Leyenda de la Calle del Terror.

Se cuenta que por la calle José González Saracho en Aguascalientes, se ve un hombre que camina hasta la puerta de la Iglesia de San José, donde ora algunos minutos y después desaparece. Algunos dicen que se trata del fantasma de un hombre adinerado que vivió en aquella calle, y enterró gran parte de su fortuna en el jardín de su casa. Este individuo falleció en circunstancias extrañas, y se llevó hasta la tumba, el secreto de la exacta ubicación del tesoro.

Algunos vecinos asegurar que desde entonces, se aparece todos los días a la hora en que falleció caminando por la calle, cuidando su tesoro.

Probablemente es por eso que muchas personas se niegan a pasar por ahí al caer la noche, o puede ser también porque en la esquina con Zaragoza, hay un letrero antiguo que anuncia el camino como la “Calle del Terror”.

En algún tiempo ese lugar perteneció a los religiosos Juaninos, quienes se dedicaban al cuidado de los enfermos, y dejaron ese lugar de forma misteriosa.

Después fue una casa de citas. Y para evitar que las personas descubrieran aquel establecimiento, los empleados se vestían de fantasmas, para asustar a todo aquel que pasara por los alrededores.

Tras un largo período de abandono, se convirtió en el Cuartel Cetamena, cuando fue habitado por soldados, los cuales torturaban y fusilaban a los presos. Ahí estuvo preso y falleció el Señor Cura Morones.

Por la década de los 40’s, se construyo la escuela primaria. De la cual hoy por hoy, su velador cuenta que fue construida sobre las ruinas de un viejo Cementerio, y por debajo de ella pasan decenas de túneles, con destino incierto.

FUENTE: https://leyendadeterror.com

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Puerto de San Blas.

En el pequeño Puerto de San Blas, en Nayarit, hay un viejo edificio conocido hoy como “La Contaduría”, en tiempos pasados fue un famoso fuerte, levantado en 1768 por el Rey Carlos III. Era una mansión de los barcos destinados a California y Sonora allá por las épocas de conquista.

Aunque el Fuerte fue abandonado por muchos años, sigue de pie, conservando entre sus paredes aquellos momentos de gloria y sufrimiento. Este sitio fue pisado por Hernán Cortes y por el cura más joven de la historia José María Mercado. En épocas de independencia se guardaban en el fuerte más de 500 cañones, en la actualidad solo se conservan ocho de ellos. Había también muchas otras armas que sirvieron de apoyo a Miguel Hidalgo en la batalla.

Entre tantos muertos, uno de ellos fue precisamente el joven cura que en una batalla cayó al barranco muriendo al instante. Lo curioso del hecho que rodea el lugar, es que a pesar de todas aquellas muertes violentas en tiempos de guerra, no hay un solo dato de que el fantasma que ronda los corredores tenga relación con la historia previa del lugar.

Una mujer vestida de blanco se pasea por los pasillos, de forma tranquila, va y viene a cualquier hora, sin molestar a ninguno de los guardias que custodian el lugar, que aunque no tengan contacto directo con la aparición, si sienten cierto temor a lo desconocido.

Tal vez el hecho anterior no levante muchos sustos, pero lo que ha ganado la renuncia de muchos vigilantes, ha sido lo que sucede en el camino que recorren para llegar al fuerte, muchos de ellos tienen que salir o entrar ya caída la noche, se encuentran entonces rodeados de gritos, mientras caminan son seguidos por caballos y carretas, que solo escuchan pero no pueden ver, y se topan con un monje que siempre va de a camino a una de las Iglesias en ruinas en el camino al fuerte.

Una leyenda poco conocida fuera de sus alrededores, pero sin duda inquietante, no saber de dónde viene el fantasma de aquella mujer.

FUENTE: https://leyendadeterror.com

El Puente de Los Suspiros.

Transcurrían los años 1909-1910 y se construía el primer puente en la población de Comala sobre el Río San Juan, calle Progreso, a fin de ser inaugurado con motivo de las festividades conmemorativas del Centenario de Iniciación de la Guerra de Independencia.

Era inmensa la novedad de los vecinos y más aún de los menores quienes, sin prever el peligro, constantemente se acercaban a observar los trabajos.

Ante tal situación los padres de familia, deseando evitar un accidente, optaron por advertir a sus hijos que los trabajadores tomaban niños y aún vivos, los incrustaban en muros y columnas.

Cierto día un infante incrédulo de la advertencia de los mayores, atónito, observó sangre en la mezcla de arena y cal que un obrero utilizaba para unir los ladrillos de barro, por lo que pregonó en el pueblo ser verdad la indicación que habían recibido de los adultos.

La mezcla contenía sangre de animal, ya que según la creencia y tradición entre los maestros de obra debería agregársele para dar resistencia a la edificación.

