La iglesia de los muertos.

Los muertos necesitan de su propia iglesia sobre todo si aún vagan en este mundo, así dice esta historia de terror y no han decidido marcharse, mientras que cumplen con su cometido existe una iglesia para los muertos, esto es lo que dice la leyenda.

Existía un cementerio muy lejos de todos los pueblos, entonces sus visitantes decidieron construir una capilla para hacer sus cultos y no sentirse tan alejados de lo espiritual, todos se reunieron y construyeron un hermoso punto de encuentro. El misterio es porque la iglesia al otro día amaneció perfectamente construida pero con un aspecto oscuro, a la semana sus paredes se agrietaron y tiempo después daba el aspecto de llevar siglos en ese lugar.

Los habitantes furiosos de encontrar su iglesia así, empezaron a culpar a otras personas de hacer estos daños a la edificación, por lo que un grupo de indignados se organizaron para vigilar la iglesia de noche y descubrir quiénes eran los que causaban tanto daño.

El resultado de su vigilancia les cambiaría la vida, en la iglesia se encendieron las velas, las campanas sonaban, las puertas se abrían y voces se escuchaban, pero nunca vieron a nadie humano entrar, por lo que inmediatamente huyeron del lugar porque reconocieron que la iglesia era de los muertos.

FUENTE: https://www.leyendasdeterror.mx

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Huespedes del mas allá.

Un hotel muy reconocido en nuestros días, en tiempo pasado fue victima de un desastre natural, como lo es un terremoto y mucha gente quedo sepultada ahí, se dice que desde que paso eso, las personas que quedaron ahí, se aparecen asustando a los huéspedes.

Los lamentos de esas almas en pena, se escuchan por doquier, asustando a muchas personas, haciendo de ese sitio un lugar escalofriante, y reconocido por todos los amantes de situaciones paranormales y por los escépticos que no creen en nada.

Situaciones en las que la temperatura baja sin motivo aparente, cosas que cambian de lugar, sombras de personas que se mueven en el lugar, son los hechos que suceden en ese hotel tan reconocido.

Esperamos que esas almas en pena, logren en algún momento, ver la luz y dejar de penar, que logren el descanso eterno, para que sus almas dejen de purgar.

Y así ese hotel vuelva a dar lo que todos los huéspedes, buscan cuando se hospedan en las habitaciones, que es la paz espiritual.

FUENTE: https://www.leyendasdeterror.mx

Vanessa

Una noche de verano en la que estaba sola, cuatro golpes secos sonaron a su puerta. Vanessa creyó que se trataba de algún amigo con el que salir a tomarse una copa, pero se trataba de una niña de alrededor de siete años.

La niña, de hermosos tirabuzones rubios y grandes ojos castaños miró a Vanessa y le dijo que se había perdido. Vanessa le dejó entrar, le preparó un vaso de leche y le dijo que iban a ir a la policía. Verónica le rogó que no lo hiciera esa noche pues tenía mucho sueño y quería dormir. Vanessa accedió y le preparó la cama. Por la mañana temprano cuando Vanessa iba a llevarla a la policía, entró en el cuarto y vio que la niña, llamada Verónica, no estaba.

Un año después en idéntica situación, la niña volvió a aparecer. Parecía que no había crecido nada. De nuevo Vanessa le preparó la cena y le dejó dormir pero al día siguiente Verónica volvió a desaparecer sin dejar rastro. Vanessa fue a la policía y dio todos los datos de la chiquilla pero no se habían producido denuncias ni nadie había reclamado una desaparición. Tras dar muchas vueltas, Vanessa llegó al Hospital de San Prudencio. Un hospicio para niños y niñas huérfanos. Allí la madre Sonsoles, le explicó que no tenían ninguna niña de esas características. Justo cuando se disponía a salir Vanessa del lugar, otra monja llegó con un calendario de dos cursos atrás. Allí estaba la foto de Verónica, tal y como Vanessa le había visto. – Sí ¡es ella! – gritó. Las dos monjas se miraron extrañadas – Verónica murió hace dos años.

