la llamada se habrá cortado. Pensó Elvira.

De pronto, antes de que se acostase el teléfono volvió a sonar, al llegar y descolgarlo:

-¡Bueno..mamá no es gracioso contesta..mamá, estas asustándome!.

Elvira colgó de nuevo el teléfono y regresó a la cama, esta vez más asustada.

De pronto llamaron la puerta TOC TOC pero no hubo una tercera vez por

lo que Elvira decidió no abrir ya que su madre le había dicho que tocaría tres veces.

Al caer la noche la madre no había regresado y Elvira empezó a preocuparse y de nuevo el teléfono sonó.

-Bueno..mamá, ya es tarde ven a casa.

Del otro extremo del teléfono sólo se escuchó:

-Tu estas sola ahora.

Elvira colgó rápidamente el teléfono desesperada empezó a llorar corrió hacia la puerta para ir con alguno de sus vecinos para que llamaran a la policía, pero al salir Elvira encontró el cuerpo de su madre tirado en el suelo, ensangrentado, desgarrado totalmente, sus piernas horriblemente torcidas hacia ambos lados, sus brazos quebrados como si un trailer hubiese pasado varias veces por encima.

Elvira no pudo resistir el tremendo impacto y cayó desmallada perdiendo el conocimiento, cuando despertó. Cuando despertó ya estaba en un centro de psicología infantil.

Aunque la ayudaron a superar la traumática experiencia, ella no dejaba de soñar con esa voz que le decía una y otra vez:

– Tu estás sola ahora…

Los psicólogos creían que Elvira había sido la culpable de la muerte de su madre, pero Elvira pensaba que eso no era cierto.

Elvira quería mucho a su madre y soñaba todos los días con ella.

Hoy aunque han pasado diez años de aquel trágico incidente, Elvira sigue en tratamiento y totalmente traumatizada en un centro psicológico.

¿Qué como se todo esto?, simplemente porque yo soy Elvira y quiero decirte a ti que estás leyendo estas lineas:

– TU ESTAS SOL@ AHORA.

FUENTE: http://www.halloween.com.es

Buenas noches corazón

¿Alguna vez has pensado que no estás solo aunque sabes que no hay nadie en casa?, ¿Has creído ver algo cuando en realidad no hay nada?, pues yo sí y de alguna forma así fue como todo empezó…

Era una fría mañana de Enero y como siempre seguía con mi rutina matutina. Me despertaba, caminaba tambaleándome por la casa mientras iba encendiendo una a una las luces hasta llegar al baño, luego seguía mi turbulento camino hasta la cocina y después pondría a hacer un poco de café. Estaba comenzado mi pequeño “ritual” matutino y cuando por fin llegue a la cocina algo me llamo la atención, ¿no había encendido las luces? Al principio me sorprendió, pero luego pensé que solo eran cosas mías, el sueño le había ganado a mis costumbres, no era algo para preocuparse, o eso pensé.

Tome mi taza de café, fui a encender las luces y me senté frente a la computadora a leer las noticias nacionales e internacionales, cuando llega a mí el olor del café quemado, un olor difícil de ignorar aun sabiendo que había apagado la cocina, un impulso me llevo a revisarla de nuevo. Cuando llegue me encontré un completo desastre el café había hervido hasta el punto de salir disparado y ensuciar toda la cocina. Te preguntaras, ¿cómo sucedió eso?, me gusta preparar mi café en un greca, le da un mejor sabor y es una tradición que siempre perteneció a mi familia; tradición la cual yo continúe. Luego de apagar la cocina y limpiar todo el desastre me puse a repasar mis pasos, ¿Cómo carajo pude pasar por alto algo así?, no parecían cosas mías, durante el largo proceso de limpieza veo a mi perro ladrar mirando un punto fijo, no me explicaba que le sucedía a Spanky, siempre había sido muy tranquilo, pero al levantar la mirada lo que vi me marco. En la pared que estaba alado de mi perro se podía ver la sombra de lo que era una mujer de edad avanzada sentada en una mecedora, me congele, no podía mover una sola fibra de mi cuerpo, la sombra se movió de manera que quedo mirándome y yo sentía su mirada penetrante, pero no veía nada más que una sombra.
En ese instante las luces se apagaron, los gabinetes, puertas, persianas, ventanas, sillas, mesas, y otros artículos que decoraban mi casa empezaron a moverse de forma descontrolada, el estéreo y televisor se encendieron, ambos ponían la típica melodía de cuna*, que es conocida por su frase “duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá”, pero no era igual, era cantada por una anciana, sonaba distorsionada, tenía cortes, saltos, se reproducía por momentos hacia atrás, mientras en el televisor pasaban imágenes momentáneamente, imagines perturbadoras de una anciana con un velo negro tomando a un pequeño niño de la mano, pero… ¡¿Cómo era posible?! Ese niño… Era yo… pero tenía la cuenca de los ojos vacías y por ellas salía sangre sin parar mientras tenía una sonrisa de oreja a oreja, se apagó. Luego se encendió pero esta vez la computadora, era la misma anciana pero esta vez sentada en la mecedora riéndose a carcajadas.
Cuando logre reaccionar corrí hasta la cocina, tenía que pasar por ella antes de lograr mi escape, pero cuando entre el olor a gas era insoportable, y cuando levante mi mirada se postro frente a mi esta anciana de velo negro y encendió un fósforo Cerré los ojos y sentí un terrible dolor y de un salto abrí los ojos y me encontraba sentado en mi cama, ¡Solo era un sueño!. No debía haber comido tanto antes de dormir, había leído que estropeaba el sueño y causaba pesadillas, me voltee a mi mesa de noche y tome un poco del agua que siempre tengo en caso de que me levante con sed a mitad de la noche, limpie el sudor de mi frente, me estaba disponiendo a dormir cuando escucho una melodía familiar que era tarareada, era la misma canción con la que había soñado. Luego se escuchó el ruido de una mecedora y se sintió un calor abrumador, abrí los ojos y jamás olvidare que vi a lado de mi cama, era la anciana quien estaba quemándose. Detuvo su perturbador canto, se volvió y me miro, levanto su velo negro mostrando lo que debía ser su cara; pero era una figura que encajaba con las descripciones de un demonio, un ente traído del mismo infierno, que tenía lo que parecían quemaduras de tercer grado, los tejidos estaban destruidos por completo, sus dientes eran colmillos amontonados, sus ojos eras dos esferas bañadas en un rojo resplandeciente, esbozó una sonrisa macabra y me dijo: -Buenas noches corazón.
FUENTE: http://tushistoriasdeterror.blogspot.mx