Lo anterior dio origen a que ya terminada e inaugurada la obra, principalmente las mujeres solas, se abstuvieran de transitar por ahí, ya que aseguraban escuchar los llantos y “suspiros” de los niños sepultados que las confundían con sus madres que los habían abandonado.

Los adultos que carecían del don en la lectura señalaban la inscripción localizada en una de las columnas, relativa a datos sobre su inauguración, manifestando que ahí se leían los nombres de los infantes enterrados “vivos”.

Por muchos años a este puente “Hidalgo” se le conoció por el “puente de los suspiros”.

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La Dama del Abanico.

Leyenda de la Ciudad de México, ocurrida durante la época colonial en el Callejón de las Golosas, actualmente Calle República de Haití. En aquel tiempo vivía un hombre muy rico, parrandero y desvergonzado llamado Longinos Peñuelas. La lujuria guiaba su vida y para conquistar a la mujer que deseaba utilizaba cartas de amor, regalos costosos, engañosas caricias, etcétera, pero cuando lograba su objetivo las abandonaba sin importarle su suerte, si estaban embarazadas, se suicidaban o eran encerradas en algún convento por sus padres o hermanos para cubrir la deshonra familiar.

Cierta ocasión cuando regresaba a su casa a media noche, después de abandonar el lecho que compartía con una mujer casada, pasó por una casa de dos balconcillos, donde en uno de ellos estaba una hermosa mujer de aproximadamente 20 años, vestida de blanco, con un abanico de encaje en una mano que miraba extasiada las estrellas y se abanicaba fuertemente. En eso, se le cayó el pañuelo y cuando Longinos caballerosamente se lo entrega queda prendado de su delicada belleza. Platicaron un rato y acordaron verse las siguientes noches, a esa misma hora para evitar que su padre los descubriera.

Una de esas noches, cuando él trataba de besarla, ella interpuso su abanico de concha nácar que al caer se partió en dos, quedándose ella con una de las dos mitades.

Pasadas algunas noches y ante la insistencia de él para que ella escape de su casa, ella le pide que por dos noches no se vean y que a la tercera ella se iría con él, pero llevaría consigo a su pequeño hijo, pues tenía uno y no podía separarse de su bebé. Él acepta y cuando regresa a buscarla muchas horas antes de lo pactado se asombra al notar que la casa parecía vieja y abandonada. Al llamarla y no obtener respuesta le preguntó a dos vecinas que pasaban por ahí.

Ellas le explicaron que desde hace 10 años la casa que era propiedad de don Hermenegildo Alcérreca y de su hija Rosaura, estaba abandonada. Ellos sólo la habitaron unos meses y luego desaparecieron. Sin embargo, los vecinos afirmaban que de esa casa salían largos gritos, desgarradores como de un alma en pena.

Longinos preocupado mandó traer un cerrajero y un sacerdote; al entrar a la casa descubrieron que estaba en ruinas. Abrieron un cuarto que daba a la calle y que correspondía al balcón donde se había visto con aquella joven y descubrieron que estaba totalmente tapizado y no entraba ningún rayo de luz. Alumbrados con lámparas y velas descubrieron horrorizados dos esqueletos; el de un bebé y el de una mujer que sostenía en sus blancuzcos huesos de la mano la mitad de un abanico de concha nácar. El sacerdote elevó oraciones y esparció agua bendita por el eterno descanso de esas inocentes almas, mientras tanto Longinos lloró desconsoladamente al recordar que Rosaura Alcérreca fue una de las tantas mujeres que engañó y abandonó a su suerte.

Salió de la casa angustiado y en medio de la oscuridad fue sorprendido por el esposo de la última mujer que había engañado. Este, airoso, le hizo el reclamo y sin darle tiempo de defenderse se le abalanzó encima provocándole la muerte. En ese instante, el silencio de la noche fue roto por una siniestra carcajada que anunciaba el final del infame burlador.

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Leyenda La bruja de Hidalgo.

En el estado de Hidalgo cuenta la gente que las brujas son mujeres que, en las noches de mayor oscuridad, se convierten en guajolotes sin una pierna.

Dicen que se ve en el cielo cómo las luces que prenden y apagan en busca de una casa donde hallen algún recién nacido al cual puedan chuparle toda la sangre.

Por ello es bien sabido que la gente acostumbra a pintar afuera de las habitaciones donde duermen los bebés, grandes cruces con cal, además de colocar espejos y tijeras en forma de cruz al lado de las cunas para protegerlos.

Uno de los muchos casos de brujas que sucedió hace muchos años y de los cuales mi papá me contó dice que:

En un cuarto de adobe alejado del pueblo de Singuilucan, vivía un señor junto con su esposa. Él era conocido entre la gente por su trabajo, aunque de su esposa se corría el rumor de que era bruja, cosa que el señor ignoraba.

