Los berbalangos ¿Hombres-polilla en Filipinas?

Por Sergio Villanueva / Espacio Abierto

Existe en las Filipinas una isla que se conoce como Cagayan Sulu. Se cree desde hace muchos años que, sobre ella, habita una extraña especie de hombres que, muy parecidos a los hombres normales, tienen unas extrañas peculiaridades: practican el vampirismo y necesitan beber sangre (humana o animal). Sus ojos son muy parecidos a los de los gatos; tienen la costumbre de profanar las tumbas de los recién decesos y devorar sus vísceras, principalmente corazón e hígado, por los que sienten dilección. Poseen grandes alas. Al volar emiten un sonido muy parecido al gemido, que curiosamente es más intenso tanto más alejados se hallan de sus víctimas. Destacan por encima de todo, y es lo que más temor provoca entre los isleños: dos grandes ojos como antorchas, que resplandecen en la noche.

Como vemos, el hecho de ser seres alados que atacan a los hombres y también a otros animales, que destacan sus ojos como luces y que emiten un extraño sonido parecido a un gemido (el chillido de un ratón, alegaron unos testigos de Virginia Occidental) parece que nos fuerza a relacionar a las mismas criaturas.

El caso más documentado sobre el tema se remonta a los últimos años de posesión española de las Islas Filipinas en que el cronista Sr. Skertchley, viajó a dichas islas, y acompañado de un guía nativo que le relató los extraños sucesos que allí acontecían se adentró en la jungla, acompañado de Matali (el nombre del guía).

En un momento dado, y cuando el filipino le aseguró que estaban llegando hasta donde los extraños seres vampíricos, oyeron un sonido de gemidos, y ambos se echaron al suelo. A los pocos segundos vieron unas luces que parecían sobrevolarles y que pasaron por encima de sus cabezas. Aquellos ojos como antorchas se dirigieron a casa de un conocido de ambos; la choza de un tal Hassan.

Decidieron esperar a que se hiciera de día para entrar en la choza  armados con unos kris (típicos cuchillos del lugar) aunque en el último instante el filipino se negó a entrar en su interior. El americano describe la escena de la siguiente manera: “llamé a gritos varias veces y nadie me contestó por lo que decidí entrar tras dar un fuerte empujón a la puerta que estaba cerrada. Miré alrededor y no había nadie, pero al adentrarme un poco más, observé que sobre la cama había un gran bulto; con las manos crispadas, la mirada desencajada, y los ojos horrorizados; quien así yacía era Hassan, muerto y sin una gota de sangre a su alrededor”.

En otras islas del mismo archipiélago, se habla con cierto temor de unas criaturas que son conocidas como demonios de los bosques. Todos los que han visto a dichos seres destacan que sus ojos son como dos luces, y que tienen por costumbre atacar a los hombres y otros animales.

Durante el conflicto bélico que azotó las Filipinas en 1898, una patrulla del ejército americano se adentró en la jungla en busca de una partida de guerrilleros tagalos. Uno de los soldados se desvió del resto de su unidad, y cuando a los pocos días lo encontraron, aseguró haberse topado con un ente de pequeña talla y que tenía unos ojos brillantes como antorchas. El soldado perdió totalmente el juicio y pasó el resto de sus días repitiendo la salmodia: “esos ojos, esos terribles ojos”.

También durante la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados tanto aliados como japoneses, afirmaron haber visto e incluso haber sido atacados tanto ellos como las mulas que empleaban para el transporte, por un extraño ser de ojos como linternas y que se movía con gran agilidad, incluso un militar americano lo definió como un ser que aparece y desaparece como por arte de magia. Finalizadas las hostilidades, algunos científicos se ocuparon del asunto, y así mientras los más conservadores culpaban de tales hechos a los pobres pigmeos aetas, una pequeña tribu que habita en las zonas más recónditas de estas islas; otros científicos entre los que destaca el padre de la Criptozoología, Doctor Bernard heuvelmans, adujo que se podía tratar de alguna especie de animal como el tarsero, el más misterioso de los primates conocidos. Se trata de una criatura pequeña, velluda, de rostro plano y redondo, ocupado éste por su totalidad por dos grandes y brillantes ojos. Existe además una rara bestezuela que los científicos han querido identificar con el tarsero; se trata del yara-ma–ya-wo, una criatura que es definida como un animal con aspecto de rana pero con cuerpo de hombrecillo. Esta criatura tiene la mala costumbre de lanzarse sobre todo bicho viviente, especialmente niños, y, citamos textualmente al Doctor Heuvelmans: “con el auxilio de unas ventosas que posee, se pega literalmente a sus víctimas a las cuales vacía por succión de toda su substancia”.

Como reflexiona Aracil, el hecho correspondiente a la succión de la substancia de sus víctimas, los ojos relucientes como luces, y en el caso de los berbalangos, el rasgo de volar, nos hace recordar al chupacabras más que a ese pequeño mamífero que se conoce como tarsero (Tarsius spectrum) y que lógicamente es sobradamente conocido por los nativos de aquellas tierras.