Aquella noche, cuatro golpes secos sonaron en la puerta de Vanessa. La muchacha observó por la mirilla de la puerta. Allí estaba de nuevo Verónica, con los brazos cruzados y cara de enfadada. – Has tardado mucho en abrirme, tengo hambre y sueño – dijo la niña.

Vanessa aterrada preparó todo como lo había hecho habitualmente.

Cuando acostó a Verónica no pudo soportar el terror y entró despacio a su habitación. La niña estaba totalmente arropada. Vanessa retiró la sábana y bajo ella, como un suspiró pareció desvanecerse un cuerpecito en una nube. Sobre la almohada, con letra infantil y varias faltas había una nota Gracias por la leche y los dulces, ahora tengo que irme a llevar al infierno a las otras tres chicas que no me dejaron entrar a sus casas

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La enfermera degollada.

Hace ya unos años, una mujer residente en la zona mexicana de Veracruz tuvo una vivencia realmente incomoda y estremecedora. Se trataba de una mujer que habitaba una pequeña casa con su hija y marido, una familia sencilla e incansables trabajadores.

Una determinada noche, la mujer comenzó a tener recurrentes pesadillas, sueños en los cuales presenciaba terribles asesinatos y presentaban detalles tan realistas que esto comenzó a afectar a su vida cotidiana. Muchas veces la mujer prefería no dormir para evitar estos malos sueños, acarreando así un malestar corporal general y una marcada falta de concentración en el trabajo.

Finalmente, y posteriormente a haber acudido a un analista, la mujer logro conciliar el sueño nuevamente. En este sueño no tuvo la desgracia de presenciar ningún tipo de atrocidad, aunque se vio transportada hacia un solitario y frío pasillo de hospital, en dónde lo único que podía dilucidar fue la presencia de una enfermera abocada a sus tareas.

Tal y como sucedió con los anteriores sueños, este también comenzó a reproducirse una y otra vez noche tras noche, observando a esta enfermera cada vez más cerca. La mujer pensó que quizás se trataba de algún mensaje, por lo cual decidió entablar una conversación con esta enfermera durante el sueño, desconociendo realmente si esto podría ser posible.

Una vez conciliado el sueño de esa noche, entablar la conversación con esta enfermera fue mucho más sencillo de lo que se pensó con antelación. Realmente no se trataba de un diálogo, sino de un monólogo por parte de esta enfermera, un macabro monólogo por cierto.

La enfermera se encargó de advertir a la mujer sobre unos maleantes que habrían estado merodeando por su casa durante las últimas semanas, estos habían estudiado ya los horarios de trabajo de la familia y su objetivo era causar un enorme daño a su pequeña hija.

La presencia de estos maleantes era real, la enfermera del sueño lo sabía muy bien, ella había resultado violada y asesinada por estos mismos sujetos un año atrás. Se trataba de una vecina de la familia que durante su camino de vuelta a casa se encontró con una dolorosa muerte, un cuchillo en su cuello determinó su trágico final.

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Accidente fatal.

Una vez estábamos en casa, repentinamente comenzaron a escucharse ruidos, portazos, se quebraron varios vasos solos…creí que era mi esposo tratando de jugarme una broma, y pensé, no me la hace, lo voy a asustar yo!, me escondí detrás de una cortina, clarito, y se los juro que vi la sombra que paso, de hecho era el mismo aroma de su perfume, abrí repentinamente la cortina y le grite para asustarlo, pero no había nadie….y patas para que son!