Un día sus amigos le comentaron a él lo que la gente decía y también le dijeron que la comida que llevaba a su trabajo estaba hecha con sangre de recién nacido, por lo que, lleno de dudas, decidió tenderle a su mujer una trampa y confirmar si aquello que le habían dicho era cierto.

Así que ese mismo día llegó a su casa diciéndole a su mujer que estaba tan cansado que iría a dormir.

Ella le dijo que también iría a dormir en cuanto terminara de guisar lo que comería al día siguiente en el trabajo, comida que misteriosamente siempre consistía en un pocillo con fritanga (tripa rellena con sangre cocida en alguna salsa de tomate).

Ya acostado, el señor le hizo un agujero a su cobija, por donde espiaría a su esposa. Pasado un tiempo el señor comienza a observar que su esposa como poseída por algo, cortaba de su larga cabellera negra un cabello que anudado en su pierna logra que ésta se desprenda de su cuerpo. Terminado este acto que horrorizó al señor ella dejó la pierna junto al tlecuil (fogón), a la vez que iba transformándose en guajolote, el cual salió volando de la casa y convertido en el cielo en una luz parpadeante que se perdió en la oscuridad.

Aterrado por lo sucedido, pero a la vez indignado por la traición de su mujer, el señor quemó la pierna echándola al tlecuil y decidió esperar desde su escondite.

Ya cerca del amanecer la pieza se iluminó al regreso de la bruja, que traía consigo sangre de niño dentro de una tripa para cocinar la suculenta fritanga que comería su marido en el trabajo.

Al convertirse el guajolote en mujer, ésta comenzó a buscar con desesperación su pierna que jamás encontró.

Dicen que al día siguiente, cuando ya todo el pueblo sabía la noticia, la gente unida decidió quemarla en leña verde en el centro del pueblo.

FUENTE: http://www.paratodomexico.com

El Ahorcado.

El domingo 7 de marzo de 1649, los vecinos de la ciudad de México que transitaban por las calles del Reloj y delante de las Casas Arzobispales, como a las once horas de la mañana, presenciaban admirados un espectáculo muy frecuente en aquella época, pero con un aspecto singular.

En una mula iba el cadáver de un portugués; y al son de trompeta y voz de pregonero, se hacía público el delito que había cometido en vida: – mientras oían misa los presos de la Cárcel de Corte, este hombre, que había quedado en la enfermería a excusas de que estaba malo, y que se hallaba allí preso por haber asesinado a un alguacil del pueblo de Iztapalapan, se bajó a las secretas y se ahorcó – Aquí el pregonero tomó aliento y continuó: – Se pidió licencia al Arzobispado para ejecutar en él la pena capital a que había sido condenado por el homicidio del alguacil de Iztapalapan, pues sin esa licencia no se le podía ejecutar, por ser hoy día domingo. Concedió el permiso la autoridad eclesiástica; y la Justicia ordena que hoy sea ahorcado el difunto en la Plaza Mayor de esta ciudad, para que sirva de escarmiento y de ejemplo –

Poco a poco el número de los vecinos curiosos que seguían al cadáver, creció mucho. Después del paseo por las calles, la comitiva y cuerpo inanimado, hizo alto en la Plaza Mayor, y al difunto lo ahorcaron frente al Real Palacio. Dejaron colgado el cadáver muchas horas; y como desde en la mañana de aquel día se levantó un aire tempestuoso, y mucho polvo, que arrancaba los tejados, levantaba los mantos y las faldas de las mujeres, las capas de los hombres; que arrebataba sombreros, ropas tendidas en las azoteas; que cerraba y abría las puertas de ventanas, balcones y zaguanes; que hacía volar las sombras de petates de los puestos de la plaza; que silbaba a veces iracundo y a veces quejumbroso; que, en fin, era tan fuerte que había instantes en que se tocaban solas y lúgubremente las campanas de las torres de los templos y de los monasterios; todos los vecinos espantados atribuyeron el huracán que soplaba y el polvo que se remolinaba en las calles y plazuelas, al crimen perpetrado por el portugués en el alguacil de Iztapalapan y en su propia persona.

Y como era domingo, los muchachos de la ciudad oyendo lo que se contaban en sus casas, creyeron que el portugués suicida era el mismo demonio; fueron gritando y pregonando por las calles hasta llegar a la Plaza Mayor. Le hacían cruces al cadáver del ahorcado, diciendo que era el diablo y que por él rugía el viento y rabiaba el polvo en furiosos remolinos. Le estuvieron apedreando por gran rato, hasta que bajaron los ministros de la Justicia el cuerpo de aquel desgraciado portugués y lo condujeron a la albarrada de San Lázaro, donde lo arrojaron en las aguas pestilentes de los lagos.