Sobre qué grado de verdad existe en estas leyendas, es poco lo que se sabe, pues se trata de una isla lejana en un archipiélago como el filipino que en muchas zonas aún se conserva casi virgen; pero lo cierto es que sobre el asunto de los berbalangos se han ocupado investigadores como Ethelbert Forbes (Cagayan Sulu, Legends and Superstitions) o el mismísimo cazador de misterios además de escritor e informador radiofónico, Rupert T. Gould, autor del ya clásico Oddities (en versión castellana Misterios de la Tierra).

FUENTE: http://www.laentradasecreta.com

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El misterioso monstruo de Sutton.

Demos un salto atrás en el tiempo, a fin de reanudar el hilo de  nuestra historia con un caso verdaderamente alucinante.

Otro de los casos del drama platillista se produjo el 12 de setiembre de 1952 y todavía no ha recibido explicación. La noche del día citado, que era un viernes, en el Estado de Virginia se vio al atardecer un objeto resplandeciente que cruzó el cielo ante millares de testigos. Entre ellos se hallaban Mrs. Kathleen, sus tres hijos y Gene Lemon, miembro de la Guardia Nacional, de diecisiete años de edad. Todos ellos vivían en la población de Sutton. A todos ellos les pareció que el objeto había caido en una colina próxima, aunque no podían asegurarlo.

Cuando ascendieron la loma ya era noche cerrada, por lo que Gene Lemon encendió su lámpara eléctrica. Lo primero que les llamó la atención fue un olor desagradable y asfixiante. Conforme se iban acercando al lugar donde suponían que había caído el objeto, la luz de la linterna hizo brillar dos ojos. El joven Lemon, creyendo hallarse ante una lechuza, la enfocó.

A la plena luz de la lámpara apareció una enorme figura, de casi tres metros de altura, con la cara roja y sudorosa y los ojos saltones, con una separación entre sí de más de un palmo. El corpachón del monstruo aparecía de color verde, con un suave brillo mate. De repente, lanzó un extraño silbido y se dirigió hacia él con paso elástico, como si se tratase de los botes de una pelota.

Los muchachos y Mrs. May, aterrorizados, pusieron pies en polvorosa colina abajo. Mrs. May corrió a telefonear al sheriff y mientras tanto su madre advirtió que las caras de sus nietos estaban cubiertas por una extraña sustancia viscosa. Al poco rato, se sintieron enfermos, con náuseas, y terminaron vomitando. Poco tiempo después se les hinchó el cuello.

La niebla empezaba a cubrir la colina cuando llegó el sheriff. Por dos veces intentó que sus perros le llevasen hasta el lugar donde había sido visto el monstruo. Los canes huían cada vez aullando y con el rabo entre piernas, por lo que el sheriff decidió esperar a la mañana siguiente.

El estado del Lemon se agravó durante la noche. Fue presa de débiles convulsiones, que lo mantuvieron toda la noche despierto. Su garganta se encontraba extrañamente inflamada, lo mismo que la de los hijos de Mrs. May. El médico que los visitó comparó aquellos efectos con los que podría haber producido el gas mostaza.

Según manifestó un miembro del consejo de administración de la escuela local, una extraña máquina despegó de la cumbre de la colina poco después del amanecer. El sheriff y sus hombres, cuando registraron aquella zona, encontraron huellas en el suelo, la hierba estaba aplastada y había unos pedazos de algo que parecía plástico negro. Pero no hallaron rastros de la terrorífica aparición que habían descrito Mrs. May y los muchachos.

Cuando los periodistas pidieron al ATIC su opinión acerca del monstruo de Sutton, los técnicos del Proyecto Bluebook eludieron la pregunta diciendo que se trataba simplemente de una alucinación creada por un meteoro que cruzó sobre la comarca y que ni siquiera tenían intención de molestarse enviando investigadores.

Sin embargo, las Fuerzas Aéreas no hicieron caso omiso al informe de Sutton, ni mucho menos. Para obtener todos los detalles que les interesaban sin llamar la atención, se valieron de la Policía del Estado de Virginia Occidental. Después, dos agentes vestidos de paisano y haciéndose pasar por periodistas, interrogaron a los testigos.

Algunos meses después, en enero de 1953, Keyhoe se enteró de la verdad sobre el asunto de Sutton. Según las informaciones secretas que había recogido el ATIC, en primer lugar el objeto que Mrs. May y los chicos habían visto no era en realidad más que un meteoro, que, al desaparecer en su carrera tras la colina, les dio la falsa impresión de que aterrizaba en ella. En segundo lugar, los ojos brillantes pertenecían efectivamente a una lechuza y, por último, el enorme cuerpo del monstruo no era más que un vulgarísimo tronco de árbol que, a la sobreexcitada imaginación de los testigos, apareció bajo aquella forma terrorifica. Y como colofón, los trastornos físicos del pobre Lemon tenían su origen, pura y simplemente, en el miedo que había experimentado (a pesar de que en el dictamen del médico no se afirmaba tal cosa). Un punto quedó por aclarar, puesto que los investigadores civiles que examinaron la cumbre de la colina descubrieran allí unas huellas que no confirmaban en absoluto la hipótesis del ATIC).