Corrí y me salí para afuera de la casa, asustada, pensando miles de tonterías, no me di cuenta del tiempo, pero de repente llego mi suegro y me pregunto qué estaba haciendo afuera, le conté lo sucedido, el entro a revisar la casa y no encontró nada, ningún ruido, ni nada, lo único que vio fueron los vasos rotos y unos vidrios quebrados de una ventana, estaba llorando de miedo, me dijo que no pasaba nada, que posiblemente mi esposo trato de avisarme de algo, porque a ellos en su casa le hablaron desde muy temprano, en la mañana, porque había sufrido un accidente en auto, fuimos al hospital, y lo vi, ya despierto, estaba chillando de miedo, de alegría de verlo vivo, de muchas cosas, le conté lo que me había pasado, y el me dijo que cuando estaba dormido o inconsciente, había estado una persona ahí que le decía que iba a destruirnos, que ya había empezado a romper cosas de la cocina, el no se asusto, quería verle la cara y cuando logro verla dijo que se trataba de un muchacho que había muerto, para su sorpresa, fue el que tuvo el accidente con el, donde él se estrello contra mi esposo y prenso a mi esposo, tardamos mucho para olvidar esto, pues dormíamos con miedo, y durante varias veces fue un sacerdote a bendecirnos la casa, cuando fuimos a buscarle para que volviera a ir, nos dijo otro sacerdote que el padre había fallecido extrañamente, porque se había caído y se había fracturado el cráneo, desde esa ocasión decidimos cambiarnos de casa, es fecha que no la podemos vender, ni la hemos podido rentar….
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Gota a gota.

Corría la década de los 60 y La Eliana, un pueblo en las afueras de Valencia, todavía vivía de la agricultura, sobre todo de los cítricos. Dentro de los quinientos habitantes estaba la familia González, la única que vivía en las afueras del pueblo, y lo hacía en una enorme mansión con una decoración exquisita , unos jardines gigantescos y un muro rodeándolo todo, y es que en el pasado había pertenecido a los Duques de Flores.

Joaquín González era el cabeza de familia, un hombre de negocios cuya esposa era una aristócrata valenciana muy hermosa, Patricia González, madre de cuatro criaturas, y convivían con el servicio, compuesto por una niñera, dos cocineras, otras dos mujeres ayudantes en faenas del hogar y varios jardineros. Una gran familia feliz que además mantenía una cordial relación con los vecinos ya que siempre aportaban una gran cantidad de dinero en las fiestas.

Llegó la Navidad con todo decorado y mucha felicidad, hasta que en Noche Vieja, con todo el personal de vacaciones y los señores González en una fiesta en la que habría baile toda la noche, la niñera se quedó sola con los cuatro niños que tenían entre cuatro meses del pequeño José y cinco años de la mayor, Amparo. Unos antes y otros tras contarles un cuento, todos cayeron rendidos y Sari, que así se llamaba la niñera, cogió algo de comer de la cocina y se dirigió con ello al salón en medio del silencio sepulcral de la gran mansión.

El sonido incesante del teléfono le despertó, se había quedado dormida en el sofá, pasaron unos segundos hasta recordar que estaba en la mansión de los González. Descolgó el teléfono pero al otro lado no se escuchaba nada. Buenas noches, casa de los González, ¿hay alguien ahí?, insistió varias veces pero nadie contestó… y colgó. Fue a la cocina a dejar las cosas que había usado y mientras fregaba volvió a sonar el teléfono…- ¿diga, diga?- , de nuevo nadie contestaba y la comunicación se cortó.

Sari pensó que sería un fallo de la central, pero al instante volvió a sonar. Lo cogió e insistió en preguntar si había alguien al otro lado pero aunque nadie contestó esta vez sí que escuchó algo diferente al silencio de las anteriores llamadas, sonaba como un goteo, era todo muy raro –cloc, cloc…-. La niñera preocupada optó por llamar a la policía, pero cuál fue su sorpresa que al descolgar el teléfono para llamarles volvió a escuchar ese goteo. Asustada soltó el auricular y se echó atrás, pues estaba muerta de miedo y no entendía qué estaba pasando. Fue hacia el otro teléfono de la casa en el salón principal y cuando se acercaba a él empezó a sonar. Tras titubear unos segundos lo cogió aterrada de lo que podía escuchar y efectivamente, -cloc, cloc…- así que tiró el teléfono rabiosa y asustadisima mientras gritaba de lejos: “¿quién es?, ¿qué es lo que quiere?”.

