El guardián del tesoro.

Alfonso Diez García

Cronista de Tlapacoyan

Soledad Vernet trabajó con nosotros, con mi familia, cuando teníamos la farmacia veterinaria que vendía alimentos Api Aba. Además de parientes, somos amigos. Hace unos meses me abordó con la siguiente historia:

— En tu casa familiar de la calle de Ferrer, donde después estuvo el museo, suceden cosas extrañas, Alfonso. Me contaron unos trabajadores que estuvieron trabajando ahí que se les apareció tu abuelito. Dicen que estaba vestido con un traje muy elegante color negro y que estaba sentado en un lugar del salón, el que está al fondo de la casa, del lado izquierdo, donde se hacen eventos. Te aclaro que no son los únicos que me lo han dicho. Tenemos la idea de que tal vez está cuidando algún tesoro escondido. Lo curioso es que lo han visto, pero cuando intentan acercársele, desaparece. Dicen también que de repente se oyen ruidos extraños y piensan que puede causarlos el dinero enterrado que ha de estar por ahí. Créeme que te agradecería me dijeras si tu abuelito dejó algún dinero enterrado, porque de ser así hay que buscarlo. Todo lo que te cuento, lo que está sucediendo, se debe seguramente a que hay algún dinero enterrado.

Respondí a su pregunta. Le aclaré que, en primer lugar, ese salón no formaba parte de la casa cuando la vendimos. Tras la venta, la actual propietaria derribó algunas paredes y conectó la casa con otras que le pertenecían; así que, el supuesto fantasma de mi abuelito no puede estar cuidando un tesoro que supuestamente hubiera enterrado porque a esa parte que ahora quedó integrada a la casa nunca tuvo acceso, una pared se lo impedía.

Soledad no me quería creer. Pensaba que tal vez no le quería decir la verdad, que tal vez le quería impedir, por alguna razón, que ella se lanzara a buscar ese supuesto tesoro que ella suponía podía ser una fortuna de incalculable valor. Así que arremetió:

— Si tu abuelito hubiera enterrado un tesoro, ¿dónde lo habría hecho?.

Le respondí que yo no creía en fantasmas. Hablamos de la crónica que escribí sobre tesoros en Tlapacoyan (y ahora se me ocurre que tal vez eso la motivó a pensar que en la que fue mi casa había un tesoro enterrado) y le dije que la mayor parte de los tesoros que los buscadores profesionales han encontrado en haciendas o en casas antiguas, han sido localizados en la cocina de éstas. Pero, le expliqué lo siguiente: Mi abuelito murió en 1943, cuando yo todavía no nacía, no lo conocí, pero si él hubiera enterrado alguna cantidad de dinero, alhajas u oro, con seguridad le habría confiado el secreto a su esposa, mi abuelita Virginia, o a alguno de sus hijos. Así que, puedes tener la seguridad, le dije, de que en esa casa no hay ningún tesoro enterrado.

No la convencí.

— Tú, además de cronista, eres ingeniero. Ayúdame. En tu crónica sobre los tesoros hablas de que tú diseñaste detectores electrónicos para encontrarlos, tuviste o tienes una fábrica. Y eso es una realidad. Si hay aparatos que los localicen, es que sí hay tesoros enterrados. ¿Cómo puedo hacer para tener uno de esos detectores y que pueda yo buscar el tesoro que hay en esa que fue tu casa?.

Su pregunta me encendió, ahora sí, la luz de alerta. Ya me la imaginaba yo metiéndose subrepticiamente a la casa, pasando un detector por todas las paredes y derribándolas al menor indicio de que hubiera algo enterrado. Hasta al bote podía ir a dar. Así que le expliqué: No hay tesoros enterrados ahí, créeme, pero suponiendo que los hubiera, los únicos que tienen derecho a buscarlos son los actuales propietarios.

— ¿Yo no puedo? ¿Y si me dan permiso?

— No creo que te lo den, pero si quieres, pregúntales y que conste que yo no te estoy alentando. Con esta respuesta como que su cara resplandeció, le volvió la alegría, el color; como que sintió que le estaba yo dando alguna esperanza. Y de hecho, mis palabras pareciera que se la dieron: “Pregúntales”. Nos despedimos y la vi alejarse muy emocionada.

Unas semanas después, cuando ya había olvidado el incidente, estaba en el patio de la casa, que conecta con el Hotel del Parque y unos empleados que estaban instalando un equipo de sonido, y/o llevando mesas, sillas, copas y demás para una boda, me reconocieron y sin más me lanzaron una pregunta:

— Don Alfonso, tenemos que decirle algo que nos acaba de pasar.

— ¿Qué fue, qué les pasó?

— Vimos a su abuelito. Estaba vestido de traje gris, con un sombrero ancho y parado aquí, en el patio, afuera de la que era la oficina de ustedes. Cuando nos acercamos desapareció.

Les pedí que me lo describieran, para hacerles ver que estaban en un error:

— Alto, delgado, parecido a usted.

Para mi sorpresa, describieron a mi abuelo.

FUENTE: http://www.codigodiez.mx

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