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Una misteriosa figura aparece en la foto de venta de un inmueble.

Mientras se encontraba navegando por un portal dedicado a la compra-venta de inmuebles, un hombre de Georgia notó algo extraño en una de las fotografías de un anuncio de venta de una casa.

La casa de cuatro dormitorios y construída con ladrillo se encuentra en la ciudad de Evans, Georgia y se vende por un precio de 195000 dólares. El anuncio tiene 21 fotos de las distintas dependencias de la casa, pero en la foto número 5 se puede observar un perfil, una extraña sombra que parece bajar por la escalera.

Algunas personas creen que lo que se ha fotografiado es realmente un fantasma, pero otras personas piensan que hay una explicación sencilla para ello y se trata de una ilusión creada por una baja velocidad de obturación en el momento del disparo de la cámara fotográfica.

Esta no es la primera vez que fotografían a un presunto fantasma en una fotografía de casas en venta. En agosto de 2013 encontraron también una extraña imagen en la foto de una casa de Florida.

¿Se trata de una broma? ¿Un montaje? ¿Un fantasma real? ¿Un efecto de la técnica fotográfica?

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Demandan a un agente inmobiliario por vender una casa embrujada.

Janet Milliken, una mujer de 59 años denunció a su agente inmobiliario por venderle una casa embrujada y no revelarle que en ella ocurrió un asesinato y suicidio.

Janet compró su actual casa en Thornton, Pensilvania por 610000 dólares. La mujer, madre y viuda, se trasladó desde California junto a sus dos hijos en el verano del 2007 tras el fallecimiento de su esposo.

 

Tras vivir allí algunas semanas, los miembros de la familia tuvieron conocimiento de que aquella casa tenía una oscura y trágica historia. Algunos vecinos dijeron a Janet que en 2006 ocurrió un asesinato y suicidio y creían que la casa estaba encantada.

El 11 de febrero de 2006, el anterior propietario de la casa, Konstantinos Koumboulis, acabó con la vida de su mujer con un disparo, luego se trasladó a su dormitorio y allí se quitó la vida.

Meses más tarde la casa fue vendida a un matrimonio por 450000 dólares y tras enterarse del trágico acontecimiento la pareja decidió vender la casa a Janet en junio de 2007 sin conocimiento de este suceso.

Fue entonces cuando Milliken decidió demandar a la agencia inmobiliaria y a su agente por no revelarle este detalle. Sin embargo el juez emitió una sentencia a favor de los acusados declarando que la ley estatal no obliga a los vendedores a notificar a los compradores sucesos como el ocurrido en la casa.

Posteriormente se realizaron apelaciones, y en 2012 un panel de la corte del estado confirmó la decisión del juez.

Pero Milliken no se quedó pasiva ante hechos como este, así que en 2013, su abogado Tim Rayne presentó una petición ante la Corte Suprema de Pensilvania. Para Rayne “un hecho atroz ocurrido en el interior de una vivienda puede ser tan perjudicial y preocupante para un futuro propietario, como si tuviera algún defecto físico”. Según el abogado, los vendedores deberían poner en conocimiento de los compradores toda la historia de la propiedad.

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El enigma de las Casas Encantadas.

El enigma de las casas encantadas sigue siendo un tema estremecedor y en muchas ocasiones inexplicado. En la actualidad siguen siendo numerosos los casos de personas que aseguran haber presenciado apariciones fantasmales, e incluso en algunos casos, cohabitar con esas entidades del más allá…

En diciembre de 1997, llegaba a nuestros oídos el curioso testimonio de Armando, quien narraba un extraño fenómeno que se estaba produciendo en su casa desde hacía algún tiempo.

Armando L., natural de Ferrol, nos decía que sin causa aparente desde el fallecimiento de su cuñado, los electrodomésticos parecían tener vida propia, también los vasos y los platos estallaban solos, y lo más sorprendente, es que la entidad del difunto se le aparecía en ocasiones a su esposa, pudiendo ésta incluso mantener conversaciones con él.

Todo empezó un día en el que Carmen S. se encontraba realizando las compras en un supermercado y creyó escuchar una voz familiar que la llamaba por su nombre. La mujer, reconoció la voz al momento. Sorprendida y asustada, no acertó ni a darse la vuelta… era su hermano menor, fallecido dos años atrás de una enfermedad.