Fantasmas de la noche

Estos entes se aparecían a los mexicas en la noche, de acuerdo con lo escrito por Bernardino de Sahagún en el libro V de su Historia General de las Cosas de la Nueva España. Y se atribuía al dios Tezcatlipoca. ¿Cómo eran ?

En primer lugar estaba la Cuitaplaton o Centlapachton, una mujer enana o pequeña, de cabellos largos, hasta la cintura, con un andar muy parecido al pato. Ésta se aparecía a los hombres, especialmente cuando iba a “hacer sus necesidades”, quizá por la sorpresa o por su forma, quienes la veían volvían a sus casas temblando de pavor con la convicción de que tarde o temprano morirían o les ocurriría alguna tragedia. Si algún valiente quería atraparla le resultaba imposible, pues la figura desaparecía y reaparecía hasta que el intrépido quedaba burlado.

Otros más eran más terroríficos, tenían forma de calavera y se presentaban de improviso, les saltaban por la pantorrilla y hacían un ruido estremecedor. Si alguno quería verlo, la calavera desaparecía o, peor aún, iba correteando a los que huían.

Una vertiente más se manifestaba en forma de difunto tendido o amortajado al que se sumaban quejidos y gemidos. Si algún valiente lo agarraba o creía atraparlo sólo era ilusión pues únicamente tenían pasto o tierra en sus manos.

La última forma, también consignada por Sahagún, era cuando Tezcatiploca se aparecía en forma de coyote para impedir el paso a los viajeros o para advertirles de algún peligro o desgracia en ese camino.

También consignado por fray Bernardidno de Sahagún. Los mexicas que en el primer sueño de la noche escuchaban un ruido como de alguien que está cortando madera, llamado tooaltepuztli o hacha nocturna podían dirigirse al lugar de donde provenían dichos sonidos y presentarle ofrendas a ese ente, si superaban el miedo inicial, perseguir a esta forma de bulto hasta alcanzarla y agarrarla.

Después debían esperar a otro ente que tenía forma de hombre sin cabeza, que tenía el pescuezo cortado como un tronco y el pecho abierto, en ambos lados había puertecitas que se abrían y se cerraban en el centro donde reposaba el corazón. Si todavía el captor tenía ánimos para contemplar esta visión debía arrancarle el corazón y negociar con el fantasma algún favor, petición o riqueza. Sólo los valientes conseguían negociar con este ente.

Si conoces el dicho “Cuando el tecolote canta, el indio muerte” y te has preguntado por su origen, déjame decirte que este temor hacia el canto de la lechuza, búho o tecolote también fue registrado por los cronistas como Sahagún, que relata cómo los indios al escuchar el canto de esta ave se ponían muy nerviosos porque aseguraban que este sonido presagiaba la muerte. De acuerdo con la leyenda maya, el tunkuluchú o tecolote, era considera como el mas sabio entre las aves, por lo que no era extraño que los pájaros y otros animales acudieran a pedirle consejo o la solución de algún problema.

Todo su prestigio se derrumbó cuando las aves lo invitaron a una fiesta y se emborrachó. Un hombre que pasaba por ahí empezó a burlarse y a hacer escarnio del búho. Éste quedó muy dolido y decidió vengarse, extendiendo su rencor hacia toda la humanidad.

Buscó alguna cualidad que le ayudara en su venganza y eligió su olfato. Fue todas las noches al cementerio hasta que aprendió a reconocer el olor de  la muerte. Fue así que se dio a la tarea de anunciar al ser humano su muerte. Por eso se mantiene cerca de los lugares donde alguien va a morir y le anuncia con su canto su hora fatídica.

FUENTE: http://contenido.com.mx