Cuenta la leyenda que desde entonces cada viento o remolino lleva consigo el alma penante de aquel suicida, que al no tener santa sepultura permanecerá vagando por la eternidad como penitencia.

FUENTE: https://mitosyleyendas.org.mx

La Aduana de Santo Domingo.

¿Leyenda?… ¿Historia?… sea lo que fuere debemos relatar lo que se cuenta acerca de la construcción de este edificio, en la que entró como razón principal el amor de un noble y rico caballero, a distinguida dama, hermosa y de alto linaje.

A principios del siglo XVIII, vivía en la corte de la Nueva España don Juan Gutiérrez Rubín de Celis, rico y noble caballero, coronel del Regimiento “Tres Villas”, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, y que, según afirman varios cronistas de la época, poseía también el hábito de Calatrava, así como el cargo de Prior del Consulado, nombramiento que había recibido del Virrey Don Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte. Esto le hacía ser respetado y gozar de distinciones en las altas esferas sociales y nobles del Virreinato.

Don Juan vivía en medio del lujo más grande y la suntuosidad más refinada; jamás se le veía a pie, siempre en su carroza o en su litera forrada de seda. Le gustaba vestir con la elegancia más costosa de aquellos días, y afirma más de un historiador, que en 1716, durante los festejos de la toma de posesión del Gobierno por el Marqués de Valero, llevaba tal cantidad de joyas sobre su traje, que solamente los bordados de perlas del casacón representaban la suma de treinta mil pesos, por cuyo dato se calculará el valor de sus cadenas, sortijas, de los alfileres sobre el encaje de la corbata, los broches en el sombrero, y demás brillantes preseas.

En el nobilísimo y nada joven caballero, se despertó loca y profunda pasión amorosa por la linda doncella Doña Sara de García Somera y Acuña, parienta del Virrey Marqués de Casafuerte, la cual dudaba en corresponder a aquel amor, por el carácter especial del enamorado que no presagiaba mucha felicidad en el matrimonio para el día de mañana.

Pero eran tantas las promesas y tantos los juramentos del apasionado pretendiente que allá por el año 1741, correspondió Doña Sara a las pretensiones de Don Juan, pero con una sola condición, algo rara en efecto, pero indispensable para conseguir la mano de la dama, y fue ésta: que el apasionado caballero concluyera en el plazo improrrogable de seis meses las obras del edificio de la Aduana, cuya construcción se había empezado años antes y estaba completamente abandonada. Algo le extrañó la condición, pero como el amor es poderoso cuando se adueña de las voluntades, sacudió Don Juan su manera de ser abandonada y fría, aceptando el requisito que se le imponía, y con actividad en él desusada, puso mano a la obra sin escatimar gasto alguno ni esfuerzo de ninguna clase, para salir airoso de la empresa.

No encontró ningún arquitecto que se comprometiera en ese plazo, a terminar el edificio y él en persona se convirtió en director de la obra. Hizo traer negros para que trabajasen día y noche, con teas encendidas se realizaban estos trabajos cuando la luz del sol faltaba; distribuyó entre los canteros, todos cuantos existían en la ciudad, las piedras que habían de labrar; mandó construir apresuradamente balcones y barandales de hierro; al mismo tiempo hizo que cientos de carpinteros construyeran bastidores, puertas, frontis y ventanas, vigilándolo todo él, antes holgazán caballero, que al presente desplegaba una actividad extraordinaria descansando apenas unas cuantas horas para dormir.

De esta manera, empeñoso y con tesonera constancia, tres días antes de expirar el plazo fijado por la dama de sus pensamientos, se puso de gala y, en su mejor coche, se dirigió a la casa de la amada a la que, en un cojín de terciopelo, hizo entrega de las llaves del edificio ya terminado y le pidió que cumpliera su palabra de ser su esposa, ya que él había cumplido la suya de terminar el edificio. Doña Sara cumplió su palabra. Se verificó el matrimonio en agosto de ese mismo año y Don Juan, para dejar un recuerdo de su amada a las generaciones futuras, mandó esculpir sobre un arco una inscripción acróstica, en la cual se puede leer lo siguiente:

“Siendo Prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis, Caballero de la Orden de Santiago, y Cónsules don Gaspar de Alvarado, de la misma Orden y don Lucas Serafín Chacón, se acabó la fábrica de esta Aduana, a 28 de junio de 1741 “.

Algunos historiadores dicen, que doña Sara puso la condición a Don Juan aconsejada por el Virrey Marqués de Casafuerte.

Tal es la historia de cómo se construyó el edificio mencionado.

Observadores escrupulosos han hecho notar que la prisa con que se construyó se destaca en lo defectuoso de algunas partes, sobre todo en las piezas de hierro forjado, que no tienen la finura y delicadeza debida.

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