La voz continuaba hablándole y le previno que realizara el viaje a Cádiz que planeaba hacer con su marido… luego no oyó nada más. Cuando finalmente se giró, no vió a nadie.

Al llegar a casa, Carmen comentó lo sucedido a su marido, y extrañados, decidieron hacer caso a esa voz o “intuición”, anulando por fortuna el viaje que llevaban planeando. Curiosamente, al pasar una revisión al automóvil pudieron comprobar que los frenos estaban rotos y que un accidente hubiese sido muy probable en esas condiciones…

Todo podría haberse quedado en una mera anécdota si no fuera por que al mismo tiempo, una serie de extraños fenómenos se empezaban a producir en la casa: los electrodomésticos se encendían y apagaban solos, los vasos y los platos se movían y estallaban, el contestador automático se ponía en marcha, etc.

En dos ocasiones se produjo un fenómeno de lo más desconcertante. Al sonar el teléfono y descolgar Carmen, reconoció la misma voz de su hermano al otro lado del hilo diciendo: “Hola hermana, soy yo. ¿Me reconoces?“.

Pero sin duda la experiencia más asombrosa y espeluznante fue cuando la entidad se le apareció. Una noche estando en la cama, pudo distinguir una luz muy clara y cómo dentro de ésta se iba modelando una silueta. Al querer tocarla notó como si su mano “la traspasase”, según sus propias palabras. La figura volvió a hablarle, previniéndoles de nuevo de otro incidente. Pero esta vez determinaron no seguir la advertencia… y desgraciadamente al poco tiempo su marido se ve implicado en un trágico accidente de circulación. ¿Casualidad?

El agresor invisible

Aunque en el caso de Armando la “entidad” se mostraba de lo más inofensiva e incluso protectora, no ocurre así en todas las ocasiones.

Alberto C., ex legionario residente en Miño (La Coruña) y su mujer, se vieron obligados a abandonar el piso dónde residían tras haber sido “víctimas” de una inquietante experiencia poltergeist. Una noche, se despertaron bruscamente oyendo los ladridos asustados y los arañazos de su perro en la puerta intentando entrar en la habitación en la que el matrimonio dormía, tratando de huir de una posible amenaza o de algo que lo estaba aterrorizando. Al mismo tiempo comienzan a escucharse unos potentes ruidos como si alguien golpease vigorosamente las paredes, y al abrir la puerta, Alberto pudo contemplar asombrado como varios objetos volaban por los aires estrellándose contra las paredes. Momentos después, el perro también era alzado como si alguien invisible lo sujetase para luego arrojarlo fuertemente contra la puerta de un armario. “Era como si alguien le hubiera propinado una tremenda patada, y el perro salió disparado a gran velocidad…“, nos contaba Alberto estremeciéndose sólo con recordarlo.

Como los ruidos, golpes y temblores continuaban produciéndose los días posteriores, el matrimonio, asustado por los extraordinarios incidentes, decidieron abandonar la casa y ponerla a la venta. Desde entonces no han vuelto por allí.

Sugestiones del más acá…

Si bien la mayoría de las investigaciones realizadas sobre las casas encantadas o los asombrosos fenómenos poltergeist no tienen explicación aparente, en algunas ocasiones sí se determina el factor de origen de estos casos . A veces, las personas implicadas en este tipo de fenómenos se dejan sugestionar por los medios de comunicación o simplemente por miedo, y cualquier tipo de coincidencia o fenómeno natural puede inducirlos al engaño y obsesionarlos hasta tal punto que toda coincidencia o evidencia natural es representada de manera obsesiva como una manifestación de lo paranormal.

Este es el caso de Patricia G., una joven coruñesa que sufrió un shock emocional creyendo que su casa estaba endemoniada.

Patricia estaba a punto de mudarse con su hijo y una amiga a una casa de campo en la que había muerto una anciana dos años antes.

Por una trágica casualidad, su amiga sufre un fulminante paro cardíaco la primera noche que pasan allí, y a la mañana siguiente, cual no sería el espanto de la mujer al ver a su amiga muerta.

Recordando que en ese lugar ya había fallecido una mujer anteriormente, comienza a relacionar todos los acontecimientos que estaban pasando en la casa, y el trauma la llevó a abandonar inmediatamente la vivienda y a mudarse a casa de los padres, negándose a pasar una noche más en aquel lugar “embrujado”.

Al mudarse, la dueña le había advertido que no aguantarían mucho tiempo en la casa. Mientras que la mujer se habría posiblemente referido al mal estado de la vivienda, Patricia lo interpretó como un augurio de que algo malo iba a pasarles en aquel siniestro lugar en el que ya había fallecido una persona.

Un conocido investigador de lo anómalo, sospechando que el miedo de la mujer se debía a la sugestión inducida por todas esas casualidades, llegó a pasar una noche allí relizando psicofonías y barridos fotográficos sin ningún resultado que confirmase algún tipo de presencia paranormal.