Se llenó de valor para colgarlo entre sollozos pero éste sonaba y sonaba sin parar, así que decidió despertar a los niños e irse al pueblo en busca de sus padres y de la policía… pero al abrir la habitación los niños no estaban, tampoco las niñas estaban en la suya, entró en pánico y todo ello sin dejar de escuchar el timbre del teléfono. Tras recorrer cada centímetro de la mansión buscando a los niños sin éxito cayó en la cuenta de que le faltaba el ala oeste del caserón, la parte destinada al personal que trabajaba para los González, asi que cogió la llave maestra para entrar en esa parte privada de los trabajadores y aunque en las habitaciones no encontró nada fue cuando entró en el baño del servicio bruscamente cuando los contempló. Allí estaban, apilados unos encima de otros dentro de la bañera vacía, habían sido degollados y metidos allí dentro. La cabeza de la mayor, Amparo, sobresalía de la bañera mientras un ligero chorro de sangre que recorría el borde de la bañera y caía justo sobre el auricular descolgado de un teléfono que allí había produciendo sin parar un goteo –cloc, cloc…-, el goteo.

Nunca se supo quién fue el culpable y todavía hoy algunos sufren escalofríos cuando pasan cerca de la mansión al recordar la historia. Sari, que al parecer no dejaba de escuchar las gotas de sangre que caían sobre el teléfono incluso cuando dormía, recibió ayuda psicológica durante años hasta que a finales de los setenta se quitó la vida tirándose desde un octavo piso.

La casa quedó deshabitada desde entonces pues los González se mudaron a Valencia y nadie quiso comprarla después de los atroces hechos que en ella ocurrieron.

FUENTE: http://www.mitosdeterror.com

Muerto el perro…

Había pocas cosas en la vida de las que Elena estaba segura, sin embargo de nada estaba más convencida que de su profundo odio por su madre. Solo pensar en esa mujer, que supuestamente debía significar el mundo para ella, le producía jaqueca y una sensación de cólera que tardaba minutos, casi horas, en calmarse.

Quizás no era para menos. La madre de Elena era una persona desagradable, de lengua hiriente y a quien le importaba poco otra persona que no fuese ella misma… aunque clamara que su amor por su hija era el más grande de todos. Pero además de esto la mujer tenía un demonio

propio que la convertía en un ser torpe y agresivo, que se apoderaba de su cuerpo y de su mente en las situaciones más diversas y que venía envasado en una botella de vidrio. Botella que, tras treinta minutos de abierta, era reemplazada por otra y luego por otra.

Elena ya no podía llevar la cuenta de la cantidad de veces que tuvo que correr al médico porque su madre había bebido unas botellas de más que la llevaron a abrirse la cabeza contra algún mueble, la cantidad de noches que durmió con un bate bajo la cama para protegerse si era necesario, la cantidad de insultos que tuvo que escuchar. Con diecisiete años recién cumplidos la chica había vivido más de lo que a ella le hubiese gustado vivir. Su padre había muerto en un accidente de tránsito hacía ya cinco años y Elena se sentía completamente sola. Sentía como si el peso del mundo recayese sobre sus débiles hombros.

Acostada sobre su colchón y mirando hacia el techo taciturnamente, cada noche pensaba en encontrar una salida de aquel laberinto. Fabulaba fantasías prohibidas de pequeñas dosis de cianuro que accidentalmente se mezclaban con el champagne, pantuflas que se enredaban en las escaleras, tuberías de gas que eventualmente desarrollaban pérdidas y cigarrillos encendidos que las descubrían. Pensamientos que nunca quedaban más que en su mente y eran borrados por el sonido sordo de una silla que se golpeaba, un vaso que se caía, o gritos incomprensibles que salían de esa lengua trabada y pastosa que aparece después de la cuarta copa. Las lágrimas no dejaban de caer de los ojos de Elena, dejando su blanco cutis ardido y enrojecido, mientras las manos comenzaban a temblarle y un monstruo violento y voraz golpeaba su pecho intentando salir. “Acá vamos de nuevo” pensaba entre sollozos mientras echaba llave a su cuarto y se ponía sus auriculares para acallar el sonido. Si había algo que Elena odiaba además de a su madre, era su vida.