Según sus propias deducciones, “En aquel lugar ‘embrujado’ cualquier sonido, la contracción de las maderas o una corriente de aire podían disparar las imaginaciones menos fecundadas. Incluso aquella noche estando en plena experiencia psicofónica, se fue la luz de repente por un apagón que afectaba al tendido eléctrico de toda la zona. Afortunadamente Patricia no se había quedado en la casa conmigo, sino cualquier incidente similar podría haber desatado una crisis histérica.”

A pesar de todo, ante este tipo de fenómenos la duda se sigue planteando. ¿Se trata de un difunto que trata de testimoniar su presencia?, ¿Son acciones psíquicas realizadas por personas involuntariamente? Hoy por hoy, son tantos los testimonios y las manifestaciones misteriosas en lugares determinados, que por muy extraños que puedan parecer los hechos, la fenomenología que compone el mundo de las casas encantadas es, en todo caso, real. Y sino, pregunten a las personas que las ocupan…

Por Pili Abeijón

FUENTE: http://www.laentradasecreta.com/

Las impertinentes manos fantasmas de Pennsylvania.

Era el año 1913, y en la pequeña ciudad de Latrobe, Pennsylvania, algo terrible sucedió dentro de los hogares de varias familias. A medida que corría la noticia, las casas fueron salpicadas a lo largo de los suburbios en expansión de la tranquila ciudad. Todo comenzó cuando un banquero llamado Herman Relig se mudó con su familia a una vieja casa alquilada en la calle Cherry.

En su primera noche en la casa la señora Relig y su bebé acababan de sentarse para cenar. Los dos estaban solos en su nueva casa cuando una sensación de intranquilidad comenzó a deslizarse sobre ella. Era una creciente sensación constante de que alguien o algo había entrado en el comedor. Ella trató de ignorar la sensación al principio, pero conforme pasaban los minutos, la sensación se hizo más fuerte. La Sra. Relig empezó a sentir como si estuviera siendo observada a través del cuarto sin embargo, veía que no había nadie allí.

La Sra. Relig continuó mirando por encima de sus hombros como si esperara que alguien estuviera allí. Esperando a alguien que estuviera sentado en el rincón oscuro de la habitación dirigiéndose hacia ella. En lugar de ello, lo único que podía ver era la oscuridad que invadía la habitación iluminada con velas. De repente, sin previo aviso, todos los platos que estaban en la mesa delante de ella se movieron estrellándose en el suelo con un fuerte estruendo que hizo saltar tanto a la señora Relig como a su bebé.

La Sra. Relig se puso de pie y miró alrededor de la habitación vacía. Ella colocó cuidadosamente a su bebé en la silla y se acercó al otro lado de la mesa del comedor para encontrar a sus platos y la cena esparcidos por el suelo. Temblaba de miedo, en busca de una explicación de lo que podría haber causado que sus platos de repente saltaran de la mesa cuando sintió un par de manos rodeando su cintura. Sintió unas manos heladas y los dedos de la comprimían mientras corrían a través de su cintura.

La Sra. Relig dejó escapar un grito espeluznante ya que no había nadie más en la casa, además de ella y su bebé. No había nadie a su alrededor y todavía podía sentir cada detalle de las manos y los brazos del fantasma envolviéndose alrededor de su cuerpo. La Sra. Relig huyó de su casa completamente aterrada.

Sin embargo la calle Cherry no era el único sitio del barrio que había sido visitada por las manos fantasmales. Un día después del incidente de la señora Relig, los Waldenecks comenzaron a experimentar casi los mismos fenómenos aterradores en el interior de su casa en la calle Spring.

La familia Waldeneck la formaba un padre, una madre y dos hijas adolescentes llamadas Florence y Katherine. Fue en esa noche que la familia fue testigo de cómo la leñá de su estufa levitaba del suelo y flotar en el aire delante de la familia aterrorizada. Al igual que con la señora Relig, las hijas pronto sintieron las manos fantasmales acariciando sus cinturas y cuerpos.

La extraña actividad poltergeist rápidamente visitó otras cuatro familias a través de la ciudad de Latrobe en febrero de 1913. Los Semplers, Kingbrooks, Cartos y Donnelleys fueron testigos de inexplicables y aterradores sucesos ocurridos en sus hogares. Al igual que las otras dos familias, todos ellos también reportaron que las mujeres en el hogar habían sido abordadas por un par de manos fantasmales.

Y entonces, al igual que cómo había comenzado, las visitas fantasmales se detuvieron de repente. Por lo que la policía supo que nadie reportó más perturbaciones extrañas en la ciudad. Con el tiempo, los que habían oído hablar de los sucesos fantasmales pronto olvidaron todas los testimonios. Sin embargo, para los que habían sido visitados como la señora Relig la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué pasó aquel frío mes de febrero en la pequeña ciudad de Latrobe?

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Bolas de Fuego en una casa de Rusia.

Varios fenómenos de los llamados “de infestación” o de “poltergeists” se produjeron el siglo pasado en una granja de Rusia, cuyo propietario era el señor Schtchapov, quien relató lo que le pasó a él y a su familia:

“Era el 16 de noviembre de 1870, al caer la noche. Yo volvía a mi casa después de un viaje de algunos días. Vivíamos en esa granja desde hacía un año y medio. Mi familia se componía de dos señoras ancianas (mi madre y mi suegra, de unos 60 años), de mi mujer, que tenía entonces 20 años, y de una niña de pecho, mi hija.”

“Apenas dichas las primeras palabras de saludo de bienvenida, me dijo mi mujer que las dos últimas noches no se había casi dormido en casa, debido a oírse unos ruidos extraños, y grandes golpes en el granero de la casa, en las paredes, en las ventanas. De lo cual había deducido mi mujer que la casa se hallaba encantada por el diablo”.

Después cuenta el señor Schtchapov que también él, durante cinco noches seguidas, oyó golpes extraños que se producían casi sin interrupción ya en las paredes, ya en las ventanas. Que estos golpes se renovaron el día 23 de diciembre y duraron también varios días, y entonces empezaron a cambiar inopinadamente de sitio varios objetos y, cosa curiosísima, mientras los cuerpos suaves caían al suelo produciendo el ruido característico de los cuerpos duros, los que eran duros realmente no producían ningún choque. La noche de Año Nuevo (1871) se volvieron a oír otra vez los golpes, y en esta ocasión el fenómeno pudo ser observado por una reunión de personas bastante numerosa. A las personas que estaban fuera les parecía que los golpes eran dados en el interior de la casa, y las que estaban dentro decían que los golpes eran dados en la pared, por la parte de afuera. Luego continúa diciendo el señor Schtchapov:

“El día 8 de enero mi mujer vio un globo luminoso saliendo de debajo de la cama, de pequeño tamaño primeramente y luego, según su decir, aumentando hasta el volumen de una sopera y ofreciendo una gran semejanza con una pelota de goma encarnada. Le causó su contemplación tal susto que cayó desvanecida”.

“Otro día, mientras estaba tomando el té de las cinco, oyó mi mujer nuevos golpes dados en el brazo del canapé en que estaba sentada y cuando me coloqué yo en su sitio los golpes fueron dados en el lugar donde ella se sentó, sobre el encerado del canapé y hasta en los pliegues de su vestido de lana. La seguían los golpes por todas partes de la casa. Francamente, empezábamos todos a tener miedo. La inflexible realidad de esos fenómenos produciéndose a la luz del día y tan íntimamente unidos a los pasos de mi mujer nos afligía muchísimo y a mi pobre esposa hasta la hacía llorar”.

“Mi mujer sentía una debilidad muy grande y una fuerte necesidad de dormir siempre que debían producirse los fenómenos y si en ese momento se hallaba en la cama caía en un profundo sueño”.

“Un día, al volver tarde a casa y cuando mi esposa estuvo en la cama, volvieron los golpes y objetos de todas clases fueron lanzados a través de las habitaciones, muy peligrosos algunos, pues un cuchillo que estaba encima de la estufa fue proyectado con fuerza extraordinaria contra la puerta. Desde entonces, poníamos en lugar seguro todos los objetos cortantes o pesados. Pero fue trabajo perdido: sucedía con frecuencia durante la noche que los cuchillos y tenedores, cerrados cuidadosamente por nosotros en un armario, se dispersaban violentamente por toda la estancia, y algunos venían a dar contra la pared, muy cerca de nuestro lecho”.

“Confieso que empezaba a temer seriamente tales manifestaciones, que comenzaban a hacerse terribles, por lo que acogía con verdadero reconocimiento a cuantas personas venían entonces a visitarme y se quedaban con nosotros por la noche, movidas por el interés o la curiosidad.”

“Con todo cuidado y cronológicamente, varias personas que fueron a estudiar los fenómenos y yo íbamos registrando en un cuaderno especial las manifestaciones. Hacíamos por turno guardia en el cuarto de mi mujer, en donde ordinariamente comenzaban los golpes”.