Luego de una hora, por lo general, el ruido cesaba y entonces ella bajaba a ver los daños: un plato roto, un televisor tumbado, una alfombra vomitada… eran los favoritos de su madre. Pero la imprudente mujer nunca recibía heridas serias. “Años y años te esperan de lo mismo” pensaba para sí misma la cansada adolescente, cuyo rostro ya comenzaba a mostrar el castigo del estilo de vida que su progenitora había escogido para ella.

Una fría noche de Julio, Elena hacía su habitual recorrido por los pasillos de la casa en busca del saldo de destrozos de la noche. Cuando llegó a la cocina su corazón dio un tumbo y comenzó a galopar en su pecho. Allí estaba su madre, inerte en el suelo, descansando en un charco de sangre. “Muerto el perro se acabó la rabia” pensó y esbozó una pequeña sonrisa. Con una sensación que le pareció eufórica, se acercó corriendo hacia la mujer y le tomó el pulso. Normal. Solo tenía una herida superficial en la cabeza… de esas que sangran demasiado para el tamaño que tienen. Sintió desilusión. Sí, ese sentimiento era desilusión, no había la menor duda sobre eso.

“Muerto el perro, se acabó la rabia”, volvió a pensar mientras se retiraba. La solución ya era ineludible… su madre no moriría sola y ella no quería vivir una vida donde tuviese que hacerse cargo de ese pesado bulto que olía a whisky barato.

No se detuvo a pensarlo. Solo iba a esperar que su madre estuviese despierta y sobria. Quería que tuviese el nivel de consciencia suficiente como para entender qué ocurría y por qué era su culpa lo que estaba pasando.

Esa noche no durmió. Su cuerpo se estremecía de gozo al pensar que pronto todo su sufrimiento terminaría.

El sol salió, y ella se preparó para la acción. Tomó el bate oxidado que guardaba bajo su cama y se sentó a esperar el sonido de la cafetera poniéndose en marcha. Su estomago empezó a darle golpes de excitación cuando por fin escuchó el crujir de los granos de café que se molían… “Yo te quitaré la resaca, no te preocupes”, pensó mientras sonreía.

Caminó lentamente, saboreando cada macabro instante. Llegó a la cocina y entró. Su madre, que se dio vuelta a saludarla cuando escuchó sus pasos, la miró asustada y ahogó un grito en cuanto su hija alzó el bate por sobre su cabeza.

Elena descargó el bate contra la piel y sintió cómo los huesos crujían y se rompían. Lo levantó y lo volvió a bajar con una fuerza sobrehumana, una y otra vez, sobre cuanto lugar pudo. Las piernas y los hombros eran los lugares a los que menos le costaba atinarle. El placer era inmenso, sentía como si sus problemas se enjuagaran en una catarata de sangre. Los gritos y plegarias de su madre eran cada vez más fuertes. Golpeó la cabeza y la abrió, pudo sentir los sesos derramándose en sus manos. La sangre le empapó el rostro y ella se relamió con macabro regocijo. Siguió golpeando brutalmente hasta que dejó de escuchar los gritos. Allí en el charco de sangre, abatida por la emoción, se dejó caer, exhausta.

Cuando los oficiales de policía llegaron a la escena se llevaron una desagradable sorpresa. Arrestaron inmediatamente a la mujer con síntomas de ebriedad y largo historial clínico, negándose a creer sus disparatadas excusas. Después de todo, ¿quién sería capaz de apalearse a sí mismo hasta la muerte?

FUENTE: http://tushistoriasdeterror.blogspot.mx