“Intentamos al principio someter los fenómenos a una clasificación, dividiéndolos en varias categorías. Pero siempre, como si fuese hecho expresamente, se producía algún hecho para desmentir nuestra clasificación. Por ejemplo, al comienzo de nuestras observaciones seguimos con la mirada el vuelo de los objetos que, lanzados de la mesa por una fuerza invisible, se dirigían hacia todos los lados de la estancia, alejándose siempre del lugar en que mi mujer se hallaba, lo cual nos llevó a la conclusión de que mi esposa estaba dotada de una fuerza de repulsión, una especie de corriente negativa. Pero he aquí que de pronto hubimos de llegar a una conclusión absolutamente contraria. Mi mujer se acercó al armario y apenas lo hubo abierto, una gran cantidad de objetos se lanzaron con ímpetu sobre ella para luego dirigirse en todas direcciones. Sin embargo, aunque procurábamos estar constantemente cerca de mi mujer y no perderla ni un momento de vista, nunca logramos ver el instante preciso en que los objetos se ponían en movimiento. No lográbamos verlos sino en el curso de su trayectoria o en el momento de caer. Persistiendo en nuestro estudio, rogamos a mi mujer que fuese tocando los objetos todos que había en el armario, uno después de otro. Pero mientras nosotros mirábamos de cerca nada se movió. Mas, de pronto, un objeto cualquiera, como una cuchara, cuando nadie tenía fijos sus ojos en él, se lanzaba al espacio y pasando por encima de nuestras cabezas iba a caer a una distancia regular. En tales condiciones fue necesario atribuir a mi mujer una fuerza de atracción, como ya le habíamos atribuído una fuerza de repulsión. De manera que a cada momento nos hallábamos frente a hechos contradictorios que destruían todas nuestras suposiciones”.

“Todo esto era nuevo para nosotros, pues en aquella época todavía no se hablaba de fenómenos psíquicos. El señor Akutin, un ingeniero químico que estaba estudiando los fenómenos declaró que en vista de que los mismos no podían ser incluídos en ninguna de las categorías definidas por la ciencia y que, no obstante, los hechos eran evidentes y de una realidad para él indiscutible, se abstenía por el momento de aplicarles teoría científica alguna y se limitaba a designarlos con el nombre de elenismo, por llamarse mi mujer Elena.”

“En algunos casos se produjeron las manifestaciones sin necesitar la presencia de mi esposa.”

“Un día, al declinar la tarde, vi un pesado canapé hacer piruetas por el aire y caer otra vez sobre sus cuatro patas, estando mi madre tendida en él, con gran terror por su parte, naturalmente”.

“Tuve también ocasión por dos veces, de comprobar lo que se llama ahora “fenómenos de materialización” y que entonces teníamos nosotros por cosas del diablo”.

“Otro día vio mi mujer en la parte exterior de la ventana una mano fina y sonrosada como la de un niño, con unas uñas muy lisas, que tamborileaba sobre los cristales. En ese mismo lugar y sorprendida otro día por la vista de dos formas vivas muy semejantes a las sanguijuelas, las cuales produjeron en ella una impresión tan desagradable que se desvaneció. Otra vez fui yo mismo testigo de un fenómeno semejante. Mi mujer dormía. Yo me hallaba solo en casa, y había pasado ya bastante tiempo espiando para descubrir al autor de los golpes que se oían en el suelo, en el cuarto de mi mujer. Tenía yo todavía la sospecha de que podía producirlos mi esposa fingiendo dormir. Muy quedo me acerqué muchas veces hasta la puerta, pero cuantas veces dirigí mi furtiva mirada al interior del cuarto cesaban los golpes, para comenzar de nuevo en cuanto me alejaba o volvía siquiera los ojos a otro lado, como si lo hiciera expresamente para burlarse de mí”.

“Pero una vez, creo que fue la vigésima, hice bruscamente irrupción en el cuarto en el momento preciso en que comenzaban de nuevo los golpes, y me detuve en el umbral, helado de espanto. Una manecita rosada de niño, se levantó bruscamente del suelo y desapareció bajo las sábanas de mi mujer dormida, y yo pude ver perfectamente cómo ondulaba el cobertor de un modo inexplicable, indicando el paso de aquella manecita desde los pies de la cama hasta cerca de los hombros de mi mujer, donde por fin se quedó quieta”.

“En otra oportunidad, mientras nos hallábamos todos reunidos en la sala grande, una luz azulada apareció debajo del lavabo, en el cuarto contiguo, y se dirigió hacia el cuarto de mi mujer, que no se hallaba entonces allí, y casi instantáneamente vimos que algo estaba ardiendo en esa última estancia. Mi suegra, que estaba allí, se me adelantó y se ocupaba ya en apagar el fuego, sobre el cual había echado un cántaro de agua. Me detuve yo en la puerta, sin dejar pasar a nadie, y me puse a examinar si no podía el fuego haber sido producido por alguna otra causa, fuera de la chispa que todos habíamos visto, y no pude descubrir absolutamente nada. Un fuerte olor a azufre llenaba la estancia, despedido por la ropa quemada, que estaba caliente todavía y despedía un gran vapor como cuando se echa agua sobre un hierro calentado al blanco”.

“Un día me vi obligado a ausentarme para un negocio muy urgente. Con pena abandoné a mi familia en momentos tan precarios y para mayor tranquilidad mía rogué a un joven vecino nuestro que se quedase en casa durante mi ausencia”.

“Al volver a mi casa, después de varios días, me encontré a mi familia haciendo las maletas y dispuestos a marcharse”.

“Me dijeron que ya era imposible vivir en aquella casa, pues objetos de toda clase se inflamaban espontáneamente. Me relataron que la noche de mi partida, las manifestaciones fueron acompañadas de globos luminosos que aparecían delante de la ventana que da al corredor exterior. viéronse muchos de esos globos, y presentaban distintos tamaños, variando entre el de una manzana grande y una nuez, de un color rojo oscuro o violeta claro, y más bien opacos que transparentes”.

“Esa especie de meteoros se sucedieron bastante tiempo. Ocurría que uno de estos globos de fuego se acercaba a la ventana, daba numerosas vueltas por la parte exterior de los cristales y desaparecía sin ruido alguno, reemplazado por otro globo que venía de la parte opuesta, y aun muchas veces sucedió que se presentaron varios a un tiempo”.

“Esos globos, lo mismo que fuegos fatuos, parecían querer entrar en la casa. Mi mujer no dormía todavía entonces. La noche siguiente sucedió que estando mi familia sentada en la escalera exterior de la casa, pues el tiempo era caluroso, vio nuestro joven vecino al entrar un momento que una de las camas estaba ardiendo. Pidió socorro y empezó por tirar al suelo las ropas incendiadas y después de haber apagado las llamas y mirado cuidadosamente que no quedase rescoldo en ningún sitio, salió para dar cuenta de lo que había sucedido, y mientras estaban todos extrañados, sin acertar a explicarse cómo pudo producirse el incendio, pues no había en el cuarto ni luz ni fuego encendido, notaron que un fuerte olor a chamusquina salía otra vez del propio cuarto.”

 

“Esta vez era el colchón el que ardía por debajo y había ya el fuego tomado tal incremento que era imposible atribuirlo a una falta de atención por parte del que había apagado el incendio primitivo”.

“Pero habían sucedido cosas mucho más graves aún, a consecuencia de las cuales la estancia en esa casa hacíase ya absolutamente imposible”.

“Era necesario cambiar de habitación enseguida, a pesar de las dificultades que para el traslado nos ocasionaría el deshielo y las crecidas que habían comenzado ya”.

“Y no de esos días en que yo estuve ausente, nuestro joven vecino estaba en mi casa tocando tranquilamente la guitarra. Acababa de salir otro vecino, un molinero que había ido de visita. Algunos momentos después salió también Elena, mi mujer”.

“Apenas había cerrado la puerta tras de sí, y encontrándose en el vestíbulo, sintió que el suelo cedía bajo sus pies y que un ruido ensordecedor llenaba la estancia. Al mismo tiempo, vio aparecer una chispa azulada, semejante a la que nosotros habíamos visto salir de debajo del lavabo. No tuvo tiempo más que de lanzar un gran grito. En seguida se vio envuelta por las llamas, perdiendo el conocimiento”.

“Cuando Elena pegó el grito, nuestro joven vecino, que estaba dentro de la habitación que ella acababa de abandonar, lo sintió, pero en forma de una especie de lamentación muy quejumbrosa y débil, como si viniese de lejos. Después de un momento de estupor, se lanzó fuera de la casa, presa de un doloroso presentimiento. En el vestíbulo vio una gran columna de fuego y en medio de ella la figura de Elena. Sus ropas habían comenzado a arder por la parte inferior y ella aparecía toda rodeada de llamas. Comprendió al primer golpe de vista que el fuego no podía ser muy denso, pues los vestidos de la pobre mujer eran finos y ligeros. Se precipitó sobre ella para apagarlo con sus propias manos. Pero las llamas eran muy tenaces, pareciéndole que tocaba cera fundida con las manos”.

“A sus voces de auxilio acudió el molinero y entre ambos lograron extinguir el fuego y llevar a la cama a mi mujer, que se encontraba desvanecida”.

“Nuestro joven vecino resultó con quemaduras en ambas manos que le produjeron grandes ampollas, debiéndolas llevar vendadas. En cuanto a mi mujer, cosa curiosa, no recibió una sola quemadura, aunque sus ropas habían quedado enteramente destruídas hasta arriba de las rodillas”.

“¿Qué nos tocaba hacer?. Al contemplar las manos destrozadas de nuestro vecino y las ropas de mi mujer en parte consumidas por el fuego, sin poder hallar el menor indicio de ningún líquido inflamable, decidí que en efecto no teníamos más remedio que abandonar esa casa, lo cual hicimos el mismo día”.

“Nos fuimos a vivir a la casa de un amigo nuestro en un pueblo vecino. Allí permanecimos, sin que se produjera incidente de ninguna clase, hasta terminada la estación de las lluvias”.

“Después que hubimos vuelto a nuestra casa, no se repitieron más los fenómenos. No obstante, decidí que fuese demolida la casa entera, y reconstruida de nuevo”.

Fuente: Alejandro Aksakoff. Publicado en Revista Espiritista “La Conciencia”, Nº 207, julio-agosto-septiembre de 1966

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